Parlem

Javier Jurado

En estos días, la cuestión catalana ha generado enormes espacios de discusión sobre muy diversos conceptos: nación, legitimidad, disidencia, democracia, derechos,… En todos ellos se rememoran de una forma u otra tradiciones y discusiones de la filosofía política, y se reconstruyen o edifican armazones racionales de argumentos para apuntalar las diferentes posturas. Sin embargo, con una mínima meditación a nadie se le escapa que en el fondo de estos armazones, los cimientos se hacen barro y resultan ser no más que inclinaciones irracionales, espontáneas e instintivas, propias de los animales sociales que somos. Aquí va una modesta reflexión que pretende alumbrar algo este laberinto y contribuir a clarificar el espacio para un auténtico diálogo posibilista.

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La aventura filosófica siempre ha intentado extraer o por lo menos ejercitar el logos sobre la realidad (natural, humana, política,…). Pero la razón, que es capaz de engendrar sus propios monstruos hacia dentro, encuentra inexorablemente hacia fuera sus propios límites. Cualquier estructura racional, por sólida e impermeable que parezca, bajo tantas doctrinas filosóficas, religiosas, políticas, jurídicas,… tarde o temprano siempre se pliega sobre sí misma de forma circular, o bien se topa con alguna aporía, alguna contradicción que la hace incapaz de explicar la totalidad y por tanto de explicarse a sí misma. La ciencia ha hecho de esta limitación su virtud, admitiendo que en su refutación empírica se halle el germen de su propio progreso. El dogmatismo sólo cierra inútilmente los ojos a sus miserias. Pero es que incluso en la pureza aséptica de las matemáticas más rigurosas y los sistemas lógicos más compactos y férreos, como demostró Gödel, nos resulta inevitable encontrar problemas indecidibles e imposible clausurar teorías consistentes que sean completas.

En el diálogo siempre caminamos sobre ese sustrato de irracionalidad. Decía Sartre, en aquel período en el que para él el infierno eran siempre los otros, que nunca estamos de acuerdo y que cuando lo parece, es que no nos hemos entendido. Es posible que la discrepancia siempre subyazca a toda apariencia de consenso, porque al fin y al cabo somos sujetos con biologías y biografías tan particulares que es difícil que nuestras inclinaciones y pulsiones más irracionales coincidan completamente. De forma que todo consenso que parecemos alcanzar en el fondo no es más que un instante de equilibrio, una estructura sostenida circunstancialmente por una pequeña parte de nuestros muy distintos andamiajes racionales.

Pero qué duda cabe que sólo asomándonos desde las atalayas de semejantes constructos racionales somos capaces de haber construido históricamente nuestra cooperación, los puentes intersubjetivos que tan bien nos han hecho sobrevivir y prosperar. Sólo gracias a la articulación racional de las relaciones humanas fuimos capaces de acabar superando viejas formas de convivencia no dialógicas, bajo el sometimiento o el totalitarismo, con todo lo que nos quede aún por racionalizar. Estas formas rationality-kahneman-quizde cooperación y convivencia se construyeron aupadas a hombros de auténticos diá-logos, esos ejercicios de dar y recibir razones que decía Habermas y que sólo son verdaderos cuando estamos sinceramente dispuestos a dejarnos llegar a convencer por las razones de nuestro interlocutor.

El apetito de transparencia y la resuelta voluntad de mediodía, con que definía Ortega a la filosofía, nos empuja a esforzarnos por clarificar la consistencia y verosimilitud conceptual y argumentativa de nuestras posturas. Pero también a evidenciar los límites de la luz con que nos podemos iluminar. Y admitir, sin tanto miedo a la incertidumbre, que en algún momento tendremos que regresar, quizá algo heridos, pero con más humildad y consciencia, a intentar resolver nuestras inevitables discrepancias racionalmente irresolubles con pragmatismo y generosidad. Ello no supone necesariamente una equidistancia en sentido peyorativo, pero sí un firme compromiso por facilitar el diálogo y concienciar de sus límites para discurrir por sendas que nos lleven a algún sitio. Aunque la moderación nunca sea tendencia.

