La maza de Silvio Rodríguez: Una lectura filosófica

Javier Jurado

Cuentan que el cartero de Neruda decía que la poesía no es de quien la escribe sino de quien la necesita. Es imposible aprehender, hacer propia, una poesía sin que atraviese los propios ojos. Somos inevitablemente subjetivos porque somos sujetos, como recordaba Unamuno. Pero si todo autor puede ser víctima de un análisis literario plural, los textos del poeta son especialmente susceptibles de interpretación. En esta ocasión me atrevo, con esa licencia, a asomarme a la letra de una famosa canción del cantautor Silvio Rodríguez, La maza, sobre la que intento ofrecer, una vez más, una posible lectura filosófica.

fotonoticia_20160210143706_1280

El que puede ser el máximo exponente de la Nueva Trova Cubana nunca ha ocultado su predilección por los fundamentos ideológicos que dieron origen a la Revolución cubana, a pesar de mantener una posición razonablemente moderada. Sin adentrarme en más vericuetos al respecto, creo que no puede obviarse este contexto para destilar una interpretación como la que aquí ofrezco y que, probablemente contrastará con la intención de su autor, amén de otras interpretaciones que haya podido hacer su amplio público en los más de treinta años que han pasado desde que la compusiera.

Al parecer, en cierta entrevista, Silvio explicó 20100915234559-silvio-20portadaque La maza viene a relatar lo que él considera la auténtica razón de ser del artista, y que sólo tiene sentido desde su compromiso, que ha de quedar libre de los artificios y de las superficialidades que con tanta frecuencia acompañan a muchas manifestaciones escénicas. En este sentido, la cantera sería el lugar del que salen los “cantos”, y sin la cual la maza pierde todo su sentido. Sin embargo, creo que puede profundizarse aún más en su significado, como ya intenté con esta canción de Ismael Serrano, y concedérselo, como es habitual en ciertas corrientes hermenéuticas, incluso más allá de la intención de su autor, al menos de la explícita.

Un poco de filosofía para contextualizar

Desde hace tiempo vengo sosteniendo que la antropología filosófica ha sido piedra clave en la configuración del armazón de casi todas las filosofías políticas. La imagen del hombre determina una época, como apuntaba Ortega y Gasset, y sirve de nudo gordiano en la construcción de las ideologías políticas. Tracé ya algunas ideas a este respecto en la serie de entradas sobre la persistencia del eje político izquierda y derecha a lo largo de la historia reciente, especialmente en la segunda entrada, cuando a partir del Renacimiento la revolución antropocéntrica que dará sentido a la Modernidad trae a primer plano la importancia y centralidad del sujeto. En torno a él, se fragua la contraposición entre el pesimismo antropológico de las filosofías políticas más conservadoras como la de Hobbes y Maquiavelo y el optimismo antropológico de las más utópicas desde Moro hasta Rousseau.

La ambivalencia del carácter humano ha sido reflexión para multitud de filósofos. Muchos son los que a lo largo de la historia se han alineado con la tesis del homo homini lupus de Hobbes, que considera al hombre como naturalmente malo, concupiscible, egoísta, tendente a la beligerancia y al dominio. No menos son los autores humanistas que se han alistado en la tropa del bon sauvage de Rousseau, del hombre naturalmente bueno, generoso, propenso a la compasión, y sólo corrompido por las estructuras sociales tales como la propiedad privada, la superstición o el prejuicio ideológico. Cualquier repaso a la historia de la antropología filosófica muestra, asimismo, posturas que intentan preservar el equilibrio para no caer en ninguno de los dos extremos, siempre contrariados en sus tesis por la realidad concreta de hombres y mujeres. El hombre, para estos, sería radicalmente o al menos fundamentalmente libre, tan propenso al bien como al mal.

unicornio-causas-cantautor-silvio-rodriguezportadas_lncima20130407_0397_5Hecha esta introducción, la tradición en la que este texto de Silvio podría ubicarse es sin duda la del optimismo marxista, heredero de la linea rousseauniana, pero desde un humanismo esperanzado no ingenuo. La esperanza escatológica de Bloch en el fruto de la vía revolucionaria descansaba en la confianza no ya en el desinterés de la clase proletaria que inspiró a Marx, sino más allá, jugando a la trascendencia como dice Silvio que hace el poeta, en la extensión de esa bondad auténtica al fondo de la inmensa mayoría de las personas. Creo entreleer esa misma esperanza en esta canción. Es decir, superando las contradicciones fácticas de todo intento por materializar el proyecto socialista, incluso en la querida y maltrecha revolución cubana, a la postura vital en la que creo que se puede enmarcar este texto le urge creer en el ser humano para hacer factible aunque sea progresivamente la virtud y la justicia.

