La persistencia del eje político izquierda-derecha (1/4)

Javier Jurado

¿Por qué los nuevos partidos políticos pueden estar tocando techo al enfrentarse al bipartidismo tradicional? ¿Por qué el enfrentamiento entre lo “antiguo” y lo “nuevo”, entre el “régimen del 78” y la “regeneración democrática”, entre la “casta” y la “gente”,… ofrece muestras de agotamiento y requiere volver a entrar en la definición política y la concreción de ideas sobre el eje izquierda-derecha sobre el que teóricamente se despliega el discurso bipartidista? ¿Por qué este eje parece resistirse a ser superado? Aunque caben muchas posibles respuestas, creo que se puede ofrecer una interpretación mediante instrumentos conceptuales heredados de la biología para analizar la persistencia del eje político izquierda-derecha como principal esquema de comprensión de nuestra realidad política.

IID

El ‘equilibrio Dobzhansky’

La vida orgánica es un fenómeno subversivo. Gracias a la energía del Sol, se opone localmente en algunas zonas del planeta Tierra a la tendencia general del Universo al creciente desorden y disolución de sus estructuras como describe la segunda ley de la termodinámica. Este proceso de entropía creciente, irreversible de forma espontánea y que nos hace perceptible la dimensión del tiempo, es enfrentado por los organismos mediante el consumo de energía empleada en la constante construcción de nuevas y cada vez más complejas estructuras. Aunque cada uno de estos organismos al final sucumbe a esta descomposición inevitable y muere, la vida como tal se constituye porque los organismos son capaces de perpetuarla mediante la reproducción, transmitiendo su capacidad para seguir edificando nuevas formas de existencia.

selekciaLa teoría sintética de la evolución explica cómo esta transferencia se produce mediante la herencia genética y cómo dicha carga es pulida por el entorno mediante el conocido mecanismo de la selección natural, resultando en una mejora progresiva de la capacidad de adaptación de las especies: dentro de la variabilidad genética de los individuos, aquellos más adaptados para la supervivencia en unas determinadas circunstancias procrean y transfieren su capacidad, mientras que la carga genética de aquellos no aptos no es heredada. Forma parte de la controversia científica de nuestros días la cuestión de la unidad de selección. El complejo mecanismo parece apuntar a que la selección natural actúa simultáneamente a diversos niveles con mayor o menor intensidad en función de ciertas condiciones. Aunque parece que la unidad de selección primordial es el individuo, hay otras posibles unidades como las poblaciones o los genes (como R. Dawkins defiende especialmente en El gen egoísta) que gozan de cierta plausibilidad en determinadas circunstancias.

El ser humano es, dentro de la familia evolutiva, una especie singular, cuyo desarrollo cognitivo ha multiplicado exponencialmente su capacidad adaptativa. Al aprovechar el enorme potencial de la capacidad simbólica intercomunicativa de la que está hecha la cultura, el ser humano ha sido capaz de transmitir, consolidar y mejorar prácticas y técnicas ventajosas para la supervivencia dada su sociabilidad, de forma mucho más rápida que la de la transmisión genética. gagarin50_poblacion_mundial1Esa cultura es la que en apenas un parpadeo en términos evolutivos ha logrado disparar exponencialmente la demografía humana, reduciendo enormemente nuestras tasas de mortalidad, duplicando nuestra esperanza de vida en los últimos doscientos años y extendiendo nuestra presencia por todos los rincones del globo.

No obstante, en esa difusa frontera entre biología y cultura, en el clásico debate entre nature y nurture que dicen en el mundo anglosajón, es verosímil plantear la idea de que sobre las prácticas humanas hubieran operado a lo largo de su historia mecanismos análogos a los acontecidos a nivel biológico. La sociobiología es toda una disciplina que, en sentido fuerte, se toma esta posibilidad en serio, tratando de explicar los comportamientos sociales a partir de su capacidad adaptativa a nivel biológico. No pretendo ir tan lejos, pero sí creo que puede advertirse un paralelismo o una analogía entre la distribución genética en equilibrio de una especie y la de ciertos comportamientos sociales humanos y, por ende, políticos. O al menos su formulación ideológica, que transmitimos y heredamos, y que podría de alguna forma haber hecho tan persistente el esquema político izquierda-derecha.