Nación, derecho a decidir y legitimidad

En estos días, algunos de estos conceptos han servido de arma arrojadiza al mismo tiempo que se activaban como trampas para pillarnos a nosotros mismos. Al asomarnos, por ejemplo, al concepto de nación, muy pronto se observan grietas en los argumentos que la agitan: más allá de enrevesadas genealogías jurídicas, antropológicas o históricas, en el mundo posmoderno y globalizado actual la nación es un concepto eminentemente emocional, tribal, tan arraigado y viejo como el simple sentimiento de pertenencia, en este caso a una comunidad imaginada. Su carácter afirmativo, aglutinador, solidario se constituye por principio en la diferenciación, en la exclusión, en la segregación.

Cuando dos nacionalidades sentidas entran en conflicto, la simple lógica nacional impide que ninguna discusión racional pueda fructificar. El auténtico diálogo presupone la isegoría, parte de la premisa de que cada interlocutor goza de una dignidad igual al entregar sus razones, una dignidad inexpugnable durante el diálogo. Pero la lógica excluyente de todo nacionalismo, en cuanto entra en conflicto con otro, niega para el ajeno el derecho que afirma para sí. Incluso bajo el consenso de la lógica democrática, la definición nítida de esa nación democrática resulta problemática y excluyente: si el pueblo español tiene derecho a ejercer su soberanía ello implica que el pueblo catalán no; y viceversa. Y cuando la discusión vira al final hacia la legitimidad, realidad y definición de ese pueblo, de ese demos como sujeto del derecho a ejercer su soberanía, laespa25c325b1aycatalu25c325b1aysulenguavehicular razón también salta por la borda, y sólo hallamos apelaciones al factum legal y adscripciones emocionales basadas en la identidad y el sentimiento. Si nos resultan ya un tanto decimonónicas las alusiones al espíritu de los pueblos y elucubraciones semejantes, en seguida acudimos en el debate a la libre identificación plebiscitaria de las naciones.

Pero entonces nos adentramos en otro de los callejones sin salida (si es que alguna vez salimos de él) con el manido derecho a decidir. Conviene detenerse en cómo tanto españoles como catalanes hemos asimilado acríticamente y por completo la percepción del que creemos nuestro legítimo y restringido derecho a decidir, como si nuestra decisión no afectase gravemente a quienes queremos excluir o diluir en dicha decisión. Según las encuestas, una gran mayoría de la población catalana ya considera legítimo celebrar un referéndum restringido al demos catalán, incluso aunque su voto pragmático o identitario sea contrario a la independencia. Consideran secundario el enorme impacto que ocasionaría al resto de españoles una hipotética independencia catalana, hasta el punto de excluirles de semejante decisión. En sentido contrario, una inmensa mayoría de españoles critica con ferocidad no sólo la ilegalidad de tal intento sino su ilegitimidad, amparándose en el statu quo legal y en la legitimidad e indisolubilidad de su propio derecho a decidir. Con ello pretenden dar por resueltos problemas enquistados que puedan no estar siendo atendidos para una sensibilidad cultural particular y cuya capacidad de decidir, como minoría en el conjunto del Estado, queda evidentemente diluida, a pesar de ser una minoría cada vez menos despreciable.

Así, el argumentario metafórico acaba introduciendo falacias de petición de principio: si se pretende ridiculizar al independentista asemejándolo al vecino que quiere emanciparse inútilmente de una comunidad de vecinos, se presupone la indisoluble copropiedad que es precisamente lo que está en cuestión; si se pretende, en sentido contrario, ridiculizar al centralista asemejándolo al maltratador de la mujer que no deja que se vaya, o sólo cuando él lo consienta, se presupone la preexistencia de una unión artificial consentida entre sujetos homogéneos, tal y como cualquier nacionalismo suele querer ver a las naciones.