En la época posthumana, la de la muerte del hombre como sujeto abstracto tal y como planteara Foucault, quizá ya no puede enarbolarse al “hombre” como gran concepto. Acaso ya no puede de forma verosímil especular sobre el “hombre” del discurso ilustrado y sus derivaciones, ni acudir a la desfigurada entelequia que lo dividía en masificadas clases sociales que se pretendían homogéneas. Quizá ya sólo cabe hablar de los individuos, de sus trayectorias particulares, y del entramado que forma cada uno con su circunstancia.

El estudio científico sobre su comportamiento, sin embargo, no alcanza a arrojar una luz definitiva para manejarnos en el día a día, y seguimos siendo presos de la inevitable simplificación ideológica. Para intentar saber a qué atenernos con las personas que se cruzan con nosotros, no parece que baste con observar los múltiples los análisis estadísticos sobre la tendencia de los individuos a la corrupción, a la delincuencia, a la mentira, al egoísmo, a la hipocresía,… así como a la colaboración ciudadana, al activismo social, a las acciones filantrópicas no lucrativas, a la solidaridad para el desarrollo, para las redes de caridad, para el sistema sanitario de trasplantes, para la responsabilidad fiscal,… A estos pueden sumarse siempre análisis sobre las condiciones materiales del entorno que favorecen estos diversos comportamientos bajo las muy variables formas de presión social, condicionamiento psicológico, coerción del Estado, exclusión social, desestructuración familiar, tradicionalismo religioso, marginación, crisis de valores sociales, pobreza, analfabetismo,… De toda esta abigarrada confección de estudios, en la mayoría de los casos, difícilmente puede obtenerse algo más que ruido.

Por eso, quizá la única antropología filosófica que hoy nos cabe constituye más una decisión ética, una apuesta constructiva, que un sesudo análisis concluyente o una especulación metafísica alejada de los hombres de carne y hueso. Así creo que puede entenderse este texto desde la clave de que, si es acaso posible, la construcción de la virtud y la justicia pasa por creer en las personas. No se trata tanto de afirmar que las personas son naturalmente y en su mayoría buenas, y por eso así lo creemos. Sino que lo creemos así para que lo sean, para que lo acaben siendo. Más allá de ingenuidades buenistas en lo inmediato, se trata de confiar en el fondo en las personas porque cualquier alternativa convierte al mundo en un infierno. El a priori postulado busca su autocumplimiento.

Y esta creencia, además, se afirma sobre todo para que con ello la vida cobre sentido. Nuestra irreprimible necesidad de construir sentido es afrontada así junto al objetivo de construir la virtud y la justicia. Pues por lo que parece sólo a través de las personas somos capaces de construir nuestros intentos para otorgar un sentido a este mundo, cuyo horror y cuyo silencio nos abofetea hasta el absurdo, como apuntara Camus. Más allá del conocimiento posible que la ciencia pueda aportarnos, la urgencia de vivir y hacernos una vida, ese quehacer que llama cada segundo a nuestra puerta, sigue forzándonos a encarar un misterio sempiterno, inexorable y frente al que las respuestas de esta ciencia nos siguen resultando insuficientes. Las personas son el tablón al que aferrarnos en el naufragio.

Desmigando la canción

La letra anuncia el desconsuelo, la desazón que provocaría esta falta de creencia que se desglosa a lo largo de las estrofas y cuya consecuencia se relata en el estribillo. Comienza:

Si no creyera en la locura
de la garganta del sinsonte,
si no creyera que en el monte
se esconde el trino y la pavura…

Es decir, “si no creyera en la locura” que suscita la belleza misteriosa del canto del “sinsonte“, si no creyera en la potencialidad de los arcanos de la naturaleza que se anuncia en el “trino” y en el “monte“, y que estremecen y atraen, y nos invitan a creer en lo posible, también de la naturaleza humana, revelándonos además el esencial factor del miedo, de la “pavura” para dar razón capital de su comportamiento y de la necesidad de los otros…

