La utopía feminista de Shulamith Firestone

Por Tasia Aránguez Sánchez

La dialéctica del sexo de Shulamith Firestone es una obra central del feminismo de la segunda ola. Se trata de una obra-sistema que contiene una filosofía de la historia, una crítica del patriarcado y también una parte propositiva que puede ubicarse en el terreno de la literatura utópica. Aunque desde la perspectiva actual la literatura utópica (ya sea de corte socialista o liberal) resulte anacrónica o ingenua, es necesario destacar la importancia de las utopías como ideales reguladores.

ethics-centre_big-thinker_-shulamith-firestoneComo señala Firestone, las mujeres prácticamente carecemos de literatura feminista utópica y esta podría ser una de las causas por las que el feminismo no constituye para el imaginario colectivo un paradigma autónomo. En efecto, el feminismo suele considerarse un elemento “sectorial” que se preocupa por los intereses de “un grupo” y que se puede ubicar en el interior de una filosofía “universal” como el socialismo o el liberalismo. La mayoría de la gente no considera que sea necesario cambiar por completo la organización social para el logro de la emancipación de las mujeres, porque el machismo no se percibe como un elemento presente en la raíz de las estructuras sociales. El imaginario colectivo no parece haber asumido que la emancipación de las mujeres requiere mucho más que la incorporación de las mismas a algunas estructuras vigentes.

Firestone señala que nos resulta difícil imaginar cómo sería una sociedad en la que las tareas de crianza estuvieran socializadas. A lo largo de la historia no se han ensayado muchos modelos de organización de la reproducción y la crianza. No han existido revoluciones propiamente feministas que tuvieran como objetivo fundamental abolir el patriarcado. La autora formula que una sociedad con capacidad para socializar los cuidados (sacar los cuidados de la responsabilidad femenina) tendría que organizar su economía de un modo socialista. Por consiguiente la autora considera que el modelo económico comunista es parte del paradigma feminista (y no a la inversa). Ella no es feminista porque sea comunista, sino que llega a la conclusión de que el feminismo requiere, por su propia lógica interna, de una economía comunista. Dentro del capitalismo lo máximo a lo que puede aspirarse, según la autora, es a la integración simbólica de las mujeres en el mundo laboral.

La autora critica la institución de la maternidad, y su propuesta política se orienta hacia la abolición de la familia, que se considera uno de los puntos centrales del patriarcado. Pero Firestone señala que esta crítica a la familia no implica una ausencia de crítica a la institución del trabajo asalariado. A pesar de su intensa crítica a la maternidad, Firestone no defiende que el mundo de la familia sea terrorífico y que, por contraste, el trabajo asalariado sea la esperanza emancipatoria para las mujeres, sino que propone la demolición de ambas esferas (la “pública” y la “privada”).

Aspectos comunes con otras utopías socialistas

La filósofa desarrolla una propuesta de sociedad en la línea del socialismo utópico, pero con la significativa diferencia de que su modelo de comunidad igualitaria ha sido ideado con el objetivo principal de lograr la emancipación de las mujeres. Como hemos señalado, su propuesta económica tiene elementos comunes con otras utopías socialistas. La influencia principal del socialismo de Firestone es la filosofía de Marcuse (dicha influencia se percibe por ejemplo en su énfasis en la idea de abolir el trabajo asalariado, al considerarse este una fuente de sufrimiento).

mulheres-feminista-comunistaAsí, Firestone postula que la tecnología podría permitir a la humanidad abolir todo trabajo y que la economía debería reestructurarse de modo que todo el mundo pueda vivir gracias a una redistribución equitativa de los recursos en atención a las necesidades sociales (esta consideración de la tecnología como fuente de emancipación hace de la obra de Firestone un precedente teórico del ciber-feminismo). Durante el periodo de transición, mientras siguiéramos en posesión de una economía monetaria, las personas podrían recibir del Estado unos ingresos anuales garantizados, con los que hacer frente a las necesidades básicas. Esta renta básica universal, repartida equitativamente entre mujeres, hombres y menores, “independientemente de edad, trabajo, prestigio y cuna”, eliminaría el sistema económico de clases. Esta idea de la renta básica universal encaja bien con el tipo de socialismo presente en el movimiento de mayo del 68, del que Marcuse fue uno de sus exponentes intelectuales (y la idea también encaja con movimientos posteriores inspirados por el mismo espíritu, como el 15M español).