Con la respuesta puramente legalista o jurídica ante el conflicto, surge entonces otro de los grandes focos en los que la racionalidad salta por los aires dejando al descubierto los meros posicionamientos emocionales que subyacen al argumentario de cada parte. Hablo del debate sobre el derecho a la disidencia, que matiza la diferencia entre legalidad y legitimidad. La legitimidad de cualquier pretensión nacionalista intenta construirse a través de la teoría adscriptiva, la plebiscitaria o la de causa justa, como hace bien poco describía magistralmente Manuel Toscano. Estas teorías intentan ofrecer un marco desde el cual sería legítimo subvertirse a la ley del statu quo imperante: la primera, a propósito del concepto de nación, como decía, pretende distinguirla nítida y homogéneamente como sujeto del derecho a decidir, dotada de legitimidad per se para segregarse contrariando la ley establecida, apelando a características identitarias (cultura, lengua,…). Su controvertida unilateralidad, como es evidente, arrumba con cualquier posibilidad de diálogo.

2014-11-12-267dbe4581La segunda, como también hemos tanteado, pretende edificar la legitimidad de su disidencia apelando a la democracia plebiscitaria. El conflicto es inevitable, porque cualquier régimen democrático real presupone unos principios predemocráticos previos y hurtados al propio debate democrático (libertad individual, libre expresión, libre asociación,… es decir, una Constitución). El nacionalismo plebiscitario se adentra a cuestionar precisamente uno de estos principios: el de la propia definición del demos y su indisoluble unidad, presente en todas las constituciones del mundo. Pero la caja de pandora que con ello abre es la de la eterna discusión sobre el demos: estaría legitimado cualquier plebiscito de comunidades independentistas dentro de las emancipadas ad infinitum.

La tercera teoría, que busca amparo en el derecho internacional a la autodeterminación de los pueblos oprimidos y explotados, recurrida especialmente durante períodos de descolonización, legitima la subversión nacionalista por motivos éticos. Próxima se halla la formulación que entre nosotros ha hecho Javier Muguerza del imperativo a la disidencia favorable a lucha por los derechos civiles a partir del imperativo categórico de Kant. Al margen de los hechos que difícilmente la hacen aplicable en este caso, esta tercera teoría  evidencia que en el hiato entre legalidad y legitimidad, aquella necesita de una ética mínima consensuada para conseguir ésta. Pero como quiera que las éticas materiales son diversas y plurales, y que a día de hoy es difícil discutir el origen biológico-emocional – irracional, en suma – de nuestros principios morales, la racionalidad encuentra serias trabas para hilvanar ese mínimo consenso universal que ni siquiera los Derechos Humanos han logrado.

La apelación a esta teoría de la causa justa por parte del nacionalismo es la que probablemente haya seducido históricamente a parte de la izquierda hasta suspender cuando no a traicionar su vocación internacionalista – como sucede en el extremo de sus ejércitos revolucionarios de liberación nacional. En este caso, resulta atractiva para ciertos sectores de la izquierda la idea de la independencia como un medio para lograr sus fines más factibles a medio plazo en una nueva república catalana; o incluso en la de la incorregible nación española que por fin se vería sacudida con una crisis, oportunidad sin precedentes, tras el revulsivo de una secesión en su seno. Pero otros sectores de la izquierda no ignoran que, más allá del lejano cosmopolitismo al que aspiran, siempre hay intereses altamente insolidarios entre los promotores de cualquier independencia con los que no pueden comulgar.

Pero regresando a ese consenso mínimo, se acaba evidenciando que cualquier Constitución, como ordenamiento jurídico primordial, es un intento por formalizar con rigor un mínimo común legal para la220px-constitucionscatalanesvolumir convivencia humana, éticamente plural, y sostenible sólo desde el consentimiento social sobre su legitimidad. Periclitadas las legitimidades premodernas (teocracias, monarquías,…) y abandonadas las legitimidades impuestas y adoctrinadas de forma totalitaria, sólo la legitimidad democrática es capaz hoy de sostener dichas constituciones. Pero éstas deben, a su vez, encontrar un equilibrio nada trivial entre inmovilismo e inestabilidad: por un lado su contenido es tan altamente sensible (¿sería legítimo votar sobre si debe haber libertad de ideología política?), que no puede verse cuestionado con excesiva frecuencia, pues podría quedar a merced de mayorías democráticas poco sólidas (pues las mayorías absolutas parecen del todo insuficientes) o llegar a poner en peligro su propio fin constitucional (como el que sucumbió en la república de Weimar a manos de los nazis).

