Paparruchas

Javier Jurado

Hace poco la RAE admitió el manido término de moda posverdad, definida como “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales“. No es, sin embargo, un significado que diste mucho de la tan castellana “paparrucha“, aquella “noticia falsa y desatinada de un suceso, esparcida entre el vulgo”. Pero ¿por qué precisamente hoy toma tanto protagonismo esta vetusta artimaña?

paparrucha

¿Y qué es la verdad?

Probablemente, las paparruchas de antaño se han permutado en posverdades en gran medida por dos factores: el primero es la viralidad con que la que acríticamente se difunden estas mentiras simplistas y groseras gracias a las tecnologías de la información y la comunicación. El segundo es la singular repercusión que ello tiene en los regímenes democráticos contemporáneos, expandidos singularmente tras la caída del muro de Berlín con una envidiable estabilidad histórica, pero que se muestran singularmente vulnerables a estas distorsiones. Pero no sólo.

En cierto sentido, no hay nada nuevo bajo el sol: la política siempre se ha servido de la mentira, la propaganda o la información (según qué grado de falsedad o manipulación le atribuyamos) para sus propósitos. Como apuntaba Derrida, “lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la intencionalidad del que miente. La mentira no es algo que se oponga a la verdad, sino que se sitúa en su finalidad“. En esta intencionalidad se focalizaría entonces el ejercicio político y, por tanto, el juicio ético: desde la mentira noble o mentira piadosa a la que Platón miraba con buenos ojos si facilitaba un orden social conveniente (¡el mismo autor del mito de la caverna!); pasando por la descarnada e inquisitiva búsqueda de la verdad de Sócrates contra todo orden y caiga quien caiga; hasta la incontestable inmoralidad que para Kant tenía una mentira que nunca podría justificarse universalmente, esto es, categóricamente, independientemente de lo buena que fuera dicha intencionalidad.

Pero el problema ético ha resultado siempre irresoluble incluso a pesar del discurrir de los siglos, precisamente por el desafío epistemológico por excelencia, a saber, qué es la verdad. En nuestro tiempo postmoderno y relativista, este desafío agrava aquél. Por más que las paparruchas nos revuelvan e indignen, cuando espetamos al difamador o al manipulador sus mentiras, todavía hoy puede seguir preguntándonos ¿Y qué es la verdad?

what-is-truth02Es conocido el pasaje evangélico en el que presentado Jesús a Pilato, aquél afirma que ha venido al mundo a ser testigo de la verdad. Ante esa respuesta, el evangelio recoge a un incrédulo y relativista Pilato que se pregunta un tanto retóricamente Quid is veritas. La teología cristiana afirma que el silencio de Jesús es en realidad una respuesta: la presencia de sí mismo, el que había dicho “Yo soy el camino, la verdad y la vida“. Sin embargo, no es de extrañar que Nietzsche, padre de esta postmodernidad, aquel para el que no había hechos sino interpretaciones, hiciera de este escepticismo socarrón de Pilato una bandera. Esta reivindicación nietzscheana tiene, no obstante, su propia intención, la de subvertir la posibilidad misma de la verdad dogmática y la moral establecida y hacer su propia propuesta “transvalorativa”. Y por eso acabaría homenajeando a Pilato mitificándolo como único personaje rescatable del Nuevo Testamento, a propósito de haber “enriquecido el Nuevo Testamento con la única palabra que tiene valor, que es por si la critica y aun el aniquilamiento del Nuevo Testamento: ¿qué es la verdad?…