dobzhanskyEl patrón del que hablo lo llamaré equilibrio Dobzhansky, en honor a uno de los padres de la teoría sintética de la evolución, y consiste en que toda especie o población se configura en la tensión entre dos polos: de un lado, la tendencia a la competición y al dominio (TCyD), mediante la cual los individuos en su lucha por la supervivencia tienden a exponerse a las condiciones del entorno, lo que incluye a otros individuos de su especie o de otras, con los que compiten por los recursos que les aseguren la supervivencia. Esta tendencia permite a la selección natural tener lugar, perfilando aquellos rasgos adaptativos y depurando aquellos que no lo son, lo que provoca que los rasgos se uniformicen dentro de una población. En consecuencia se produce el propio proceso de especiación, favoreciendo con todo ello un aumento local del orden (es decir, reduciendo localmente la entropía). Esta tendencia está ligada, en el caso de los individuos, al instinto por el riesgo, el juego y la violencia, pero también se manifiesta entre poblaciones enteras e incluso entre especies en disputa.

Por otro lado, se encuentra la tendencia a la protección y a la conservación (TPyC), que evita la anterior exposición. Esta tendencia se presenta evidentemente a nivel individual como instinto de conservación, desarrollado a través de emociones tan arraigadas y básicas como el miedo, o mecanismos más elaborados en torno al balance energético. Al fin y al cabo, conservar la vida es una buena forma de intentar perpetuarla. Sin embargo, esta tendencia también se presenta a nivel intragrupal entre individuos cuando las poblaciones establecen mecanismos que inhiben aunque sea en grado mínimo la exposición de sus miembros, protegiéndolos. Ello asegura la retención de una cierta reserva de variabilidad genética que es imprescindible para que las especies o grupos puedan sobrevivir en caso de que un cambio en las condiciones ambientales hiciera obsoleta la especialización alcanzada con la tendencia a la competición y fuera necesario echar mano de otras formas potencialmente adaptativas para sobrevivir.altruismo-animal Esta tendencia entre individuos se da con los primeros niveles de interrelación social: la presión selectiva interna a nivel etológico se ejerce antes que la del entorno para mejorar las tasas de supervivencia. Pero esta tendencia también se muestra grupalmente, cuando una población protege su estructura interna adaptativamente exitosa en el pasado frente a los cambios. Por último también se da entre grupos, normalmente especies distintas, en diversas formas como la de la simbiosis.

Sea cual sea la unidad de selección que predomine, se presentan estas tendencias de una u otra forma en mayor o menor medida. Una TCyD excesivamente pronunciada podría exponer a la especie a su propia destrucción si no es capaz de proteger o reponer de forma suficientemente rápida una diversidad genética que haga frente al entorno hostil. Una TPyC demasiado acentuada resulta energéticamente ineficiente, aletarga el proceso de mejora y adaptación tensado por la selección natural y por tanto aumenta los riesgos para que la especie también desaparezca por el empuje del entorno.

En términos de la pugna entre unidades de selección, podría decirse que el equilibrio se plantea de tal modo que, incluso reconociendo el papel predominante de los individuos y su struggle for life como unidad principal en la evolución, conviene tanto a poblaciones como a genes no ceder todo el protagonismo de la selección efectiva a los individuos, y garantizarse una reserva de variabilidad genética para la supervivencia de todos.

Puede observarse que este equilibrio entre ambas tendencias se ha presentado en multitud de formas y en proporciones muy distintas. Como los brazos de aquella palanca de Arquímedes, el equilibrio casi siempre es asimétrico, y según sea la población y las circunstancias del momento histórico su peso específico ha variado (de ahí el debate sobre la evolución gradual o más abrupta como la del equilibrio puntuado de Gould). Podemos decir que la TCyD predomina en general en la evolución de las especies con el individuo como principal unidad de selección. Sin embargo, en cuanto las especies han ido aumentando la complejidad de sus organismos y han sido capaces de establecer relaciones entre sí más sutiles e incluso formar poblaciones organizadas, el comportamiento interno de sus miembros ha actuado también como factor que realimenta el proceso de selección, perfilando cierto tipo de conductas y rechazando otras, porque de ello extraen tanto individuos como poblaciones enormes ventajas adaptativas. Esta chimpance37realimentación ha ido reconfigurando el propio instinto innato, por ejemplo, favoreciendo la consolidación de ciertas formas de altruismo que, aunque sólo se manifiestan en ciertas condiciones, se han extendido en numerosas especies, como expresión de la TPyC. A pesar de esa predominancia de la TCyD entendida como ley de la selva en la que sólo sobrevive el más fuerte, los ejemplos de altruismo son múltiples en el comportamiento animal, como los ofrecidos para poblaciones de búfalos que defienden en manada a sus miembros más débiles frente a sus depredadores; o de chimpancés que asisten a sus miembros enfermos, como ha mostrado Frans de Waal en El bonobo y los diez mandamientos.

