Dialéctica de la Ilustración (I): Ilustración y barbarie

José Masot

En medio de discusiones sobre la memoria histórica y ante el alarmante y creciente revisionismo parece adecuado volver a releer Dialéctica de la Ilustración (1947). Es tan complejo como gratificante dejarse guiar por Odiseo a través del tenebroso mar que nos propusieron Adorno y Horkheimer. La belleza del texto acompaña el dolor que infringen sus palabras que en ocasiones nos distraen de que el radical cuestionamiento de la Ilustración queda contrapuesto por la insistencia en su necesidad.

Odiseo

Con la expansión de la economía mercantil burguesa, el oscuro horizonte del mito es iluminado por el Sol de la razón calculadora, bajo cuyos gélidos rayos madura la simiente de la nueva barbarie”.

Quizá una muestra de la actualidad del pensamiento de Adorno y Horkheimer sea el guion de la obra de teatro de Alberto San Juan El Rey, estrenada como filme hace un par de meses y producida por Teatro del Barrio. Allí, Sánchez-Ferlosio explica a Juan Carlos I la tesis adorniana de la vinculación entre civilización y barbarie, tesis que ya había expuesto con toda su crudeza Horkheimer en 1942:

“Cuando la razón que se supera a sí misma llega al final de su progreso no le queda más que la recaída en la barbarie o el comienzo de la historia”.

La barbarie, claro está, fue Auschwitz. Hoy, en medio de las discusiones sobe la memoria histórica, eufemismo que en España esconde el genocidio de la dictadura de Franco, el mandato de Adorno para con las víctimas de la historia resuena más alto que nunca. Dice Zamora que el pensamiento de Adorno está presidido por “un sentimiento de vergüenza” ante las víctimas y por “un sentimiento de duelo irreparable y de esperanza paradójicamente exigida por dicho duelo”. Sería momento de que alguien recordara que la memoria de las víctimas alivia el dolor de los que las lloran y trata de evitar que se repita la barbarie.

Auschwitz

Auschwitz exigía y exige una crítica radical de nuestra sociedad y de la racionalidad en la que se sustenta. Ya desde el prólogo dejan claro Adorno y Horkheimer que:

“La libertad en la sociedad es inseparable del pensamiento ilustrado […] creemos haber reconocido con la misma claridad que el concepto de este mismo pensamiento […] contiene ya el germen de aquella regresión que hoy acontece por doquier”.

El dominio de la naturaleza ha traído la mejora material y esta ha domesticado al hombre que acepta dócilmente la injusticia. Pero, el dominio de la naturaleza y la domesticación del hombre no oculta para los frankfurtianos un asunto hoy tan fundamental como ayer:

“La mujer no es sujeto. Ella no produce, sino que cuida a los productores: recuerdo vivo de los tiempos ya desaparecidos de la economía doméstica cerrada. La división doméstica impuesta por el hombre le ha sido poco favorable: ha hecho de ella una personificación de la función biológica, una imagen de la naturaleza, la opresión de la cual ha sido el título de gloria de esta civilización. […] La mujer era más pequeña y débil, entre ella y el hombre existía una diferencia que la mujer no podía superar, una diferencia puesta por la naturaleza: lo más vergonzoso y humillante que se puede concebir en la sociedad masculina. Allí donde el dominio de la naturaleza es la verdadera meta, la inferioridad biológica es el estigma por excelencia, la debilidad impresa por la naturaleza, la señal que invita a la violencia”.

La inferioridad de la mujer fue bendecida por Platón, la Iglesia y la burguesía. La distopía El cuento de la criada (1985) de Margareth Atwood, nos muestra una sociedad en la que la mujer ha sido reducida a su función biológica reproductiva contraponiendo la sociedad pasada (la nuestra) con la actual y distópica que presenta Atwood, quien nos alerta de cómo aquellos cambios que permitimos en el pasado (en nuestro presente, a fin de cuentas) nos llevaron y nos pueden llevar a lo ya conocido: a la barbarie.

La cosificación de la mujer, como la del hombre, aparece como una de las consecuencias de la razón ilustrada, convertida en razón instrumental: “El hombre entero se ha convertido en sujeto-objeto de la represión”.