En esta sociedad utópica no existirían los trabajos desagradables y las personas crearían tecnología, ciencia y arte por disfrute. El incentivo para el trabajo no sería el salario, ni el poder, sino el interés intrínseco de los trabajos creativos y la satisfacción de mejorar la vida de otras personas. Todos los trabajos útiles para la sociedad pero penosos serían realizados por máquinas y las personas elegirían libremente su estilo de vida, pudiendo cambiar de profesión con libertad. La sociedad ideal de Firestone, en la línea de las ideas de Marcuse, se basaría en las relaciones humanas, el juego y el placer, de modo que se pondría fin a la doble maldición bíblica de que el hombre trabaje con el sudor de su frente y la mujer de a luz con dolor.

Continuando con la exposición de la utopía socialista, en esa sociedad la propiedad de los medios de producción sería colectiva y la riqueza se repartiría según las necesidades de cada cual. Las mujeres serían tan autosuficientes como los hombres, no existiría la explotación laboral y desaparecerían las clases al desaparecer el trabajo (gracias a la tecnología) y las diferencias sociales basadas en la propiedad, el sexo y la edad.

La abolición de la familia

La mayor originalidad de la propuesta de Firestone radica en que es una utopía feminista, y por tanto dedica la mayor parte de su esfuerzo a teorizar sobre las condiciones sociales necesarias para la emancipación de las mujeres, que según la autora pasa por la abolición de la familia. Firestone considera que la sociedad no solo debe abolir las clases sociales, sino que sobretodo debe poner fin a la jerarquía entre sexos (clases sexuales), de modo que es necesario destruir simultáneamente el capitalismo y la familia (de hecho ella, como el resto de teóricas del feminismo radical, considera que el capitalismo es un estadio histórico del patriarcado).

bd734223458fbf0fcf95468ad39e99efEn una sociedad sin clases sexuales la familia con lazos de sangre sería reemplazada por un reparto de la responsabilidad dentro de un grupo mayor de personas. Las niñas y niños construirían vínculos con más personas y no solo con una madre y un padre. Al ponerse fin a la mística de la maternidad (esencial en la ideología patriarcal), las criaturas serían escasas en número y no se verían monopolizadas por dos adultos sino que podrían transmitir su alegría a toda la comunidad.

Las mujeres serían liberadas de la tiranía de su biología reproductiva por todos los medios disponibles, porque las funciones de cuidados descansarían en toda la sociedad. La responsabilidad de la crianza de los niños se repartiría entre hombres y mujeres en comunidad y las nuevas tecnologías también educarían a las niñas y los niños. Solo en una sociedad como esa sería posible un auténtico cuestionamiento de la idea romántica de la media naranja. Firestone considera que actualmente los intentos de libertad sexual y de poliamor son una estafa para las mujeres porque la monogamia es una necesidad de supervivencia en una sociedad basada en la división sexual del trabajo.

Firestone es tajante, la maternidad (tanto el embarazo como la crianza) tiraniza a las mujeres y por eso el feminismo debe tener como primer objetivo liberar a las mujeres de la misma por todos los medios disponibles. Si como especie deseamos sobrevivir, será necesario que las tareas de crianza y educación sean socializadas por la comunidad. No basta con centros de cuidados infantiles de 24 horas regentados tanto por hombres como por mujeres, aunque pueda valer como transición. Las actuales escuelas infantiles alivian a las mujeres de una pequeña parte de su carga, pero no cuestionan porqué esa carga “por defecto” corresponde a las mujeres: cuando las criaturas no están en la escuela, los cuidados pesan sobre las madres. Según Firestone, es necesario ir más allá y construir sociedades que prescindan de la familia y de la organización social basada en los lazos de sangre.

