La persistencia del eje político izquierda-derecha (3/4)

Javier Jurado

En dos entradas anteriores, hemos ido empleando la noción de equilibrio Dobzhansky para interpretar, aunque sea de forma general, la evolución de las organizaciones políticas y sobre todo las formulaciones ideológicas que las han legitimado a lo largo de la historia. En la primera entrada introdujimos el concepto de este equilibrio biológico entre la tendencia a la competición y al dominio (TCyD) y la tendencia a la protección y a la conservación (TPyC), y lo aplicamos a las primeras sociedades humanas y de la antigüedad. En la segunda entrada analizamos su evolución con la llegada de la Modernidad, el significativo hito de la Revolución francesa, la primera definición del eje político izquierda-derecha y su transformación a lo largo del siglo XIX hasta configurar la concepción heredada de dicho eje.

Este persistente esquema conceptual desde el que interpretamos todavía hoy la realidad política atravesó el convulso siglo XX. Y lo hizo sacudiéndolo con diversas formulaciones ideológicas interpretables en términos del equilibrio Dobzhansky, como vamos a comprobar en esta entrada que alcanza hasta la caída del Muro de Berlín en 1989.

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Nacionalismo, imperialismo y totalitarismo

El siglo XIX fue, como introducíamos al acabar la anterior entrada, testigo privilegiado de un desarrollo ideológico fundamental para la articulación del Estado liberal y su aquilatamiento con el pensamiento conservador superviviente: el nacionalismo. Muy pronto, las posiciones liberales originalmente contrarias a soportar irracionalmente el yugo de la tradición de la antagonista posición conservadora, comenzaron a reformular en términos de ciudadanía y soberanía nacional la veneración conservadora por la tradición y la patria. De hecho, buena parte de su éxito revolucionario y su capacidad para arrastrar a las clases populares se debió a su pronta apelación a una tradición propia y a su devoción por figuras populares para ganar legitimidad en sus reclamaciones contra la tradición conservadora.

Excitando de este modo la necesidad de construcción de la identidad del individuo en el contexto de una comunidad, los liberales recrearon dentro de su modelo renovados niveles de compromiso social y cohesión interna a través del sentimiento irracional de pertenencia, parapetándose del rc3a9volution_de_1830_-_combat_devant_lhc3b4tel_de_ville_-_28-07-1830debido imaginario compartido (historia, lengua, religión, personajes populares e históricos mitificados,…). La formulación del nacionalismo sirvió para afianzar paradójicamente el vínculo entre conservadores y liberales, hermanados por una tradición nacional. La TCyD interna al grupo que el liberalismo traía consigo fue compensada con mayores niveles de TPyC a nivel grupal. Así, a falta de una mayor cobertura material de la Égalité, el liberalismo se apuntalaba con una versión particularista de la Fraternité.

De este modo, con la fuerza de este sentimiento nacional, la creciente libertad política para legitimar el sistema, y la progresiva libertad individual para expresarse, emprender, investigar y enriquecerse, las naciones comenzaron a desarrollar una carrera competitiva a pasos agigantados. La tradicional competencia entre pueblos de la historia antigua se exacerbó, movida nuevamente por la TCyD entre poblaciones-nación en órdenes de magnitud inéditos. Todo el siglo XIX, lanzadera demográfica de la humanidad, fue testigo del progreso técnico y científico estimulado también desde los orígenes nacionales. Los conflictos 7-claude2bgautherot2b-2bnapoleon2bordering2bthe2bii2bcorps2binto2baction2bat2baugsbourg2b1805bélicos de corte nacionalista abrieron la centuria con las guerras napoleónicas. La atravesaron en múltiples frentes con la inspiración del romanticismo de fondo hasta la emblemática guerra francoprusiana. Y la concluyeron habiendo contemplado el ritmo in crescendo de un sentimiento patriótico que acabaría con las guerras mundiales y los totalitarismos del siglo XX.