La filosofía es ese amor por la verdad que pretende salir al paso del relativismo, singularmente al de los sofistas griegos, como GorgiasProtágoras, que con su oratoria parece que se divertían defendiendo una cosa y la contraria. Sin embargo, el hecho es que estos encomiables intentos históricos por descubrir la Verdad, y con ella explicar la realidad o incluso alcanzar el Bien y la Justicia, han sido sistemáticamente empleados para la organización y la manipulación social. Aunque de forma muy simplificada, solemos admitir que la filosofía pretendió emancipar estos intentos de su carácter mítico, inspirando históricamente el principio de racionalidad, en el paradójicamente mitificado paso del mito al logos. Pero su alcance pragmático e histórico distó mucho del éxito: durante milenios hemos asistido al combate entre muy distintos grupos pugnando por el poder y supeditando todo intento por aprehender la realidad conforme a su interés. Y estas antediluvianas prácticas acabaron incluso reconociéndose abiertamente en la realpolitik, al menos expresamente desde Maquiavelo, porque no puede concebirse la competencia política sin el uso de la tergiversación de la información. Y ésta siempre se proyecta sobre tres ejes temporales: la construcción del pasado colectivo, la distorsión del presente y la definición de un futuro.

El prestigio de la ciencia: coherencia y correspondencia

En su libro “La norma de la verdad: Una introducción a la filosofía de la lógica“, el profesor Engel recoge dos criterios principales que hemos empleado para consolidar nuestra noción de verdad:

  • Por un lado se encontraría el que constituye la verdad-coherencia, como conjunto de afirmaciones sobre la realidad que mantienen una consistencia lógica interna que impide su refutación. Es decir, no son contradictorias entre sí.
  • Por otro lado se encontraría la verdad-correspondencia, aquel conjunto de afirmaciones que por pura ostensión, observación directa o constatación empírica encontramos intersubjetivamente como aplicables a la realidad externa que percibimos.

Este esquema nos sirve para entender cómo enormes edificios especulativos como la metafísica o la teología, con enormes pies de barro en lo que a la correspondencia real y evidencia empírica se refiere, han sido capaces de resistir y consolidarse históricamente gracias a su ingente labor por fortalecer y mejorar su consistencia interna.

Pero desde luego, nos sirve para comprender el mecanismo según el cual la filosofía natural, es decir, la ciencia, singularmente desde la revolución científica a partir del siglo XVI, ha logrado progresar tantísimo en los últimos siglos: la ciencia consistiría precisamente en la formulación de hipótesis y teorías a las que se les exige sistemáticamente:

  1. Una coherencia interna, articulada por las matemáticas, ese lenguaje en el que está escrito el Universo, como decía Galileo.
  2. Una correspondencia externa, basada en la experimentación sistemática y reproducible de las hipótesis lanzadas.

Son de todos conocidos los resultados que la historia de la ciencia nos ha traído. Su prestigio ha ido in crescendo a lo largo de estos últimos siglos materializando exponencialmente sus logros a través del brazo armado de la ciencia aplicada y la tecnología. Y lo ha seguido haciendo incluso cuando estos dos criterios cuestionaban otros más intuitivos y relativos a nuestro sentido común, como por ejemplo cuando la física cuántica o la relatividad han puesto en duda nociones básicas de nuestra comprensión como el tiempo, el espacio o incluso la causalidad. Pero la ciencia, manteniendo su coherencia interna y su correspondencia empírica, sigue tozuda ofreciendo resultados. Tanto es así que, desde el punto de vista epistemológico, la filosofía de la ciencia nos ha mostrado que su innegable éxito predictivo es uno de los principales argumentos en su favor: como planteaba Quine, si la ciencia nos ha permitido sobrevivir y adaptarnos mejor que muchas otras especies es porque, probablemente, sus afirmaciones sean razonablemente verdaderas. O, al menos, instrumentalmente verdaderas.

science-beakersta_gettyimages-667586053El prestigio de la ciencia se consolidó además por su carácter abierto: frente a la opacidad de las especulaciones metafísico-teológicas defendidas históricamente con la espada más que con los argumentos, Popper halla en la falsabilidad la principal fortaleza de la ciencia: sólo las tesis que sean refutables podrían ser candidatas para valorarse como provisionalmente verdaderas. La ciencia funciona así gracias a esta apertura a la formulación de hipótesis debidamente contrastadas por una comunidad de científicos permanentemente atenta a criticarlas con todo un arsenal de posibles refutaciones. La cura de humildad catapulta la empresa científica: La verdad científica no será verdad en sentido estricto, pero provisionalmente será lo más verosímil que tengamos hasta que una nueva teoría arrumbe con la anterior. Y ese es un examen al que muchas otras especulaciones no son capaces ni siquiera de someterse. Sin embargo, ningún progreso está libre de regresión.