Por otro lado, sin embargo, cualquier régimen constitucional es perfectible y acaba provocando desafección ciudadana en cuanto pierde vigencia su formulación, las nuevas generaciones de ciudadanos perciben que no resuelve sus nuevos problemas, o no satisface suficientemente las sensibilidades éticas del momento (en gran medida por la decepción ante constituciones sistemáticamente incumplidas, por ejemplo, en sus derechos sociales). Por eso, cualquier constitución requiere, como mínimo, de algún tipo de reforma periódica que permita revalidar y refrendar esa legitimidad. Pero hasta tal punto este es un constructo racional navegando sobre la marea de la irracionalidad, que aunque existiese la constitución perfecta y por tanto inmejorable, necesitaría verse periódicamente refrendada, para volver a ilusionar a una ciudadanía que renovase el consenso mediante su compromiso, revitalizando la legitimidad requerida. Probablemente por nuestra necesidad de buscar un sentido compartido. Como apunta Renan, las naciones democráticas, con mucho menos gancho emocional que las de antaño, requieren de la renovación del consentimiento de forma mucho más frecuente, en ese plebiscito de cada día.

Es evidente que los dilemas resultan falsos dilemas cuando son formulados de manera interesada y capciosa, y el diálogo se ve reemplazado por un simulacro de diálogo, como decía J. M. Cabodevilla. Pero hasta persuadirse de ello, la irracionalidad se disfraza con un barniz de racionalidad que nos atrapa en debates infructuosos que estaban, en realidad, heridos de nacimiento. Lejos de la polarización que impide el auténtico diálogo, que tacha de equidistante al disidente de todas las trincheras, es necesario izar una bandera distinta que se atreva a experimentar con valentía ante la incertidumbre, y someta a la razón cordial, que dice Cortina, todo presupuesto y todo prejuicio, recuperando la voluntad de acuerdo.

Habrá que gastar aún más energía en levantar puentes que la ya empleada en destruirlos. Con el viento de cola de la entropía, siempre es más fácil destruir que construir. Pero, a riesgo de llevarse críticas de todos lados, es necesario evidenciar ante los maniqueos que, como decía Mencken, para todo problema humano siempre hay una solución fácil, clara, plausible y… equivocada. Los problemas complejos necesitan de soluciones complejas, que requieren de valentía, imaginación, competencia, habilidad y liderazgo. Aunque estemos huérfanos de todos ellos, sólo podemos seguir diciendo: Parlem?

5 pensamientos en “Parlem

  1. Antihabersiano

    Hola Javier.

    Parlem?
    Te propongo que resuelvas este problema:

    Imagina que un día cualquiera, caminando por la calle, se cruza un desconocido en tu camino y te dice. – Quiero que te suicides, y deseo que dejes de ser tú mismo, pero te ofrezco diálogo, tiempo y negociación. Tú dirás cómo, cuándo y dónde, pero debes suicidarte y “dejar de ser”, porque lo que sí es “innegociable” es que te niegues a suicidarte.

    ¿Qué harías Javier?
    Parlem?

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  2. Elías

    Saludos Cordiales, Javier

    Dices, Javier: “El tema que planteas y al que efectivamente me he asomado es muy complejo. Por acotar un poco mi respuesta me atrevería a decir que en los diálogos sobre lo que queremos, mi tesis es que efectivamente todo constructo racional está asentado en la irracionalidad, y que a pesar de ello es posible el diálogo: El punto de partida es irracional y por tanto no puede calificarse de verdadero o falso. Ese punto de partida no viene dado por unas razones que nos han convencido previamente. Al contrario: estamos instintiva o intuitivamente persuadidos de él, por nuestra particular sensibilidad, y a posteriori construimos razones que tratan de explicar por qué lo sentimos así o por qué debemos hacerlo.
    Pero a partir de ese punto entiendo el diálogo como un ejercicio, un trayecto, en cuyo recorrido se intercambian razones y argumentos que pueden llegar a conmover ese punto de partida irracional que evidentemente, no es inamovible. Pero no porque las razones que nos ofrecen nos “demuestren” nuestro “error”, sino más bien porque nos persuaden. Es más, pueden conmovernos aunque sólo sea por la empatía que genera en nosotros un interlocutor que se toma la molestia de construir esa racionalidad para hacernos inteligible su percepción irracional. Por eso siempre merece la pena el diálogo de verdad. Porque además de todo esto, nos sirve para hacer inteligible nuestra propia intuición irracional, materia bruta que intentamos estructurar para hacerla inteligible también a otros y nos puede ayudar a comprender por dónde podemos o no podemos continuar dialogando.
    En el fondo, esa teoría constructivista de los valores que sostienes no dista mucho de este planteamiento que te hago: que sea subjetiva o irracional no significa que sea inhumana. Hay un evidente poso común en la experiencia de los homo sapiens, mucho más en la cultura europea, que hace esperable que podamos encontrar esa ética mínima que han pretendido elevar a derecho legal los Derechos Humanos.”