La potencia del nacionalismo para estimular un imaginario compartido y para aprovechar interesadamente la sensibilidad altruista instintiva que hemos heredado han sido capitales para comprender la historia política mundial más reciente. Sin embargo, no puede obviarse que bajo el sentimiento de pertenencia a la nación y sus expresiones solidarias (hasta la del extremo de entregar la vida por ella, como TPyC del grupo) no estaría sino la de la afirmación de la propia individualidad que a ella pertenece. La estructura paradójica del nacionalismo es su carácter excluyente porque, en esencia, la TCyD individual es la que principalmente lo alimenta proyectándose de forma amplificada. Como decía Tagore, el nacionalismo es un sistema de egoísmo organizado. De manera que, aunque el nacionalismo fue instrumento político de las posiciones ideológicas más distantes, la afirmación de sí, ese amour propre que Rousseau criticara, inherente a la combativa TCyD hizo que la derecha política obtuviese especiales réditos en su instrumentalización.

El ansia expansionista estimulóconferencia-de-berlc3adn-caricatura incluso más que en el pasado el auge del imperialismo y el colonialismo, con el emblemático hito de la conferencia de Berlín de 1885 y el reparto de África. Puede decirse que hasta el cosmopolitismo del proyecto Ilustrado, tensado por la TPyC sobre todo individuo al proclamar los derechos del hombre y las virtudes del progreso, escondía amalgamado también el ímpetu de la TCyD: la Modernidad, con su ciencia y su técnica, gestaba la llamada razón instrumental refrendada por sus éxitos materiales, pero dirigida también al sometimiento del otro. Las virtudes del proyecto ilustrado para el desarrollo y protección de los pueblos se entrelazaron con la imposición etnocéntrica europea del imperialismo, que se quiso ver legitimada en esa mission civilizatrice que traía lo mejor para el género humano. Esta ambición por proyectarse universalmente inspirada por la TCyD mantenía, como en toda agresión entre poblaciones de una misma especie, la pretensión de uniformizar las prácticas culturales a nivel global para provecho de una parte.

wwimap-2La Primera Guerra Mundial fue consecuencia directa, entre otros factores, de las aspiraciones imperialistas. Los deseos de venganza franceses tras su derrota en la guerra francoprusiana y la pujanza de Alemania por convertirse en potencia industrial y comercial, fraguaron una alianza con el histórico oponente inglés, líder tecnológico, económico, financiero y político del momento. En seguida, un efecto dominó de disputas nacionalistas alineó a combatientes de todo el continente en sendos frentes, y más allá de sus fronteras, ocasionando un conflicto con más de nueve millones de muertos.

La TCyD entre naciones desfiguró y acaparó las fuerzas de los diferentes movimientos políticos de la época. De hecho, hasta tal punto el nacionalismo tuvo éxito, que la dimensión en que la TPyC sobre el individuo estimula la apertura de los sistemas políticos hacia formas cosmopolitas se vio también ralentizada: la segunda generación de la izquierda, de evidente vocación ilustrada e internacionalista, con el foco puesto en la Fraternité universal, acabó sucumbiendo al atractivo de la TCyD entre naciones. La preocupación por la cohesión social y la estimulación de una suerte de valores compartidos, propia de las ideologías de izquierda en común con las ideologías conservadoras, así como el pragmatismo para lograr cambios efectivos, se engatusó con la capacidad cohesionadora del nacionalismo. La Primera Internacional, a pesar de dividirse entre el autoritarismo del socialismo marxista (análogo al modelo conservador) y la defensa libertaria del anarquismo (análoga al modelo liberal), mantuvo un espíritu universalista que fue poco a poco deteriorándose.

Así, en la Segunda Internacional de 2b1internacionalconferencia1889, aunque la vía reformista socialdemócrata alemana tuvo un papel protagonista, desaparecía el Consejo General centralizado por una coordinación entre partidos nacionales independientes. Los triunfos de las tesis revolucionarias del marxismo, y de los particularismos nacionales fueron cada vez mayores. Las primeras revueltas rusas de 1905 y las crisis políticas europeas que desencadenaron la Primera guerra mundial fueron escorando las posturas, que acabaron por romper la coordinación internacional entre sindicatos nacionales.