La autora considera también que, por mucho que exista una “tribu” (una comunidad que haga más llevaderas las tareas de crianza), mientras se utilicen los métodos de procreación naturales, las mujeres no quedarán plenamente liberadas. Lo normal es que una madre que soporta nueve meses de embarazo sienta (con razones de peso) que el fruto de todo ese dolor y molestias le pertenece. Firestone considera que lo deseable sería que se desarrollase la tecnología de incubadoras (matrices artificiales) en las que implantar y desarrollar embriones. La autora sostiene que esta tecnología podría conducir a que el embarazo se convirtiese en un doloroso arcaísmo que ninguna mujer debería verse obligada a sufrir. Lo más importante es que el vínculo de sangre entre madre y criatura, que hoy es un pilar del orden social, quedaría disuelto y eso liberaría a la sociedad de la tiranía de la sangre, que es fundamental para la existencia de las clases sociales y para la opresión de las mujeres.

Firestone sabe que su utopía resulta siniestra

Firestone sabe que su utopía provoca sentimientos de rechazo, especialmente en relación con la frialdad de la crianza al propugnar la ruptura de los vínculos de apego familiar y amoroso. La filósofa señala que sabe que nos estamos imaginando hileras de bebés alimentados por máquinas impersonales y que estamos pensando en una ciencia desquiciada controlando el poder genésico. Ella sabe que recordamos las distopías más conocidas, como “Un mundo feliz” o “1984”: las frías colectividades, la abolición del individualismo, la reducción del sexo a un acto mecánico, los niños convertidos en autómatas, el control de todos los aspectos de la vida, el control de los nacimientos en manos del estado, el genocidio de personas con discapacidad controlado por científicos de bata blanca, la consideración de toda emoción como debilidad, la destrucción del amor, etc.

Firestone señala que el mundo contemporáneo ha problematizado el trabajo asalariado, mostrando que es una fuente de sufrimiento humano e incluso se han problematizado la institución matrimonial, el amor romántico y la monogamia; pero la sociedad sigue resistiéndose a cuestionar los vínculos familiares (particularmente el materno-filial). La familia se considera el último refugio frente al poder invasor del capitalismo y el Estado. Según la autora, realmente ya vivimos en una sociedad fría y burocratizada en la que las criaturas son educadas como si fuesen máquinas. Cuando el feminismo critica la familia no aspira a que las mujeres abandonen la crianza para consagrarse a una exitosa carrera de tiburonas empresariales. Firestone aclara que el feminismo critica ambas esferas, la del trabajo y la del hogar, consciente de que el patriarcado recluye el afecto en el ámbito hogareño al que los hombres acuden de forma intermitente, como “reposo del guerrero”.

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Está muy difundido el temor a que al tocar la familia (que se nos presenta, falsamente, como el territorio de la intimidad, individualidad y el amor), nos adentraremos en el totalitarismo. En el imaginario colectivo, la “invasión” del ámbito de “lo privado” marca el tránsito desde un “socialismo bueno” hacia un “socialismo totalitario”: “cuando se destruye la familia la economía entra en todos los aspectos de la vida y las mujeres se insertan en el mundo masculino”. Cualquier propuesta que pretenda democratizar la esfera de la familia y colectivizar los cuidados, se considera una pesadilla, una monstruosidad que eliminará la intimidad, el confort y todo individualismo.

Este tabú que rodea al ámbito familiar contribuye a proteger la mística de la maternidad biológica y el ideal de la madre abnegada. En la economía contemporánea las mujeres se han integrado parcialmente en la economía remunerada, pero esto se ha producido mediante una ampliación de funciones (no se ha producido una colectivización o estatalización de los cuidados). Además, al conservar el trabajo doméstico las mujeres se incorporan al trabajo asalariado en condiciones asimétricas y tienen que luchar contra un sistema que nunca las ha considerado iguales en el plano simbólico. Como resultado las mujeres son la clase social más precaria, explotada y denigrada. A pesar de la apariencia de transformación feminista de la sociedad, la relación madre-criatura sigue intacta, de modo que cuando todos los nuevos ensayos de familia y las comunas se desintegran, los padrinos desaparecen y, en una sociedad que promueve más que nunca la irresponsabilidad del padre, las madres se quedan en la estacada, carentes incluso de la protección jurídica y económica de un matrimonio a la vieja usanza. Las madres de hoy están a la intemperie, pues mantienen una carga perpetua en un contexto de soledad, precariedad e incertidumbre.