    Verás, si tú partes de que el contenido de los sentimientos es puramente irracional es porque defiendes una teoría subjetivista en torno a los mismos. Es decir, que no se podrán dar las razones de los mismos. A lo más que se podrá llegar, y es lo que tú propones, mediante un determinado procedimiento y haciendo uso de una razón instrumental, es a la consecución de un determinado consenso. Pero es que en el fondo, y a poco que lo pienses, te darás cuenta de que dicho consenso está basado en un puro ejercicio de voluntarismo. Y ese es precisamente el caso de los Derechos Humanos.

    Si los valores que se defienden en los derechos humanos son puramente irracionales, es decir, meramente subjetivos, entonces los cumpliré mientras que mi voluntad sea la de cumplirlos. ¿Pero qué pasa si mañana no deseo cumplirlos? ¿Qué razones podrá alegar la otra parte para decir que dichos valores ( los defendidos en la Carta de los Derechos humanos) son más valiosos que los que yo ahora nuevamente defienda si los valores son intrínsecamente irracionales.?

    La teoría constructivista en torno a los valores considera que efectivamente hay en los valores una componente subjetiva pero también hay una componente objetiva. Y es por ello que considera que de los valores se pueden dar razones. Ahora bien, y como muy bien dices, de los mismos no se podrá hacer uso de una razón apodíctica sino de una razón retórica ( en su concepción originaria y no peyorativa). En una teoría constructivista sí se podrán dar las razones de por qué unos valores son más valiosos que otros.

    Sí, efectivamente, mediante la teoría subjetivista y mediante la teoría constructivista se podrán llegar a compartir una serie de valores. Pero el fundamento por el que se acuerdan y las consecuencias de su cumplimiento o incumplimiento no serán las mismas.

    Alcanzar una ética de mínimos no consiste, y según yo lo veo, en acordar puntualmente una serie de valores por razones estratégicas sino porque se considera que esos valores son más valiosos que otros ya que se puede dar razones de los mismos. Y bajo una concepción constructivista en torno a los valores los Derechos Humanos cobran una nueva y distinta dimensión.

    Dices, Javier: “En mi planteamiento no he apelado ni defendido un relativismo como el que mencionas. Aunque sí comparto que no existe una verdad, particularmente en estos asuntos, pero ello no creo que impida el diálogo. Eso no quiere decir que la verosimilitud de nuestras posturas sea igual. Es decir, en este caso, que la capacidad para articular racionalmente nuestras sensibilidades sea igual de robusta en todos los relatos. Pero esa jerarquía sólo se puede dirimir intersubjetivamente.”

    Si cuando dices que en esas cuestiones no existe una verdad quieres decir que esa verdad no está definitivamente dada porque la verdad es histórica ( se va “desvelando” a lo largo de la historia) entonces estoy de acuerdo con lo que dices. Y eso es precisamente lo que hace que no caigamos en el dogmatismo. La cuestión es lo que quieres decir cuando afirmas que no todas las posturas son igualmente válidas. Es decir, no sé si te refieres únicamente al plano pragmático. Por supuesto que se uno quiere conseguir la igualdad de la mujer tendrá mejores razones estratégicas que otras para conseguir dicha igualdad. Pero el problema radica en si la igualdad de la mujer supone un valor en sí mismo, es decir, si constituye un valor intrínseco, o si por el contrario es igual de irracional el decir que sí o el decir que no aunque posteriormente, y por la razones estratégicas que sean, lleguemos al consenso, y a efectos prácticos, de que la mujer debe de poseer igual valor que el hombre.