Del prestigio al descrédito

Esta historia de la ciencia, sufrida pero a la larga tan dulce, ha ido mostrando históricamente sus aristas. Superando los primeros logros de la ciencia de base, y las mayores resistencias de los estratos sociales más reaccionarios a sus descubrimientos, la ciencia fue ganando notoriedad. Hasta que la investigación y los experimentos comenzaron a requerir de unas inversiones que la ciencia básica no podía permitirse. Y así en el siglo XX llegó la época de la “Big Science”, cuya macrofinanciación trajo consigo un peligroso maridaje entre ciencia y política, escribiendo en el historial científico episodios de dudosa catadura moral.

Durante este siglo, la ciencia se puso también al servicio de Auschwitz, del Gulag y del proyecto Manhattan. A pesar del proyecto Ilustrado, tan defensor de la honestidad y bondad de la empresa científica, el carácter práctico de su potencial cayó de nuevo en manos de la disputa política. Y de nuevo, la búsqueda de la verdad, en manos del poder. He ahí cómo la Escuela de Frankfurt con los Adorno, HorkheimerMarcuse hizo una crítica del proyecto ilustrado, cuestionando el uso ideológico de la ciencia y la tecnología, como ya comentamos a propósito de la obra de Habermas.

Por su parte, en el mundo de la filosofía de la ciencia, la segunda mitad del siglo XX fue testigo del despliegue de las primeras sospechas serias sobre la linealidad y pureza del desarrollo científico. Autores como Khun, Feyerabend Lakatos se distanciaron del aroma optimista de Popper y evidenciaron cómo los prejuicios sociales y políticos históricos condicionan mucho más de lo que se creía el progreso y devenir científico.

Este sempiterno sometimiento ideológico de la verdad por el poder, se renovó singularmente también con la propia propaganda política durante el siglo XX de las masas, que diría Ortega. Los totalitarismos especialmente emplearon todo tipo de mecanismos de tergiversación, manipulación y mentira a su servicio orquestadas bajo formas de mentira organizada como diría Arendt. Y el terror y la intimidación que ocasionaron saldría caro para todo intento por enarbolar un concepto científicamente objetivado de verdad: el triunfo del modelo democrático y los principios del liberalismo mostraron posteriormente serias reticencias a cualquier tipo de política que, basada en dicha objetividad, pretendiera forzar una suerte de dictadura tecnocrática. Hablar de un “Ministerio de la Verdad” como el de la literatura orwelliana daba repelús. Por eso, a pesar del prestigio que todavía goza la ciencia, en las últimas décadas cada vez han sido más las voces que en la esfera pública la cuestionan. Aunque en la práctica la tecnociencia siga contribuyendo cada vez más al moldeamiento del comportamiento social, el debate público se resiste a aceptar jerarquías objetivas de los “expertos”. La democracia se ha malentendido como el retorno del principio de que toda opinión – doxa –  es igualmente válida.

Sin embargo, un tanto ajeno a esta discusión entre intelectuales sobre los fundamentos de la ciencia, el ciudadano medio ha seguido experimentando los beneficios de la aplicación práctica de la ciencia. Y a pesar de ello, para este ciudadano medio, el reconocimiento del prestigio de la ciencia se habría ido desinflando un tanto, fundamentalmente por dos motivos:

  1. El crecimiento cada vez más especializado y costoso de la ciencia podría estar haciéndole tocar ciertos techos.
  2. La aceleración de la vida postmoderna repercutiría en una inflación de expectativas en términos de nuevas noticias y descubrimientos cada vez más imposibles de satisfacer.

De un modo u otro, la ciencia es objeto hoy de ciertos frentes abiertos que cuestionan su autoridad.

