Buenos o malos por naturaleza: una luz desde la biología

Javier Jurado

Decía Ortega y Gasset que “La definición del hombre es el motor de las variaciones históricas“. Sin duda, la imagen del hombre determina cada época, y es el nudo gordiano de toda filosofía política e ideología. Entre los problemas de la antropología filosófica destaca un dilema histórico: ¿Es el hombre bueno o malo por naturaleza? Inclinar la respuesta en uno u otro sentido tiene enormes consecuencias para idear y construir cualquier sistema político y social. Pero como no hay filosofía auténtica que pueda permitirse el lujo de obviar las aportaciones de la ciencia, cabe darle una pensada a las recientes teorías sobre la agresividad en la historia evolutiva del Homo Sapiens.

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El planteamiento filosófico

La ambivalencia del carácter humano ha sido reflexión para multitud de filósofos. Pero básicamente podríamos decir que sobre ella destacan dos grandes corrientes: la del pesimismo antropológico de las filosofías políticas más conservadoras como la de Hobbes Maquiavelo y la del optimismo antropológico de las más utópicas como las de Moro Rousseau.

Muchos son los que a lo largo de la historia se han alineado con la tesis del homo homini lupus de Hobbes, que considera al hombre como naturalmente malo, concupiscible, egoísta, tendente a la beligerancia y al dominio. Esa línea la había sembrado especialmente Maquiavelo, que explicitando y reivindicando la autonomía de la razón política, rehuyó de la ingenuidad utópica y construyó su filosofía política en torno a su pesimismo antropológico. Esta concepción legitimó gobiernos absolutistas, que cedían el poder absoluto al Leviatán del Estado para evitar la guerra permanente entre los hombres. Con el triunfo de las democracias liberales, esta tesis sigue, sin embargo, trufando enormemente las posiciones más conservadoras, reaccionarias, tribales, que priman la seguridad, la tradición y la conservación del statu quo, recelosas del extraño y miedosas ante las propuestas más abiertas y expuestas.

No menos son los autores que se han alistado en la tropa del bon sauvage de Rousseau, del hombre naturalmente bueno, generoso, propenso a la compasión, y sólo corrompido por las estructuras sociales tales como la propiedad privada, la superstición o el prejuicio ideológico. Esta concepción humanista, heredera de los proyectos utópicos de Moro, Campanella o Bacon, se situó en clara oposición a la de Hobbes, legitimando al liberalismo democrático en primera instancia, pero estableciendo en seguida los cimientos de la legitimidad de los gobiernos de corte progresista, con el evidente vínculo entre Marx y Rousseau. Como tanto han subrayado autores como I. Berlin Kołakowski, sus ambiciones desmedidas también conllevaron las catástrofes de los totalitarismos que creían factible la perfección y alcanzable la felicidad.

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Cualquier repaso a la historia de la antropología filosófica muestra, asimismo, posturas que han intentado preservar el equilibrio para no caer en ninguno de los dos extremos, siempre contrariados en sus tesis por la realidad concreta de hombres y mujeres. El hombre, para éstos, sería radical o al menos fundamentalmente libre, tan propenso al bien como al mal. Aristóteles, Locke o Kant han protagonizado algunos de estos intentos por mantener la ecuanimidad.

El calado de este planteamiento es enorme, porque en el fondo lo que se cuestiona es si merece la pena el hombre, si la organización de nuestra convivencia debe resignarse a minimizar daños y conservar la paz, si debe procurar un progreso factible, porque como quisiera Platón el hombre es rescatable, o si debe confiar al libre albedrío de los individuos su destino como sociedad. La filosofía política de nuestros días sigue impregnada de este dilema, y agrupa las distintas formulaciones políticas en torno a las grandes corrientes del moralismo y del realismo político. En la clave de este dilema, incluso me atreví hace un tiempo a ofrecer una interpretación de la canción de La maza de Silvio Rodríguez.