Parecía que las democracias liberales resultaban incapaces de hacer frente al problema obrero ensimismadas en la contienda de la Primera Guerra Mundial cuando, despistando las expectativas de Marx, las ideas revolucionarias se materializaron de facto en una sociedad en la que la clase burguesa no era representativa ni había ocasionado un auténtico enfrentamiento con el Antiguo Régimen: la revolución rusa de 1917 encontró en la fuerza del lenin-2nacionalismo un revulsivo para derrocar al régimen zarista. El incipiente revisionismo de la socialdemocracia moderada de Bernstein y los intentos de los mencheviques por ceñirse a las vías no armadas se toparon con la victoria de facto del marxismo-leninismo bolchevique en las repúblicas soviéticas. En el modelo soviético que se fue gestando, pronto se amalgamó el tradicionalismo zarista de tipo conservador con el régimen disciplinario jerárquico de los bolcheviques, tras la cruenta guerra civil rusa de la que salieron victoriosos. Así, volvía a explorarse la opción de un equilibrio TCyD-TPyC de tipo conservador, acaso menos jerarquizado, pero aún más absolutista, esta vez, hacia el totalitarismo del partido único. La TCyD instigada por el nacionalismo precisamente acabaría disolviendo la Tercera internacional, ya Internacional Comunista, con la alianza entre la URSS y las potencias capitalistas aliadas frente a la invasión nazi en la Segunda Guerra Mundial. Pero ya en la Primera Guerra Mundial, muchos obreros habían antepuesto la defensa nacional al internacionalismo.

Terminada la Primera Guerra Mundial, la traumática experiencia de la TCyD entre naciones trató de ser compensada con el establecimiento de uno de los primeros órganos supranacionales, la Sociedad de Naciones, como instrumento que comenzaba a articular una suerte de TPyC global entre naciones, inspirada en el cosmopolitismo de tipo kantiano. Pero las heridas de la Primera Guerra Mundial potenciaron un revanchismo inherente a la TCyD entre naciones que, entre otras cosas, humilló a Alemania con un castigo impagable y escasamente reconciliador. Tampoco algunos de los supuestos ganadores, como Italia, obtuvieron cuanto esperaban de su alineamiento con la Entente. Además, la irresuelta cuestión social de los proletarios y campesinos siguió carcomiendo la situación. Y así, los 211_001llamados felices años veinte de prosperidad económica del liberalismo anglosajón esta vez protagonizados por los EEUU se fueron llenando, con ingenuidad, como observó Ortega y Gasset en La rebelión de las masas (1929), de una serie de movimientos políticos contrarios al sistema, que fueron encendidos especialmente con la Gran Depresión de 1929. La incapacidad para lograr la cohesión social ante el problema proletario en las democracias liberales azuzó las esperanzas por encontrar respuesta en el retorno a formas conservadoras, distantes del aparentemente estéril juego de partidos democráticos al servicio de las élites. El pluralismo político y el relativismo moral a él inherente parecían ineficaces y carentes de un relato rector y seductor. El nacionalismo desbocado y esta pérdida de legitimidad del liberalismo democrático hicieron el resto.

Con la desesperación ocasionada por la grave crisis económica y la incapacidad del sistema democrático liberal para responder ante ella, es harto conocido el enorme encanto que a lo largo de los años veinte y treinta tuvieron los populismos de tipo conservador.

Durante los años veinte, al resentimientomussolini2 militar italiano insatisfecho con las concesiones tras la Guerra se le entrelazaron las persistentes luchas sociales de los trabajadores. Así se popularizaron los Fasci Italiani di Combattimento, alejados según su óptica del comportamiento corrupto y mezquino de los políticos, en particular de los inoperantes partidos de izquierda. Opuesto radicalmente a comunistas y anarquistas, de cuya tradición paradójicamente procedía, el Duce ganó las elecciones democráticas respaldado por los grandes terratenientes e industriales e impuso su poder absoluto apelando al referente ultranacionalista de la Roma Imperial.

stalinEn la URSS, la aspiración por universalizar la revolución rusa a nivel global para hacerla sostenible, tal y como la defendía Lenin, se había encarnado en el socialismo crítico de Trotsky. Sin embargo, éste fue seriamente reprimido e incluso desterrado con el ascenso de tipo nacionalista de Stalin dentro de las luchas internas en el partido único. El Secretario General fue acaparando cada vez más poder hacia una dictadura de facto, implacable con la disidencia en las conocidas purgas y el Gulag.