Paparruchas postmodernas

Tras el descarrilamiento de los grandes relatos ideológicos y la resaca de la postguerra, la postmodernidad fue testigo también de los primeros cuestionamientos de la luna de miel científica. La resaca postmoderna, que quebró los grandes relatos ideológicos y desenmascaró a tantos, parió una democratización que en muchos sectores ha acabado popularizando el erróneo principio de que toda opinión es respetable. Los legítimos reproches que debieran haber hecho madurar a la empresa científica sirvieron para abonar el terreno a una opinión pública menos dócil a la autoridad científica y, paradójicamente, mucho más crédula e ingenua. Una opinión que de facto ignora masivamente que su creciente aburguesamiento y comodidad proceden precisamente del éxito científico que se permite el lujo de cuestionar. Es la época de la sociedad espectáculo de Debord, de los simulacros de Baudrillard, de la sociedad líquida de Bauman.

Por otro lado, el propio crecimiento de la empresa científica ha obligado a ésta a hiperespecializarse, dispersando enórmemente sus profesionales y recursos. Y ello supone el aumento de la “superficie de ataque” como se dice en el mundo de la ciberseguridad, es decir, de las oportunidades para que surjan impostores e intrusos que, bajo el disfraz de científicos, venden a la opinión pública auténticas estafas pseudocientíficas. El peligro es entonces enorme, entremezclando con la empresa científica, bajo el pretexto de su impureza, toda suerte de pantomimas auspiciadas por todo tipo de grupos de interés (desde los lobbies corporativos hasta los de las fingidas víctimas).

Pero el éxito de las paparruchas es hoy especialmente lacerante por otro motivo: Ante el escalofrío de la intemperie global, de la pérdida de sentido y de valores, de la secularización capitalista que nos aísla como individuos atomizados sin referentes, los cantos de sirena que resuenan al calor de la tribu se vuelven enormemente apetecibles. Cualquier paparrucha que nos sirva de empujoncito es bienvenido.

Frente a ello, resulta ingenuo apelar al sapere aude kantiano, a la mayoría de edad que deberíamos suponer en las sociedades alfabetizadas y con tanto acceso a la información de nuestras democracias. Las apelaciones nostálgicas, paparruchas mediante, a un glorioso acervo común (étnico, nacional, religioso,… tribal, en esencia) son irresistibles para importantes capas de la población. Tal es el potencial que puede capitalizarse a partir de nuestra búsqueda de sentido vital.

image-20150603-2956-g6mbmbPor eso el ciudadano hoy acepta mucho más cínicamente, sin consecuencias públicas, los simulacros de verdad de sus políticos, mientras defiendan sus intereses y le den calor. Y a esos “grupos estufa” se arrima, singularmente, a través de las redes sociales que realimentan  sus sesgos y prejuicios. De forma que junto a los populismos contemporáneos, florecen entre nosotros los antivacunas, los homeopáticos, los terraplanistas, los negacionistas del cambio climático, de la llegada a la luna,…

El espíritu popperiano es acorralado: ahora todo es falso, y ni siquiera la ciencia es de fiar. O todo puede ser verdadero, y en cuanto se menciona la necesidad de ser riguroso con los hechos probados y los datos, se responden consignas conspiranoicas contra los grandes intereses que se supone hay detrás de esos datos.

Las paparruchas no son sólo un incordio en una discusión de sobremesa. Son peligrosas. Engrosan las listas de nuevos casos de sarampión en países desarrollados, en los que los niños vuelven a morir por enfermedades que creíamos superadas. Y minan la confianza en los esfuerzos científicos por plantarle batalla al cáncer, con falsas promesas de alquimia inocua. Y arrastran a poblaciones manipuladas a votar engañadas, erosionando fundamentos de la propia democracia. Brexit, Trump, Bolsonaro,… Las paparruchas orquestadas a través de las ciencias de los grandes datos por todo el globo.

Las conciencias sobreinformadas y desnortadas del siglo XXI son grandes anfitrionas de estas paparruchas. Pero también las conciencias tan alfabetizadas como acomodadas subidas a lomos de un progreso imparable que no sabemos adónde nos conduce: Para el individuo infantilizado del siglo XXI es más fácil consumir mentiras reconfortantes que no nos exigen esfuerzo, que pelear por estar bien informado sobre verdades que puedan incomodarnos.

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