En el aprovechamiento de las relaciones inter pares para mejorar la capacidad adaptativa, el caso del ser humano, ζῷον πoλιτικόν para Aristóteles, es paradigmático. La cultura es precisamente el espacio simbólico en el que se estructura la complejidad de estas relaciones, y su urdimbre es el lenguaje como instrumento cognitivo y comunicativo. Esta capacidad comunicativa es la que ha permitido superar situaciones ineficientes como las del dilema del prisionero, y obtener mejores rendimientos con la colaboración entre individuos. En este reconocimiento del otro como individuo con el que poder colaborar y en el que se puede confiar comienzan a rastrearse las primeras versiones culturales de la TPyC frente a la natural agresividad de la TCyD.

En el seno de esta cultura muchas son evidentemente las formas de organización social que han emergido, especialmente tras la revolución del neolítico y la sedentarización, canalizando desde el sentimiento organizado de la compasión hasta el universal cultural del respeto a ciertos niveles de propiedad. Hasta el desarrollo de semejantes mecanismos, la complejidad social de las poblaciones homínidas había ido creciendo con el paso de los milenios: las ventajas obtenidas para la supervivencia realimentaban los comportamientos que favorecen esta colaboración. De forma que la TPyC ha tensado el equilibrio desde épocas bien tempranas de nuestra especie. De hecho, sin ir más lejos, recientes descubrimientos apuntan a que ya el Homo heilderbergensis, antepasado del de Neandertal, cuidaba tanto de niños como de ancianos que no podían valerse por sí mismos. Una 1311854703_0TCyD total habría acabado con ellos. Sin embargo, parece que alguna contribución a la supervivencia indirecta del grupo era seleccionada por esta TPyC. Con el paso de los milenios los códigos de comportamiento fueron dotando a cada grupo de carácter étnico, forjando una identidad cultural compartida para su supervivencia que era protegida y protegía a su vez a los individuos. A partir de ahí, la enorme complejidad de las relaciones sociales humanas y sus respectivos mecanismos de redistribución, reciprocidad o altruismo que la antropología cultural aborda han ido legitimándose bajo formas religiosas, jurídicas o filosóficas – ideológicas, en suma – en términos de mandamientos, deberes morales, jerarquías de valores, derechos naturales o humanos, o ideologías políticas.

Ortega y Gasset decía que el hombre no tiene naturaleza sino historia. Hoy sabemos que el contenido material de la ética y de las ideologías políticas como producto histórico humano tienen, sin embargo, buena parte de su origen en el sustrato biológico, como algunos autores al estilo de R. D. Alexander han evidenciado en la línea naturalizadora planteada al menos desde Hume. Pero reconociendo las limitaciones de la sociobiología, efectivamente, al analizar fenómenos de la etología humana hoy por hoy irreductibles a explicaciones estrictamente biológicas es preciso dejar por un momento los marcos temporales de la óptica biológica y los mecanismos estrictos de selección natural. Nos cabe, sin embargo, analizar si en la historia pueden apreciarse patrones análogos de comportamiento estructurados con arreglo a este tipo de equilibrios a nivel formal.

No pretendo con todo ello plantear esteempedocles_in_thomas_stanley_history_of_philosophy esquema en sentido ontológico fuerte, al estilo del par de fuerzas cósmicas del amor y la discordia, Φιλια y Νηικος, de Empédocles, ni siquiera de una memética al estilo de la de Dawkins en sentido estricto; ni tampoco pretendo elaborar ninguna Filosofía de la Historia al estilo dialéctico-teleológico de un Hegel o un Marx con una finalidad previsible y menos premeditada. Se trata simplemente de probar a utilizar este esquema conceptual con el que interpretamos la realidad biológica sobre la conceptualización política e ideológica del comportamiento humano y, en particular, en la configuración y persistencia del eje político izquierda-derecha. Su plausibilidad haría verosímil que se hubiera producido cierta fijación cultural de este esquema en nuestra comprensión política. Repasemos un poco la historia.