Si no creyera en la balanza,
en la razón del equilibrio,
si no creyera en el delirio
si no creyera en la esperanza…

Si no creyera en lo que agencio,
si no creyera en mi camino,
si no creyera en mi sonido,
si no creyera en mi silencio…

Si no creyera en la balanza, en la razón del equilibrio…“, esto es, en la pasión por la justicia, por la mesura, por la moderación amable, por la equidad… Si no creyera en las posibilidades de ese “delirio” que es mantener, contra todo hecho, la “esperanza“, esa que se sobrepone a toda traición y decepción y persevera en la confianza en las personas, que sólo cabe encarnarse desde cada proyecto de vida, desde cada “camino“, desde cada “sonido” y cada “silencio” propios, y no sobre los grandes discursos sobre el “hombre”…

Si no creyera en lo más duro,
si no creyera en el deseo,
si no creyera en lo que creo,
si no creyera en algo puro…

Si no mantuviera la fe en aquello que resulta más difícil de creer, en “lo más duro“, si no creyera en la capacidad de la voluntad creativa, en el futuro posible que se dibuja desde el “deseo“, si no creyera en que, a pesar de las contradicciones y fracasos de la historia de las personas resiste desde algún tipo de trascendencia “algo puro” que nos invita a ser mejores…

Si no creyera en cada herida,
si no creyera en la que ronde,
si no creyera en lo que esconde
hacerse hermano de la vida…

Si no admitiera que “cada herida” que la vida nos asesta nos disculpa aunque no nos exculpe de nuestros errores, y que son esas heridas las que nos llaman a entregarnos dando sentido a nuestra vida… Si no admitiera ni siquiera que aquella definitiva herida, que siempre nos “ronda“, que es la muerte, que siempre atenta contra todo sentido y a la que estamos necesariamente avocados (Sein-zum-Tode), relativiza todo fracaso y todo acierto humano y debe inspirarnos la compasión con cada hombre y cada mujer que se cruza en nuestro camino… Si no creyera en el misterio insondable que es cada persona, hermanada con nosotros en las heridas y en esta soledad de enfrentarse a este mundo inexplicable, maravilloso y tantas veces doloroso… Si no creyera en el fecundo secreto de abrazar la condición humana y sus miserias y construir desde ahí fraternidad, es decir, si no creyera “en lo que esconde hacerse hermano de la vida“…

Si no creyera en quien me escucha,
si no creyera en lo que duele,
si no creyera en lo que quede,
si no creyera en lo que lucha.

Si no creyera, en definitiva, en la posible comunión con mi interlocutor, a través de esa palabra compartida como única vía que nos saca de nuestro solipsismo, si no creyera en última instancia en la buena fe de “quien me escucha“, sea quien sea… Si no creyera en el poder revolucionario de “lo que duele“, esa fuente que nos hermana y solidariza… Si no creyera en que a pesar de la contingencia y el acabamiento de todo proyecto humano siempre heredamos “lo que quede” como semilla de futuro… Si no creyera en la rebeldía ante el sinsentido, la injusticia y el mal que se hace “lucha“… Entonces…

Qué cosa fuera,
qué cosa fuera la maza sin cantera.
Un amasijo hecho de cuerdas y tendones,
un revoltijo de carne con madera,
un instrumento sin mejores resplandores
que lucecitas montadas para escena.
Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera,
qué cosa fuera la maza sin cantera.
Un testaferro del traidor de los aplausos,
un servidor de pasado en copa nueva.
Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera
qué cosa fuera la maza sin cantera.
Un eternizador de dioses del ocaso,
júbilo hervido con trapo y lentejuela.
Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera
qué cosa fuera la maza sin cantera.
Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera
qué cosa fuera la maza sin cantera.

Entonces, amor mío, “corazón“, qué sería esta “maza sin cantera“, qué sería de este ser vivo que se empeña en extraer sentido de la realidad, como el trovador obtiene cantos puliendo sus letras y sus melodías. Sin esa cantera que son las personas, el público del cantautor, nuestro prójimo por extensión, el mundo como realidad transformable, qué sería de esta maza. Sería un subproducto evolutivo, un error de la naturaleza, un animal enfermo sin sentido. Determinado irremisiblemente por su circunstancia y constreñido sin capacidad para, con su praxis, extraer el futuro esperanzado a partir del potencial de la realidad.