En Alemania fue creciendo la apelación al dolido orgullo ario220px-bundesarchiv_bild_183-s62600_adolf_hitler tras la derrota en la Gran Guerra para la reconstrucción del que finalmente sería el Tercer Reich. Este movimiento trufado de propaganda se basó en la pureza étnica y la disciplina militar para crecer, sirviéndose además de la identificación como culpable de la situación de derrota económica y política de otro grupo étnico asociado al capitalismo usurero como fue el pueblo judío, lo que acabó aupando democráticamente a Hitler al poder.

Una insatisfecha TPyC sobre los individuos, inspirada por el Régimen del Terror de Robespierre y la tentación de la justicia rápida, severa e inflexible, entregó totalmente su autonomía al poder absoluto del primer camarada, del Duce o del Führer. La autonomía acrítica del individuo-masa estaba deslumbrada por una nueva propuesta de sentido edificada sobre un modelo ultranacionalista totalitario, contrario a las plutocracias liberales y especialmente beligerante. Además esa TPyC también se manifestó en una postura temerosa por parte de los Aliados ante la posibilidad de revivir el conflicto de la Gran Guerra, promoviendo una ingenua política de apaciguamiento que permitió el crecimiento, despliegue y rearme de las potencias del Eje. En los países totalitarios, las nuevas propuestas de sentido crecieron amparadas por la mala fe en palabras de Sartre que configuró el hombre masa del que había hablado Ortega y Gasset, sumiso al atractivo populista y heterónomo del líder y, sobre todo, del Estado burocrático que acabó banalizando el mal, siguiendo a Arendt.

Estas propuestas de sentido estaban además catalizadas de nuevo por la TCyD entre naciones y, singularmente, por una incontenida TCyD entre las subpoblaciones que debían purgar internamente las sociedades nacionales contaminadas según el relato general de todo tipo de disidentes (comunistas, anarquistas, judíos, homosexuales, gitanos, capitalistas,…). Dentro de la heterogeneidad social de la primera mitad del siglo XX, las estructuras jerárquicas de antaño regresaron entronizando de nuevo a una élite con carácter absoluto, ya fuera al disciplinado grupo de los fascios, a la coronada raza aria o al partido comunista como idealizado representante de la clase trabajadora. Ciertamente la jerarquización fascista fue mucho más explícita y vertical frente a la aparente camaradería soviética, por el diferente origen en la legitimación de ambos: el fascismo asumió con orgullo la TCyD como principio activo de su propuesta; el comunismo se tenía por único defensor de una auténtica sociedad liberada bajo una TPyC sobre el individuo por fin desalienado. Pero en ambos, la fórmula efectiva pasó por un equilibrio TCyD-TPyC autoritario de tipo absolutista-618-550x442totalitario, que aun sirviéndose de buena parte del imaginario tradicionalista, se apoyó fuertemente en las formas de nacionalismo y sobre todo en la tecnociencia modernos: muy pronto el productivismo se puso al servicio de la escalada bélica hacia la guerra total. El conflicto bélico de la Segunda Guerra Mundial, con más de cincuenta millones de muertos, supuso un hito inédito que trastocó completamente el juego de tensiones en el panorama político hasta la fecha.