El matrimonio como institución ha caído en desuso. El feminismo cuestionó el matrimonio por constituir un arreglo económico que tradicionalmente proporcionaba al hombre satisfacción de sus necesidades físicas y descendencia, mientras que la mujer debía renunciar a la propiedad sobre sí misma y al control de su sexualidad, y aportar a perpetuidad su trabajo doméstico y su servidumbre emocional. El único beneficio que la mujer obtenía del matrimonio era el patrocinio (la protección duradera de un miembro de la clase dominante). Con el tiempo ese contrato se revistió de los ideales del amor romántico y del compañerismo, y posteriormente perdió vigencia a favor de los lazos de libre convivencia.

Sin embargo Firestone considera que esta pérdida de la importancia social del matrimonio ha colocado a las mujeres madres en una posición más vulnerable. El patriarcado ha logrado (como suele hacer) transformar una conquista feminista (el abandono del matrimonio) en una forma más sofisticada de opresión a las mujeres. Los hombres siguen monopolizando los medios de producción, los trabajos mejor remunerados y los contratos indefinidos. Dado este monopolio masculino de todos los bienes sociales (incluida la relevancia social) las mujeres siguen viéndose obligadas a ir a la caza de un hombre que permanece indiferente ante la idea del matrimonio mientras ellas fingen que no les importa. Y una vez casados, el marido ha olvidado la antigua cláusula de cuidado y protección, pues ahora la mujer tiene “el privilegio” de salir a trabajar (muchas incluso pagan los estudios o los caprichos a sus maridos). Hoy las mujeres son más que nunca el sostén del matrimonio, tanto emocionalmente como económicamente. La mujer brega sin descanso con sus dos empleos. Este endurecimiento de las condiciones de vida de las mujeres, ha sido paliado mediante la servidumbre de un estamento de mujeres que la globalización ha proporcionado a algunas familias. Las mal-pagadas trabajadoras del hogar, junto con el control tecnológico de la natalidad y la cobertura pública de escuelas infantiles, han servido al capitalismo como paliativos que han evitado la sublevación de un grupo de mujeres, pese a la injusticia de la doble jornada.

forges_mujer1Además, la familia no se concibe como una institución opresiva. Las mujeres se casan convencidas de que las cosas malas que les ocurren a otras no les ocurrirán a ellas (cosas como la doble jornada, los hombres que no comparten las tareas de forma equitativa o la violencia de género). Todas las parejas se unen con optimismo pensando: nosotros somos distintos porque sabemos elegir. Las mujeres creen que la clave está en elegir “un hombre que no sea un patán”, o que se puede “ser una buena madre”. Es difícil darse cuenta de que la familia es una institución que tiene problemas estructurales.

Cuando llegan los problemas las mujeres piensan que han fracasado y que tomaron decisiones erróneas, se culpan a sí mismas y acuden a la psicología para aprender a “elegir mejor”. Mientras que comúnmente las personas de izquierdas admiten que la esfera del trabajo está muy condicionada por dinámicas estructurales de poder, las relaciones personales se consideran el campo de la libertad por excelencia, porque “la familia es el refugio, la tierra del amor”. Pero la familia no es privada ni es refugio, sino que es el epicentro de los problemas de la sociedad. La sociedad actual incita a las personas, y en especial a las mujeres, a recluirse en la familia y en el amor romántico, creyendo que es su refugio y que es un ámbito que pueden controlar, en el que sus elecciones son determinantes y que la familia y la pareja son el mejor reflejo de su identidad.

Pese a que el patrocinio financiero del matrimonio se tambalea, la convivencia estable en pareja sigue ofreciendo algunas ventajas a las mujeres: ofrece una constante vida sexual (aunque usualmente poco satisfactoria) y, tal vez lo más importante, ofrece a las criaturas relaciones a largo plazo que tal vez sean las únicas relaciones permanentes que van a tener en sus vidas. El feminismo no ha logrado aún alternativas sociales al matrimonio que permitan satisfacer las necesidades emocionales y materiales de las madres: “en toda nueva propuesta tenemos que conseguir ventajas para las mujeres superiores al matrimonio porque de lo contrario las mujeres continuarán prisioneras esperando que en su caso este tenga éxito”.