    Pero qué pasa si yo digo que la dignidad de la mujer está por debajo de la del hombre porque los valores son irracionales y yo así lo siento. Qué pasa si yo considero, y en base a tales sentimientos irracionales, que yo puedo golpear a mi mujer cuantas veces me venga en gana. Supongo que sabrás que desgraciadamente, aunque cada vez menos, afortunadamente, hay muchos hombres que así piensan. En el fondo, y para ti, tan irracional es conceder valor a la mujer como no concedérselo. Sí, podremos llegar a acuerdos por los cuales se les presuponga la misma igualdad a efectos prácticos. Ahora bien, si mañana, y fruto de otro consenso, se les retira dicha igualdad por otro tipo de razones estratégicas, pues así habrá que aceptarlo.

    Y lo mismo que digo de la mujer lo digo de todos los valores defendidos en los derechos humanos. En el fondo creo que tu postura, y sin pretenderlo, nos lleva al relativismo axiológico y al relativismo moral. O dicho de otra forma, sí únicamente se defienden valores instrumentales pero no valores intrínsecos antes o después empezaremos a deslizarnos por la pendiente del relativismo moral.

    Dices, Javier: “Seriamente dudo que una lista de razones históricas que querrían listarse para argumentar que España es “la nación más vieja de Europa” fuera a persuadir o a conmover a ningún independentista catalán. Ni siquiera creo que sirviera de nada ponerse a cuestionar que Cataluña sea una nación oprimida sin estado desde hace más de tres siglos. No estamos haciendo un juicio histórico, sino tratando de resolver un problema para los contemporáneos actuales. Creo que en general tenemos mucho más en común los contemporáneos de distintas nacionalidades “sentidas” tan próximas como las nuestras (un españolista y un independentista catalán actuales) que los compatriotas de épocas distintas tan lejanas (cualquier de ellos con sus homólogos ancestros de hace tres siglos).

    Sí, yo también dudo mucho que darle una serie de razones morales a determinadas personas para que no maten ni violen de poco servirá. Pero no por ello entonces me sentaré a debatir con los mismos. Pero es más, ya no es que tengamos que remontarnos a épocas pretéritas para explicar de dónde nace esa supuesta nacionalidad “sentida” sino que puede explicarse racionalmente por qué en la actualidad determinados dirigentes se han tirado al monte para defender esa supuesta nacionalidad sentida. El adoctrinamiento y la corrupción tienen mucho que ver con esa supuesta defensa de la nacionalidad sentida. Y lo que yo no pienso hacer es dejar a un lado todas las razones que nos han traído hasta aquí y quedarme únicamente con que como es una nacionalidad sentida pues alguna salida habrá que darle. Quizá una salida sea el decirles: “ No, se acabó la farsa”

    Dices, Javier: “La legitimidad del uso de la fuerza es un debate amplísimo, y muy interesante. Personalmente entiendo que socialmente reconozcamos una legitimidad democrática para ejercer ese monopolio de la violencia por parte del Estado, que decía Weber. Aunque estoy de acuerdo contigo en que “la finalidad de un diálogo no es llegar a un acuerdo sino INTENTAR llegar a un acuerdo”, hasta llegar al extremo del recurso a la fuerza hay mucho diálogo político y diplomático por andar.”

    Bueno, simplemente hacerte una pequeña matización. Hoy en día el monopolio de la violencia también la poseen las comunidades autónomas. Y no toda violencia tiene que ser física. El adoctrinamiento también es una forma de ejercer violencia.

    Dices, Javier: “Por concluir, veo que al final identificas bajo el parlem que planteo formas de “entreguismo inaceptable”, incluso de rendición ante los violentos (con tus alusiones a ETA). Lejos de ello, hay fórmulas del parlem que pueden tener mucho más éxito, como la que ha acabado con la violencia etarra, que no se ha producido sólo gracias a las FCSE, sino también a intervenciones como la legalización de Sortu-Bildu por parte del TC.”