Cicatrices de postguerra

El escarmiento de los horrores de la Segunda Guerra Mundial afectó a múltiples niveles. En lo que se refiere al sociopolítico e ideológico, las superpotencias emergentes tras el declive de las potencias europeas sólo se enfrentaron en una Guerra fría, aunque el enfrentamiento arbeittreblinka-27436llegara a niveles críticos como en la crisis de Cuba de 1962. El fin de toda una época había llegado tras el impacto no sólo de Auschwitz o el Gulag, sino también de Hiroshima. El absurdo de un posible holocausto global, con el cruce en el aire de misiles nucleares, en una guerra que acabase sin vencedores, neutralizó la macroviolencia directa y diversificó los escenarios de la guerras subsidiarias (Corea, Vietnam, Afganistán…).

d_der_aufklarungEl diagnóstico ante estos horrores fue ideológicamente diverso. La Escuela de Frankfurt, de corte marxista, con Horkheimer y Adorno a la cabeza, ofreció su particular lectura del desastre con su Dialéctica de la Ilustración en la que imputaban los horrores a la degeneración del proyecto ilustrado que, partiendo de su afán por el dominio racional de la naturaleza, habría acabado dominando al propio ser humano, mediante la razón instrumental típicamente liberal y capitalista. El individuo socialmente mutilado y centrado en su ejercicio privado habría terminado mecanizando y triturando al propio individuo.

Por su parte, el discurso liberal, con autores destacados como Popper o Berlin, achacó el fracaso a la imposibilidad de la utopía, como ya comentamos en esta entrada, que habría acabado sometiendo al individuo bajo formas totalitarias que negaban el preciado derecho de su libertad, piedra angular de los trabajos en economía de los Ludwig von Mises y compañía. También hubo corrientes de la filosofía continental que alcanzaron conclusiones semejantes achacando los horrores al desalojo de la razón por parte del entramado formado por el nacionalismo, el romanticismo y el irracionalismo contrarios al proyecto ilustrado. La inviolable dignidad del sujeto, apelando claramente a Kant, habría sido instrumentalizada como medio por parte de la ambición y a las utópicas ensoñaciones de unos pocos bajo formas totalitarias del Estado, negando su autonomía, toda posibilidad de disidencia y libertad.

Las fuerzas conservadoras apelaron, por su parte, al desastroso proceso de secularización y de drástica ruptura con la tradición, al estilo de Gadamer o MacIntyre, que habrían desnortado éticamente la enorme capacidad técnica adquirida por el hombre, degenerándola hacia la autodestrucción. Era preciso recuperar el valor de aquella tradición, asumir los prejuicios de nuestra precomprensión heredada y retornar a las propuestas comunitaristas de una ética material basada en valores perdidos aunque estos no pudieran fundamentarse racional ni universalmente.

eleanor-rooseveltA pesar de las discrepancias, como la que comentábamos en el blog entre hermeneutas y deconstruccionistas, el espacio común por el reconocimiento del individuo como fin en sí mismo al que proteger (TPyC) fue progresivamente ganando terreno. Tras los destrozos de una TCyD beligerante, la TPyC a nivel global entre naciones y sobre los individuos volvió a emerger: la constitución de la ONU pretendía articular el espacio de cooperación internacional y la resolución pacífica de conflictos; la proclamación de los Derechos Humanos trataba de devolver al individuo la creciente relevancia jurídica y política perdida. Esta proclamación, aunque como horizonte al que aspirar, recuperaba los llamados derechos de primera generación y los extendía más allá, siendo firmada nominalmente por ambos bloques y una extensa mayoría de países no alineados en todo el mundo. Esta TPyC sobre los individuos fue aumentando especial y progresivamente la legitimidad de las democracias, con su respeto por la pluralidad y el régimen de libertades individuales, extendiéndolas en la mayor parte del mundo. Pero inspiró al menos ideológicamente a ambos bloques.