¿Tienen algo que decir las ciencias a este respecto? Indudablemente no podemos caer – al menos inconscientemente – en la falacia naturalista y pensar que lo que de hecho haya sucedido en la evolución de nuestra especie y de su comportamiento puede determinar lo que debe ser, discriminando ética y políticamente lo bueno y lo malo. Pero, aunque sólo sea a nivel pragmático, las aportaciones de la ciencia son decisivas para entender hasta qué punto pueden ser razonables, tener éxito y ser factibles los modelos políticos y los edificios ideológicos que se han construido en la discusión política, para regular la convivencia entre nosotros.

Las aportaciones de la ciencia

Hace apenas unos días, Pablo Malo nos dejaba una interesantísima entrada sobre un reciente artículo del primatólogo británico Richard W. Wrangham titulado Dos tipos de agresión en la evolución humana. En este artículo, el autor insiste en romper con el carácter monolítico con el que tradicionalmente se ha considerado la agresividad, y plantea en su lugar un carácter bimodal para abordarla, identificando dos tipos de agresividad que habrían evolucionado por caminos distintos hasta llegar a confluir en el Homo Sapiens.

Por un lado se encontraría la agresión proactiva, referida a “ataques planeados y con un objetivo que implica una recompensa externa o interna“. Este tipo de comportamiento pretende alcanzar un fin y al calcular que la relación coste-beneficio compensa, ejecuta “fríamente” la agresión para conseguirlo.

Por otro lado, se encontraría la agresión reactiva como “respuesta a una amenaza o a un suceso frustrante” cuyo objetivo sería “eliminar el estímulo que la provoca“. Este tipo de agresión reacciona en “caliente”, improvisadamente, y se asocia a la ira. Precisa Pablo que esta clasificación “se refiere a la naturaleza del acto agresivo más que a la razón para actuar agresivamente. Según esta definición, los actos de venganza no son necesariamente reactivos y de hecho es poco probable que lo sean porque la venganza suele conllevar planificación“.

Indudablemente, ambos comportamientos se entremezclan: huelga decir que la violencia de las guerras se perpetra con claros motivos e intereses articulados por una razón instrumental y proactiva. Pero al mismo tiempo, esta violencia es espoleada en el fragor acalorado de la contienda, reaccionando a la violencia del otro, ya sea directa o simbólica, como la que se da en las ofensas entre identidades étnico-nacionalistas o religiosas.

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Comparándonos con nuestros primos evolutivos, entre las conclusiones del estudio se destaca que “los humanos comparten con los chimpancés una mayor propensión a la agresión proactiva que los bonobos. Pero los humanos comparten con los bonobos una menor predisposición a la agresión reactiva de la que se encuentra en chimpancés”. Según expone, la selección natural habría operado en nuestra especie alcanzando un cierto equilibrio. Por un lado, habría domesticado al ser humano, al normalizar la pena capital desde los albores de la cultura, ejecutando a sus individuos más dispuestos a la agresión reactiva para favorecer y preservar la cooperación interna del grupo. Pero también, la evolución humana habría promocionado a los individuos con alta propensión a la agresión proactiva: por un lado, al resultar socialmente útiles como verdugos-castigadores; y por otro lado, porque su propia racionalidad acentuada les habría favorecido en términos adaptativos, tanto individual como colectivamente. Por supuesto, siempre y cuando su agresividad proactiva no desestabilizase en exceso al grupo.

Algunas reflexiones en consecuencia

Hace un par de años me atreví a ofrecer una posible explicación sobre la persistencia del eje político izquierda-derecha como principal esquema de comprensión de nuestra realidad e historia política (1, 2, 3 y 4). Y lo hice trasladando, con muchos matices, el modelo de equilibrio biológico que bauticé como equilibrio Dobzhansky, en honor a uno de los padres de la teoría sintética de la evolución. Este equilibrio consistiría en resumen en que toda especie o población se configura en la tensión entre dos polos: de un lado, la tendencia a la competición y al dominio (TCyD), que expone a los individuos y permite que la selección natural tenga lugar; y de otro la tendencia a la protección y a la conservación (TPyC), que se asegura cierta reserva de variabilidad genética imprescindible para sobrevivir ante un cambio en las condiciones de supervivencia.