En las sociedades antiguas

Generalizando, el encuentro entre la vida resistente y la disolución entrópica produce como resultado especies cada vez más complejas y al mismo tiempo cada vez más diversas. Eso mismo puede advertirse en el comportamiento social humano: el individuo homínido fue en origen la principal unidad de selección en la que operó durante largos períodos la selección natural. Pero cuando la socialización comenzó a tensar el equilibrio y a hacer de la vida en común una clarísima ventaja evolutiva, las poblaciones comenzaron a instituirse como posibles nuevas unidades de selección, al menos en sentido cultural. Por eso, en origen, la presión por el control del comportamiento social se vio fuertemente reforzado. Ya  la división sexual se produjo entre los Neandertales comenzando a ordenar diferentes roles sociales relevantes para la supervivencia. La disciplina para la recolección y la caza y después, especialmente tras la revolución del neolítico con la sedentarización, para organizar el cultivo resultaron cruciales para asegurar la supervivencia de cada tribu. La TPyC ganaba así peso frente a la TCyD, asegurando el control del comportamiento individual frente a posibles desviaciones instintivas que pusieran en peligro a ciertos miembros débiles y en general al grupo.

Sin duda, la TCyD siguió actuando y jugó su propio papel en la configuración de las primeras sociedades humanas: la competición directa entre familias acabaría ciertamente imponiendo a algunas sobre otras, materializando en cierto modo aquella dialéctica del amo y del esclavo de Hegel, y con los debidos mecanismos de violencia y coacción simbólica, el miedo fue apoderándose de algunas familias al servicio de otras. La verticalidad y jerarquía de los primeros grupos humanos sin duda debió mucho a que sus antecesores ejercieran esta TCyD entre semejantes, en términos de especie biológica, pero cada vez más extraños, en términos culturales. Sin embargo, fue posible mantener esta e8888e7b86f32b89b387e7cfdf298cb4_articletensión intragrupalmente haciendo que los individuos entrasen en conflicto ordenado (i.e. combates individuales, duelos,…) por el poder del grupo sin que la estabilidad de éste se viera excesivamente comprometida (aunque desde luego hubiera múltiples casos de luchas fratricidas que acabasen debilitando a los grupos).

Por otro lado, la TCyD resultó crucial para seguir incentivando el desarrollo humano en ciertos espacios no violentos como el de la competición sexual, social y económica. Así, los individuos pudieron contar, a pesar de su socialización, con ciertas libertades para experimentar en muy diferentes dimensiones y en ocasiones de forma admirable, contribuyendo al grupo entero (basta pensar en el desarrollo de las artes y las técnicas antiguas, desde el dominio de los metales hasta la ingeniería romana). Por otra parte, intergrupalmente, la TCyD persistió en la competición directa entre diferentes grupos humanos por el control de los recursos naturales, desarrollando, entre muchos otros, el arte de la guerra. Esta TCyD intergrupal impulsó la TPyC sobre el propio grupo, estimulando formas de colaboración y división del trabajo que permitían aumentar la capacidad adaptativa y competitiva del grupo.

Así, legitimando la estructura y jerarquía de estas sociedades de la antigüedad, el equilibrio TCyD-TPyC fraguó no sólo ciertos contenidos ideológicos que domesticaban el comportamiento social jerárquicamente sino también aparejados mecanismos que proporcionaban seguridad y protección a los miembros más sometidos y desprotegidos. Estos mecanismos eran respaldados a nivel ideológico con expresiones simbólicas que se transferían de forma oral entre generaciones al inicio, y con fuertes dosis de violencia controlada y legitimada para su aprendizaje. Las hacostumbres y las formas de comportamiento fueron así aquilatándose y asimilándose a lo largo de los siglos, con cuyo paso, la capacidad simbólica humana que recogía estos códigos comenzó a expresarse en diferentes representaciones y documentos que sirvieron de soporte para su transmisión. Nacía así la Historia. Y con ella, las formas embrionarias de la ley y el derecho, al estilo del famoso código de Hammurabi del s. XVIII a.C., que no sólo plasmaban la legitimación de la estructura vertical y jerarquizada impuesta por la TCyD sino que también consolidaban y amparaban la protección social forzada por la TPyC conveniente para la supervivencia, como con la conocida Ley del Talión.