Sería así un simple “amasijo hecho de cuerdas y tendones, un revoltijo de carne con madera”: En el caso literal del cantautor, un mero lío de manos – “tendones” y “carne” – y su guitarra – “cuerdas” y “madera“. Pero más allá, sería un mero agregado de cadenas orgánicas perfiladas por el azar de la selección natural en el rincón de un universo indiferente y absurdo, y que ha consentido hacer de su historia una simple carnicería, como la definía incluso el optimista Hegel.

En ese caso, si no creyera, sería una persona que viviría en la silvio-rodriguez-cuba-vuelve-a-la-cordura-20110217074936-5b1d1e18ef958342dd9e7023849866e1255b1255dperiferia de su ser, como “un instrumento sin mejores resplandores que lucecitas montadas para escena”, esa en la que tantas veces no hacemos más que el ridículo, y en el que las sombras eclipsan las pocas y pequeñas luces. Sería un simple “testaferro“, un trasunto, una mera apariencia que simulara independencia frente a los “aplausos“, y que sin embargo, los traicionara entre bastidores, persiguiéndolos como el hambre y sobreviviendo por ellos. Adicto a un reconocimiento desde un corazón vacío.

A falta de toda fe, sería un “servidor de pasado en copa nueva“, un simple animal que tropieza mil veces en la misma piedra, dogmático y ciego, perpetuador de prejuicios, incapaz de atisbar progreso alguno, alternativa posible, disidencia latente, alteridad fecunda… Sería un mero agente que sirve el pasado en odres del presente, y “eterniza dioses del ocaso“, ídolos ya vencidos y caducos, legitimador de todo statu quo. Sería un simple escándalo a borbotones de miserias y apariencias – mis “trapos” – y de vanas pretensiones – mi “lentejuela“.

Como siempre, un texto de Silvio del que, tras desmenuzarlo al oído tantas veces, pueden extraerse lecturas subterráneas, a las que la filosofía siempre asiste.

3 pensamientos en “La maza de Silvio Rodríguez: Una lectura filosófica

  1. Pingback: El Príncipe de Maquiavelo: pesimismo antropológico, virtud y fortuna | La galería de los perplejos

  2. Soez

    Me ha encantado tu propuesta, bastante loable, la comparto (casi) en su totalidad. Ese casi incluso pudieramos omitirlo.
    Como literato/lingüista inconcluso (pues aún no postulo mi tesis) siempre he perseguido autores con estas mismas corrientes ideológicas que no se dejan vencer ante la polaridad y confían, como bien dices en que no somos un testaferro.
    Pienso tratar de complementar esta publicación en específica, esperemos surga algo digno. Hay ciertos autores que creo necesarios rescatar, desde el poeta José Gorostiza hasta el ensayista Alberto Manguel.
    Llegará el momento en que como Ricardo Menéndez Salmón amenaza en su novela El Sistema, surgirá el contrargumento que vuelva a poner en tela de juicio lo que aquí se postula.

    “El discurso es el abecé de la singularidad humana, y lo es en doble sentido. De un lado, el discurso es el reino de la libertad, el instrumento que libera las potencias, el lugar efectivo y eficaz donde la humanidad se plasma, evoluciona, progresa; del otro, todo discurso posee un aura oscura, pues por puro, alegre o salvador que sea su contenido, siempre habrá una inteligencia dispuesta a volver del revés su sentido.” – Ricardo Menéndez Salmón, el Sistema

    Le gusta a 1 persona

  3. Indeciso

    Me ha gustado mucho este comentario de la canción de Silvio Rodriguez y toda la reflexión a que ha dado pié, tanto en su forma como en su contenido. En el párrafo final de la introducción, donde hace referencia a “la ambivalencia del carácter humano”, en cuanto tendencia “natural” hacia el bien y/o el mal, creo que ha resumido muy bien las tres línas básicas a seguir: representadas por Hobbes, Rousseau, y una tercera línea como híbrida entre ambos. Intuyo que es algo básico a tener en cuenta antes de optar por un sesgo ideológico concreto, y que a la vez es una apuesta muy arriesgada y hasta temeraria. Pero crucial si no quieres quedarte ahí a medio camino entre la indecisión (como mi nick) y algún tipo de dogmatismo estéril.

    Gracias por el aporte.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s