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A partir de ahí hice un repaso extenso, aunque insuficiente, de muchos momentos de la historia política explicando cómo este equilibrio habría legitimado y hecho evolucionar las distintas filosofías, ideologías y movimientos políticos. El incentivo de la competencia entre pueblos, naciones, religiones, empresas o individuos así como el incentivo de las redes de solidaridad, compasión, asistencia y cooperación son explicables a través de este equilibrio. Sus beneficios y balances también iluminan en buena medida bastantes acontecimientos históricos. Y sin duda, como decía al comienzo, la imagen del hombre en cada época y corriente habría sintetizado enormemente la situación de este equilibrio Dobzhansky en cada momento histórico.

Por ello, me ha resultado enormemente sugerente el artículo de Wrangham que Pablo Malo nos ha dado a conocer, como quiera que corrobora y apuntala en buena medida algunas de las ideas que venía meditando: Por un lado, la agresión proactiva se enmarca claramente con esa tendencia a la competición y al dominio (TCyD) que mencionaba, y que tanto se manifiesta en la competencia violenta natural por los recursos (territorio, apareamiento, alimento,…). Es la agresividad propia de quien se expone a la competición y aspira a dominar, y que se ha manifestado históricamente tanto individual como grupalmente en el caso humano. El hecho de que se haya acentuado precisamente en nuestra especie, con respecto por ejemplo a los bonobos, es coherente con que nuestra capacidad para ejecutar acciones racionales en general se haya desarrollado mucho más en nuestra historia evolutiva. Son estas acciones racionales con respecto a fines, de las que nos habla Habermas, una de nuestras interacciones más específicas. Y la que en particular acaba recurriendo a la violencia se correspondería con esta agresión proactiva.

chimpance37Por otra parte, el hecho de que los individuos con menor agresión reactiva hayan sido más seleccionados, con respecto por ejemplo a los chimpancés, coincide asimismo con el hecho de que en el Homo Sapiens la capacidad de cooperación se haya desarrollado mucho más que en otras especies. Como recoge el historiador Yuval Noah Harari, es precisamente la capacidad de articular esta cooperación masiva entre desconocidos la que ha permitido al Homo Sapiens gobernar hasta ahora la Tierra. En este caso, sería la interacción simbólicamente mediada de la que también nos habla Habermas, el otro tipo de interacción que destacaría en nuestro bagaje humano. Y para favorecer este tipo de cooperación, resulta fundamental que la práctica cultural someta al individuo hasta cierto punto, encauzando y podando cuando sea preciso sus comportamientos. En este sentido, es la tendencia a la protección y conservación (TPyC) a nivel grupal la que estimularía la mansedumbre, docilidad, sometimiento al grupo en muy diversas formas culturales, como la de religión (“Bienaventurados los mansos“) o la organización política (el Estado al que reconocemos la legitimidad para dispensar la violencia, según Weber).

El hecho de que hayan sido seleccionados los comportamientos menos agresivos en términos reactivos es coherente con que lo hayan sido los comportamientos más compasivos. Aunque entre los animales hallemos también comportamientos altruistas, como los de las poblaciones de búfalos que defienden a sus miembros más débiles frente a sus depredadores, o de bonobos que asisten a sus miembros enfermos, la protección de los débiles está especialmente acentuada en el género homo, ya desde tiempos del Homo heidelbergensis. La compasión no es exclusiva pero es sobre todo humana.

Indudablemente, la tendencia a la protección y conservación (TPyC) se manifiesta en la agresión reactiva que sigue presente en los individuos: nuestro instinto de conservación, nuestra respuesta en “caliente”, que reacciona ante la agresión con agresividad, persigue protegernos. Pero no ha sido tan seleccionada, porque nuestra diferencia específica no reside tanto en nuestra capacidad individual, sino ante todo en nuestra capacidad grupal (colaborativa-cultural). Ciertamente, ha existido una selección que ha favorecido sobre todo nuestra habilidad para diseñar y ejecutar acciones racionales con respecto a fines, incluidas aquellas que puedan conllevar violencia como agresión proactiva. Pero es nuestra capacidad de colaboración la que sostiene nuestro éxito evolutivo, con redes de comunicación, intercambio, transporte y protección cada vez más extensas. Y esta, sólo puede sostenerse si existe la mencionada tendencia a la protección y conservación del grupo, con la consecuente selección “natural” operada sobre sus individuos, menos agresivos reactivamente y más compasivos.