La tesis fundacional de Adorno y Horkheimer es la de la existencia de una relación entre el dominio de la naturaleza, meta de la Ilustración, y la dominación social que lleva a que el instinto de autoconservación ponga en peligro tanto a esa naturaleza dominada como a los sujetos dominadores de la misma:

“Lo que los hombres quieren aprender de la naturaleza es la manera de servirse de ella para dominarla por completo, y también a los hombres. Nada más que eso”.

El hombre niega la naturaleza en sí-mismo para conseguir el dominio sobre la naturaleza “extrahumana” pero también sobre la humana, sobre los otros hombres:

“En el momento en que el hombre se amputa la conciencia de sí mismo como naturaleza, todos los fines por los que se mantiene vivo: el progreso social, el incremento de todas las fuerzas materiales e intelectuales, incluso la conciencia misma, pierden todo valor, y la entronización del medio como fin, que adquiere en el capitalismo tardío el carácter de abierta locura es perceptible ya en la historia de la subjetividad”.

La historia de la civilización es la historia de la renuncia, de cómo el hombre se sacrifica a sí mismo para satisfacer las necesidades que el capitalismo hace imposible que sean satisfechas conduciendo al “exterminio de los hombres”.

La Ilustración trató de expulsar la religión y la magia y sustituirlas por la razón para subyugar a la naturaleza, pero, observa López Saénz, ese “incremento progresivo del poder humano sobre la naturaleza será pagado con el extrañamiento de esta. El sometimiento generalizado acaba subyugando al hombre mismo”. Aparece la razón autoconservadora como única guía para el hombre y “la necesidad de cambio queda, entonces, colapsada”:

“Solo los dominados aceptan como necesaria e inalterable la evolución que, con cada subida decretada del nivel de vida, los hace un grado más impotentes”.

Se produce una dialéctica entre mito e Ilustración que habían sido entendidos antagónicamente desde la Modernidad: la Ilustración liberaría nuestras cadenas de un pasado mítico. El problema viene cuando la Ilustración es un mito en sí porque ha perdido su “dinámica trascendedora de lo dado”, cuando se ha funcionalizado al objetivo único de “la autoconservación ciega” en palabras de Zamora. La razón se mitifica para combatir al propio mito:

“La Ilustración todavía se reconoce a sí misma también en los mitos […]. La Ilustración es el temor mítico hecho radical”.

Creo que es interesante recuperar la definición que da Gadamer de mito y razón:

“El mito es lo dicho, la leyenda, pero de modo que lo dicho en esa leyenda no admite otra posibilidad de ser experimentado que justo la de recibir lo dicho”.

“La racionalidad del aparato civilizador moderno es, en su núcleo central, una sinrazón racional, una especie de sublevación de los medios contra los fines dominantes”.

El señalamiento de la razón como algo absoluto la convierte para Gadamer en una ilusión: “la razón solo es en cuanto que es real e histórica” y, por lo tanto, “es siempre interpretación de una fe, no necesariamente de la fe de una tradición religiosa o de la de un tesoro de mitos extraído de la tradición poética”.

La razón es absoluta, luego mítica y partícipe de la dominación. Esa mitificación de la razón cosifica al hombre a través de la tecnología y el dominio de la naturaleza. La razón disfrazada de ciencia se cree bastar por sí misma y nos aboca a la locura; deja de buscar la verdad porque ella misma es la verdad, se ha mitificado.

Para Adorno y Horkheimer la absolutización de esa razón subjetiva y burocrática es lo que “desencadena en la irracionalidad”. El esquema es perverso; nos lleva desde la razón emancipadora y artífice del dominio sobre la naturaleza a la reificación del hombre, y desde allí a su instrumentalización y a su destrucción subjetiva y objetiva. Nos lleva a la barbarie:

“En el progreso de la sociedad industrial, que pretende haber exorcizado la ley, por ella misma engendrada, de la depauperación, se destruye ahora el concepto con el que todo se justificaba: el hombre como persona, como portador de la razón. La dialéctica de la Ilustración se convierte objetivamente en locura”.

El nazismo lleva al límite la reificación de la vida cotidiana y la aniquilación del pensamiento, aunque esa masificación del individuo y esa cosificación también está presente en el sistema capitalista. El reino de la ciencia, heredero de Bacon, ha llevado al hombre al desastre.