A partir por tanto de una sola especie biológica, el permanente desarrollo de alternativas y estrategias de adaptación experimentadas en los diferentes grupos de poblaciones humanas acabó haciendo progresivamente que cada una comenzase a comportarse en cierto modo como si de una especie distinta se tratase, considerando a las demás tribus como otras especies de su género. De ahí probablemente que, como es lugar común de la antropología, los extranjeros a cada grupo étnico siempre hayan sido considerados como no-humanos o medio-humanos, como bárbaros. Nacían los grupos étnicos.

De forma que puede decirse generalizandosociedad-egipto1 que durante largos períodos de la historia humana, el equilibrio Dobzhansky establecido se mantuvo razonablemente similar en sociedades con pocos y marcados roles sociales, que además se encontraban fuertemente jerarquizadas. El equilibrio entre la TCyD y la TPyC prosiguió durante milenios, perfilando comportamientos y sometiendo a los individuos, como células de un tejido, a un rigor conveniente para la supervivencia del grupo. Este necesario rigor sobre el individuo fue legitimándose consolidando la imagen del mismo como tendente a la beligerancia, naturalmente hostil y egoísta, necesitado pues de algún tipo de mecanismo externo que impidiera la descomposición del grupo. Un individuo, en suma, en el que primaba la TCyD. Las formas políticas teocráticas de la historia antigua serían expresión por lo general irracional de este tipo de organizaciones, con un código moral transmitido generación tras generación y apuntalado por el miedo y el desconocimiento a través, muchas veces, de formas religiosas.

En lo que se refiere a la precaria pero incipiente protección social de los individuos, era materializada por esta TPyC sobre individuos a través de la estrecha red del entorno familiar o el estrato social. Sin embargo, su cobertura pasaba, precisamente, por que el individuo se mantuviera dentro del grupo, lo que implicaba seguir el guion marcado por dichos códigos (bajo la pena de destierro, desheredación, excomunión,…). La deserción o la alta traición merecían penas capitales.

Con el crecimiento demográfico provocado gracias a los excedentes alimenticios, los sistemas sociales fueron aumentando su complejidad, haciendo a su vez que en el seno de cada población emergieran nuevas subpoblaciones cuyo comportamiento era a priori ordenado en el todo: las que después vinieron a llamarse clases o estratos sociales que con el tiempo acabarían transformando este equilibrio.

Frente a la diversificación cultural dentro de la misma especie humana, fruto de la pugna entre la vida y el crecimiento de la entropía, la TCyD entre grupos étnicos y el progresivo crecimiento demográfico asociado a este desarrollo fueron generando organizaciones políticas cada vez mayores, aunque internamente más complejas con entidades territoriales Roman_Empire_with_dioceses_in_400_ADdebidamente jerarquizadas: tribus, poblados, ciudades, feudos, condados, comarcas, regiones, provincias, reinos, imperios,… Por su parte, la progresiva evolución técnica y cultural hacia estructuras más complejas fue aumentando las posibilidades para experimentar, conocer y dominar el medio, haciendo que las sociedades fueran aumentando su heterogeneidad, pero siempre dentro de los límites que el equilibrio soportaba.

Ciertamente, hubo excepciones históricas a este esquema excesivamente general y resumido. Por resaltar alguna, cabría mencionar la efímera experiencia democrática helena con cuya isonomía e isegoría florecieron prácticas mucho más abiertas y flexibles en el ámbito no sólo de la política sino también de la ciencia y la filosofía. También podría destacarse el caso de las disputas entre los optimates y los populares en la Roma del S. I a.C. que configuraron una suerte de tensión TCyDTPyC embrionaria del eje político derecha-izquierda de nuestros días.

Sin embargo, puede decirse sin excesivo error que la mayoría de las sociedades antiguas, incluso cuando conocieron sus máximas extensiones y niveles de complejidad en los conocidos imperios de la antigüedad, mantuvieron estructuras políticas jerárquicas más o menos semejantes hasta, probablemente, la época del Renacimiento cuando la Modernidad irrumpió dinamitando progresivamente los modelos políticos clásicos. En una próxima entrada continuaremos observando las transformaciones a este equilibrio, entrando ya en el eje dicotómico izquierda-derecha surgido, como es lugar común, en la época de la Revolución Francesa.

Puntos de apoyo

F. Quesada, Ciudad y Ciudadanía. Senderos contemporáneos de la Filosofía política.

M. Sellés y C. Solís, Historia de la Ciencia

R. D. Alexander, The biology of moral systems

Carlos Castrodeza, La darwinización del mundo

7 pensamientos en “La persistencia del eje político izquierda-derecha (1/4)

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