Ahora bien, Firestone alerta contra los misóginos que nos presentan mensajes desesperanzadores arguyendo que no existen alternativas sociales mejores que lo que hay y que por tanto debemos callar y aguantar. La autora recuerda que las personas oprimidas no tienen porqué andar convenciendo a quienes las oprimen de que existen posibles vidas mejores para las oprimidas. El hecho de que no se hayan ensayado muchos modelos sociales de organización de la reproducción y la crianza tiene que ver con la ausencia de revoluciones feministas en la historia. Han existido mujeres revolucionarias, pero han sido utilizadas por revolucionarios masculinos que raramente conceden siquiera un apoyo verbal fingido a la igualdad femenina.

Cuando las mujeres nos ponemos a pensar en nuestras vidas fuera de la pareja o la maternidad, nos entra miedo. Cuando nos ponemos a imaginar cómo sería una sociedad sin familias y sin madres, sentimos que nos adentramos en un mundo frío, sin amor ni lazos humanos. Firestone nos anima a imaginar modelos sociales que posibiliten vidas plenas para las mujeres fuera de la familia, la maternidad y la pareja.

Monasterios, compañeras de piso y tribus

Firestone imagina distintas formas de convivencia social que tal vez serían capaces de satisfacer nuestras necesidades de vínculos sociales. Señala que las personas podríamos muy felices dedicándonos a la pintura, la ciencia, el deporte o la literatura y que sería posible imaginar incluso modelos de convivencia que giren en torno a la profesión, de modo similar al de los monasterios. Otra opción vital satisfactoria es la cohabitación: es decir, que varias personas vivan juntas compartiendo una misma casa (con relaciones sexuales o sin ellas). Firestone matiza que este modelo sería feliz si nadie trabaja y si nadie se reproduce, porque cuando hay producción o reproducción de por medio, surgen dependencias mutuas. Para que mujeres y hombres pudieran convivir de forma igualitaria, sin relaciones de subordinación, también tendría que desaparecer todo rastro de doble moral sexual, en particular lo relativo a la ideología de la belleza femenina y la juventud (especialmente la de las mujeres) como valores sociales.

Otro modo de vida serían las comunidades más amplias (de tipo “tribu”), que podrían ser deseables para las personas a las que les guste vivir en comunidad de forma permanente. Este modo de vida es el mejor para ciertas etapas de la vida como los primeros años de la infancia. Según la autora, mientras no existan matrices artificiales, esta sería la mejor solución para que las madres puedan vivir con un alto grado de libertad y felicidad, pues estas estructuras sociales permitirían socializar las tareas de cuidados y proporcionarían afecto, educación y juego a los niños y niñas.

Actualmente la mayor parte de las madres se ven obligadas a permanecer en una relación heterosexual matrimonial o análoga, pues es el modo más factible de garantizar seguridad económica a las criaturas y de proporcionarles los beneficios del patrocinio de un hombre (miembro de la clase sexual privilegiada), además las madres casadas reciben presiones familiares para no separarse porque sigue existiendo un tabú que pesa sobre las madres solteras. Por su parte, las mujeres que son madres en solitario, llegado cierto momento en sus vidas se encuentran solas y cuestionadas, marginadas en una sociedad compartimentada en familias reproductivas permanentes, que funcionan como comunidades cerradas y chovinistas.

1520323989_581109_1520325559_noticia_normalFirestone imagina algunos detalles de las tribus: estarían formadas por unas diez personas de distintas edades podrían legalizarse con una duración mínima de diez años para satisfacer la necesidad infantil de estabilidad en orden a su desarrollo. Este contrato sería semejante al del matrimonio, con posibilidad de “divorcio” de sus integrantes pero con compromiso de estabilidad. Una parte de los miembros de las tribus serían niños y niñas, que podrían ser descendientes biológicos de personas del grupo, de terceras personas o ser adoptados (idealmente no habría lazos biológicos). La responsabilidad mínima respecto de la dependencia física de las niñas y niños en su primera edad estaría repartida por igual entre todas las personas de la tribu. Adultos y criaturas mayores cuidarían de las criaturas más pequeñas durante el tiempo que fuera necesario, pero ninguna persona se vería involuntariamente ligada a esta responsabilidad (cuando las mujeres madres se ven ligadas por defecto a esa responsabilidad nos encontramos ante una jerarquía social, pilar de las diferencias entre clases sexuales).