“Solo debido a la pérdida total de pensamiento es posible mantener alejados a los hombres privados de juicio. Solo la Ilustración misma, dueña de sí y convirtiéndose en poder, podría romper los límites de la Ilustración”.

Pero ella misma es el único camino, porque como dijo el mismo Adorno, aunque “la Ilustración ha renunciado a su propia realización”, sin embargo, la única esperanza sigue en ella misma. La razón debe salvar a la razón ya que solo existe “una razón” dominadora de la naturaleza y reconciliadora: “esas dos dimensiones están mezcladas y no pueden ser separadas”.

La Ilustración no se corresponde para Horkheimer y Adorno con una época concreta de la historia de la cultura o una fase del espíritu humano. De hecho, los antecedentes los sitúan en Bacon, a quien reprochan su mandato de dominio de la naturaleza y sometimiento a la ciencia: la técnica no aspira “a la felicidad del conocimiento sino al método, a la explotación del trabajo de otros, al capital” y en la Odisea que “en su conjunto da testimonio de la dialéctica de la Ilustración” ya que el “espíritu homérico” habría entrado en contradicción con los mitos al adueñarse de ellos, al “organizarlos”.  Si en Bacon se produce la identificación de “saber”, “poder” y “técnica”, en Homero ya se encuentra el dominio y la explotación.

En realidad, lo que pretenden Adorno y Horkheimer es hablarnos de un concepto de Ilustración como “pensamiento en constante progreso” aplicado desde “el comienzo de la historia contada”.

El dominio de la naturaleza encaminado a la autoconservación del hombre, la sustitución de la fe por el saber, el fin de las tinieblas y la emancipación del hombre son el programa de la Ilustración. El uso de la razón debería haber traído consigo una nueva fundamentación moral, pero todo quedó reducido a la autoconservación frente a la naturaleza.

Desfile nazi

Lo que nos quieren decir Adorno y Horkheimer es que el dominio de la naturaleza incluye el dominio del ser humano y la racionalización máxima del dominio es el fascismo: “El dominio se revela como terror arcaico en la forma racionalizada del fascismo” y citando al Sade de Histoire de Juliette (1797): “hay que sustituir las quimeras religiosas por un gran terror”:

“El mito original contiene el momento de mentira que triunfa en la charlatanería del fascismo y que este último achaca a la ilustración”.

La racionalidad del rendimiento económico anula la subjetividad. El ser humano es una mercancía más, con valor de cambio. El individuo y su subjetividad, como su historia, desaparecen; el hombre queda cosificado. Zamora lo explica: “en tanto que haya dominación habrá miedo y el mito será también eco del horror”.

La economía de mercado y el dominio privado de los medios de producción dividió a los hombres cuya preocupación por la autoconservación “se reveló como natural destructora, que ya no podía separarse de la autodestrucción. Una y otra se confundieron. La razón pura se tornó antirrazón, procedimiento intachable y sin contenido”.

¡Qué cercano queda el canto de Benjamin al final de “La obra de arte en la época de su reproducción mecánica” de unos pocos años antes!

“La humanidad, que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden. Este es el esteticismo de la política que el fascismo propugna. El comunismo le contesta con la politización del arte”.

La trascendencia de las líneas de Benjamin hará que José Luis Pardo arranque su edición de Sociedad del espectáculo de Debord con esta cita. Extraño texto el de Debord que produce escalofríos por el nivel de cumplimiento de algunas de sus profecías.

La autoconservación de la que nos previenen Adorno y Horkheimer tiene mucho que ver con la autoalienación de la que nos habló su amigo Benjamin y que volvería a poner sobre la mesa Debord en las vísperas de mayo de 1968.

Puntos de apoyo

 

 

T. Adorno y M. Horkheimer: Dialéctica de la Ilustración.

W. Benjamin: La obra de arte en la época de su reproducción mecánica.

G. Debord: La sociedad del espectáculo.

H. Gadamer: Mito y razón.

M. Horkheimer: Razón y autoconservación.

Mª. C. López Sáenz: “La precaria unidad de la razón (J. Habermas)”.

J. A. Zamora: Th. W. Adorno. Pensar contra la barbarie.

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