En definitiva, al dilema sobre la bondad o maldad de la naturaleza humana cabe una respuesta muy matizada. Ni Hobbes ni Rousseau tenían razón del todo. Los hombres se han especializado para ser capaces, como se suele decir, de lo mejor y de lo peor. Su agresividad proactiva es tan fina que ha desarrollado enormes y retorcidas formas de crueldad y violencia, auténticas formas de matar masivamente a completos desconocidos con tal de alcanzar sus fines. Incluso sin llegar a ella, los rasgos psicopáticos son relativamente altos en sus poblaciones, presentes por ejemplo en muchas profesiones actuales, especialmente agresivas. Pero los hombres también pueden ser enormemente altruistas y generosos, capaces de empatizar con semejantes por todo el globo y de llegar a entregar la vida incluso por desconocidos, contemporáneos o incluso futuros. Decía E. Trueblood que cuando un hombre planta árboles bajo los cuales sabe muy bien que nunca se sentará, ha empezado a descubrir el significado de la vida.

Desde luego, la biología no puede darnos argumentos para hacer valoraciones éticas en sentido estricto, so pena de incurrir en la citada falacia naturalista. Además, antes cabría desarrollar el debate ético-político sobre si existe algún tipo de violencia que no sea éticamente condenable. Pero sí nos suministra interesantes condiciones de contorno para iluminar y comprender mejor este problema filosófico, aproximándolo a un terreno pragmático en el que sin duda seguirán generándose nuevos interrogantes.

Puntos de apoyo

 

 

P. Malo, Dos tipos de agresión en la evolución humana

R. W. Wrangham, Two types of aggression in human evolution

Un pensamiento en “Buenos o malos por naturaleza: una luz desde la biología

  1. Anónimo

    Un cordial saludo Javier.
    Interesante y bien estructurado este texto, en el que se apuntan algunas lineas en torno a biología, naturaleza o el eterno debate ético-filosófico, (o no tanto), de “lo bueno” y “lo malo” (con minúsculas) en lo referente, al pedestre proceder cotidiano de lo humano, su historia y que en su evolución nos llevaría a la existencia de portentosas categorías exógenas a lo humano como serían “El Bien” y “El Mal” (con mayusculas).
    Evidentemente en el titulo “Buenos o malos por naturaleza: una luz desde la biología” se entremezclan conceptos que pertenecen a diferentes “discursos”.
    Por un lado, la biología como disciplina de metodología científica posee su propio discurrir en su discurso, en el cual no se contemplan la moralidad o la ética, conceptos estos que beben ser ajenos a tal disciplina.
    Bien o mal, sabemos que son siempre términos morales y relativos, que si bien tienen sentido en el discurso autónomo de ciertas religiones, en cuanto a categorías en sí y que estas tratan de legitimar, no son equiparables a lo relativo de la conducta de ningún ser vivo animal, incluido el propio ser humano como tal
    Evidentemente “todo depende del cristal con que se mira” (se podrá argumentar) y el del pensamiento, aun siendo plural en su recorrido histórico y en sus varias concepciones y autores no debe permitirse de la mezcla de conceptos entre distintas disciplinas y diferentes discursos que por su propia naturaleza y materia divergen entre si.
    El método cientifico no se encarga de aportarnos valores éticos, no es su cometido, ni su interés, al igual el discurso religioso no se encarga de la demostración de las leyes naturales o científicas , la filosofía puede y ha tratado del tema de lo moral del bien y del mal en la conducta humana, pero esta concepción es forzosamente distinta al concepto de bien o mal de la que nos hablan ciertas religiones.
    El ser humano probablemente no sea ni bueno ni malo por naturaleza, al igual que cualquier ser vivo, si no que depende de sus circunstancias e intereses, además de otras múltiples variables (supongo) que rigen su conducta y mucho me temo que en esto, la biología no tendrá la última palabra.

    Atentamente
    F. R.

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