urssEn la esfera soviética, la economía planificada logró considerables niveles de igualdad material e incluso importantes avances en el reconocimiento de ciertos derechos individuales, como los de la mujer o la libertad moral, como logros de la TPyC sobre los individuos. Ciertamente, a costa de que los derechos de libertad política, económica y religiosa fueran enormemente reprimidos. En economía, particularmente, la legalización del libre comercio y la propiedad privada de las empresas más pequeñas con la Nueva Política Económica de Lenin fue abolida por la economía planificada de forma centralizada en los conocidos planes quinquenales de Stalin. En el plano político, la represión interna, en especial en la periferia de la URSS, fue enormemente fuerte sobre la disidencia (Hungría, Polonia, Praga,…). Sin embargo, tras la muerte de Stalin, el proceso de desestalinización y el deshielo de Jrushchov fueron progresando en este sentido, con las naturales reticencias de tipo conservador al cambio, hasta la perestroika de Gorbachov. El desarrollo económico, no obstante, se estancó frente al del resto de bloques. La falta de libertad individual limitó enormemente su crecimiento económico, facilitó la corrupción y fue en gran medida culpable de su colapso. Parece que convenía para la supervivencia un equilibrio en el que la TCyD controlada incentivara el desarrollo y en el que la TPyC se extendiera sobre las libertades individuales más elementales.

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En la esfera capitalista, en EEUU, el New Deal de corteusa-flag-300x224 intervencionista de Roosevelt tras la Gran Depresión y la guerra en sí misma como revulsivo económico fueron consolidando una economía basada en el consumo de masas. En Europa, el plan Marshall y la construcción del Estado del bienestar en los años del keynesianismo a su vez fueron mejorando la cohesión social. Todo ello contribuyó a que importantes derechos de segunda generación se fueran haciendo progresivamente efectivos. Con ello, se neutralizaron en buena medida las reclamaciones históricas de la clase trabajadora, aumentando la estabilidad de las democracias liberales y amortiguando los históricos problemas sociales, pues aunque la desigualdad material siguió existiendo, su crecimiento se contuvo durante el tercer cuarto de siglo, incluso en EEUU. Con ello, esta TPyC sobre el individuo en la esfera capitalista se manifestó trasladando el protagonismo a otros movimientos sociopolíticos que quisieron seguir extendiéndola: la izquierda política fue evolucionando hacia nuevas aspiraciones que se consolidarían como los llamados derechos de tercera generación (paz, ecologismo, orientación sexual,…).u-s-_income_shares_of_top_125_and_0-125_1913-2013

Sin duda, esta TPyC sobre individuos que aspiraba a proporcionar nuevos fundamentos para la legitimación política se enfrentaba a la inercia de una poderosa deriva global. El proceso de descolonización tras la devastación europea, catalizado en buena medida por los mismos resortes del nacionalismo, comenzó a dibujar un panorama multilateral pero politizado, a pesar del surgimiento del llamado Tercer Mundo, en torno a los grandes metarrelatos del capitalismo estadounidense y el comunismo soviético. El equilibrio TCyD-TPyC tradicional se resistía estimulando internamente prácticas de dominio y conservación social: además de las mencionadas purgas, represiones y mecanismos de control y represalia ejercidos en el bloque soviético (basta pensar en el KGB o la Stasi de la RDA), las prácticas de control y dominio social vivieron años especialmente agresivos en los años del Macarthismo de EEUU y su caza de brujas. Además, la TPyC entre naciones no había sido capaz de elevarse hasta la aspiración global encarnada en la ONU y se materializó, en un nivel político superior estableciendo esta TCyD entre bloques, fundamentalmente en la carrera armamentística, en las guerras subsidiarias y en el fuego cruzado propagandístico.

No obstante, la Segunda Guerra Mundial había conmovido tanto las conciencias, que la segunda mitad del siglo XX sería testigo, entre los polos de la Guerra fría, de una suerte de movimiento pendular que fue acusando un distanciamiento de las prácticas que más atentaran contra la TPyC de los individuos. De forma que, aunque el nacionalismo siguió pujando, especialmente en las zonas menos desarrolladas del planeta, su capacidad movilizadora en muchas otras regiones, especialmente en la Europa occidental escaldada por la experiencia despersonalizadora de los totalitarismos, se vio claramente mitigada.