La autora también imagina la planificación urbana. Las unidades domésticas (monasterios, pequeños grupos de cohabitantes y grandes tribus) podrían integrarse en complejos con las dimensiones de una pequeña ciudad. Las rutinas domésticas serían desempeñadas de forma rotativa por las personas de la unidad doméstica y las viviendas serían muy grandes para acoger dichas unidades. Firestone sugiere que la intimidad debería quedar respetada mediante habitaciones privadas para personas o grupos. Habría edificios centrales permanentes para satisfacer las necesidades de la comunidad como conjunto global. En los lugares de convivencia social habría restaurantes, tecnología, entretenimiento, bibliotecas, centros de aprendizaje y todo lo necesario para una vida satisfactoria. La ausencia de linajes facilitaría la eliminación de la herencia y por tanto, de la propiedad sobre las viviendas.

Conclusión

Más allá de los aspectos anecdóticos de la utopía de Firestone (los detalles de su comunidad ideal) su propuesta resulta muy interesante porque indica un problema (la carga de las tareas de crianza que pesa sobre las mujeres) y señala que la solución de dicho problema debe ser el objetivo prioritario de la transformación social.

La reflexión de Firestone permite constatar lo compleja que resulta la abolición total de la carga femenina de las tareas de cuidados y la radicalidad que requiere una propuesta política que quiera poner fin a este problema. La autora considera que la maternidad es el origen de la jerarquía social más importante de la historia: la división en clases sexuales. Para Firestone, mientras exista la maternidad, las mujeres cargarán con una parte desproporcionada de los cuidados, y mientras las mujeres carguen con los cuidados, existirá el patriarcado. Por eso su propuesta se centra en encontrar una organización política y económica capaz de socializar los cuidados sacándolos de la familia.

Cuando analizamos la eficacia de las políticas públicas contemporáneas dirigidas a liberar a las mujeres de la doble jornada observamos que muchas de ellas descansan sobre presupuestos voluntaristas: educar a los hombres en la corresponsabilidad. Es decir, las políticas públicas se cuidan mucho de no realizar injerencias sobre la esfera familiar y esperan que pequeños gestos educativos sean suficientes para que los hombres renuncien a las ventajas materiales que les confiere una estructura social que premia su “escaqueo” mientras castiga severamente el de las mujeres. El trasfondo de la tesis de Firestone es mucho más contundente: ella no quiere dejar la corresponsabilidad en manos de la transformación espontánea de los hombres dentro del ámbito privado, sino que quiere abolir la familia (feudo patriarcal) y hacer de las tareas de crianza un trabajo colectivo. La autora no hace descansar el cambio social en cambios individuales de los hombres, voluntarios e imposibles de fiscalizar, sino que considera que es la sociedad la que tiene que realizar ese trabajo que “por defecto” hacen las mujeres, si realmente deseamos su emancipación.

Aunque la comunidad ideal de Firestone pueda parecernos tan fantasiosa e irrelevante como cualquier comuna inventada por el socialismo utópico o la ciencia ficción, las premisas de su propuesta (socializar las tareas de cuidados y disminuir la carga de la familia) están presentes en los reclamos actuales que plantean que el Estado asuma más labores de cuidados y en los clubes de madres que reivindican su derecho a disfrutar de tiempo para sí mismas. Al igual que las utopías comunistas aportan un ideal regulador al imaginario colectivo de la lucha obrera, la utopía de Firestone ilumina el carácter estructural de la opresión de las mujeres y la centralidad de la misma en la organización social. La utopía de Firestone contribuye a situar al feminismo en la corriente principal de la dialéctica de la historia y pone de manifiesto que la lucha de las mujeres exige una transformación revolucionaria de la organización social.

Puntos de apoyo

S. Firestone. “La dialéctica del sexo. El defensa de la revolución feminista

 

Tasia Aránguez Sánchez

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