El rechazo al belicismo derivado de la TCyD se expresó, en buena medida, en los movimientos pacifistas de los años sesenta, con el emblemático caso de la guerra de Vietnam. Por su parte, aunque aplastada, la Primavera de Praga planteó un reto interno al bloque comunista, cada vez más desacreditado en sus prácticas y resultados, lo que acentuó la evolución de la izquierda política occidental a nuevas formas como la de la llamada Nueva izquierda, mucho más revisionista con las tesis marxistas, antiestatista y muy afín al socialismo libertario. En esa línea los años sesenta fueron testigos de los citados movimientos por los derechos civiles de los negros, por el pacifismo o la revolución sexual. A pesar de la prosperidad económica sin precedentes de la década, las revueltas estudiantiles en torno al conocido Mayo del 68 paris-mayo-68-estudiantes-en-la-callefrancés mostraron las demandas de nuevas generaciones insatisfechas con el modelo de vida de consumo y conservadurismo moral edificados en el mundo capitalista de la postguerra. Desenmascarando la instrumentalización ideológica de la tecnociencia al servicio de las élites contra la que se dirigían estas manifestaciones se pronunciaba en aquellos años Habermascomo ya vimos en esta entrada.

Pero el movimiento pendular iba aún más allá. El escarmiento de la guerra trajo consigo un importante agotamiento ideológico, padre del actual cuestionamiento de la capacidad explicativa e interpretativa del eje político izquierda-derecha. Las demandas de Mayo del 68 también contaron con voces de corte conservador, reticentes al relativismo nihilista de la sociedad de consumo capitalista: en lugar de un progreso solicitaban un regreso o una suerte de difusa superación. Por otro lado, aunque estas revueltas fueron acaparadas por los movimientos obreros y los sindicatos, sus resultados no se materializaron en cambios sustanciales. De hecho, el desengaño ideológico se lyotard-imageacrecentó aún más cuando la grave crisis del petróleo de los años setenta golpeó social y económicamente los felices sesenta. La tensión entre la izquierda y la derecha política en el escenario de la democracia liberal se revivía con una creciente desafección, sin embargo, por parte de la población, inundada cada vez más por la que Lyotard bautizaría como condición postmoderna: Las disputas en la legitimación ideológica de las posiciones, con los bloques de la guerra fría como referencia, empezaban a ofrecer ya serias muestras de desgaste y descrédito. El secularizado abandono de los grandes metarrelatos de la modernidad se convertía en la expresión palpable de aquella caída de los ídolos que Nietzsche había proclamado.

Como temía Tocqueville, el liberalismo había incentivado un individualismo cada vez más despolitizado y la atomización de las relaciones sociales. El desencantamiento postmoderno fue minando la implicación individual en la constitución de las democracias liberales, a pesar de todos los movimientos sociales de los ochenta. Aunque en España comenzaba a edificarse por entonces, la capacidad legitimadora del Estado del bienestar no sólo empezaba a no ser garante de la cohesión social sino que además comenzaba a ser cuestionada como parte del problema: la consolidación de la corriente neoliberal impulsada por la Escuela de Chicago, en la legitimación ideológica de gobiernos como los de Thatcher o Reagan, volvían a tensar el equilibrio interno entre la TCyD del capitalismo de mercado y la TPyC proporcionada por el Estado de Derecho y el Estado de bienestar.

Sin embargo, en el exterior, la identificación del enemigo comunista que había venido sirviendo para aglutinar posiciones internas y fortalecer la TPyC grupal con la TCyD entre bloques, pronto dejó de ser útil, especialmente cuando esta cuerda tensada se rompió por el extremo comunista con la caída del muro de Berlín, en 1989. En una próxima entrada, concluiremos analizando, tras este hito, la vigencia del eje político izquierda-derecha en nuestros días bajo esta mirada naturalista.

Puntos de apoyo

F. Quesada, Ciudad y Ciudadanía. Senderos contemporáneos de la Filosofía política.

E. Said, Cultura e imperialismo

M. Sellés y C. Solís, Historia de la Ciencia

F. Fernández Buey, Marx (sin) ismos

J. Habermas, Ciencia y técnica como ideología

P. Anderson, Los fines de la historia

4 pensamientos en “La persistencia del eje político izquierda-derecha (3/4)

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