    Con la violencia etarra, y frente a propuestas de diálogo, lo que acabó fue la ilegalización de partidos pro-etarras, cortar las fuentes de financiación de los mismos y la excelente labor de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado. En cuanto a lo de Sortu-Bildu, Zapatero, y el presunto Tribunal Constitucional prefiero no hablar.

    Dices, Javier: “Si de verdad España está tan descentralizada como se dice, en qué no, qué mecanismos de control se mantienen centralmente y sólo dan apariencia de descentralización, qué competencias delegadas convendría recentralizar por mejores eficiencias para todos…”

    Aquí nuevamente vuelves a hablarnos de eficiencia. Entiendo que desde una teoría subjetivista de los valores únicamente pueda hablarse de eficacia y de eficiencia. Desde una teoría constructivista podría hablarse en términos de justicia o injusticia. En lo que sí puedo darte la razón es que cuando se habla de reformar la Constitución siempre se habla, y aunque sea implícitamente, de reformarla en un sentido (en el mismo sentido). Pero bien pudiera ser que a lo mejor habría que reformarla en el sentido contrario. Bien pudiera ser que la sanidad, la educación o la ley del suelo fuera competencia exclusiva del estado.

    La teoría subjetivista de los valores es hija de la modernidad. Dicha teoría considera que los valores son irracionales y que por tanto deben de quedar en el ámbito privado. El Estado debe de mantener una neutralidad axiológica con respecto a los mismos. A lo más que se pueda llegar desde esa teoría es al uso instrumental de los mismos para la consecución de unos fines. Pero es que desde esa teoría no cabe hablar de la existencia de unos valores intrínsecos por no poderlos fundamentar. Y pese a todo lo que se diga los valores encerrados en los Derechos Humanos son fruto del mayor de los voluntarismos sin fundamento alguno, es decir, dichos valores no se pueden fundamentar en sí mismos.
    Si no consideramos, por ejemplo que el medio ambiente o los anímales también poseen y de algún modo un valor intrínseco ( de lo cual habría que dar las razones) ducho mucho que ningún consenso, que se incumplirá cuando se desee, nos sirva para no acabar con el medio ambiente.

    Yo no estoy en contra del diálogo. Pero esa continua y perpetua apelación al diálogo en Europa se debe precisamente a la defensa de una teoría subjetivista en torno a los valores. Como en el fondo se considera que los valores son irracionales no queda otra que el continuo y perpetuo diálogo. Pero un continuo y perpetuo diálogo no porque se considere que con el mismo se puedan alcanzar valores objetivos o defender valores más “valiosos” que otros sino simplemente para alcanzar un determinado status quo que al poco será roto y deberá ser sustituido por otro diálogo. Lo cual no excluye que lo que hoy es blanco mañana sea negro o lo que antaño fuera negro mañana sea blanco. En el fondo, y se diga lo que se diga, es una simple defensa del relativismo axiológico y moral.

    Javier, mañana salgo de vacaciones y muy posiblemente no pueda contestarte en caso de que así lo hagas hasta dentro de un par de semanas. En cualquier caso decirte que es un auténtico placer debatir contigo.

    Recibe un cordial saludo.

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  3. jajugon Autor de la entrada

    Gracias por tu comentario, Elías.

    Releyendo la entrada, creo que quizá no he sabido explicar claramente el alcance de lo que pretendía con ella. Podría resumirlo en lo siguiente:

    1. La incapacidad política para resolver este problema ha trasladado a la calle debates llenos de falacias y de callejones sin salida, irresolubles desde el punto de vista racional.
    2. Antes de poder explorar si existen otras posibilidades de diálogo efectivamente racional, conviene desbrozar entre tanta maleza: calmar los ánimos en los debates encendidos que no conducen a nada entre las personas de a pie es requisito para que quienes se han erigido en sus representantes interlocutores no simplifiquen la negociación y hagan de verdad su trabajo.
    3. La entrada sólo ha pretendido recopilar algunos de estos callejones irresolubles y desmontarlos evidenciando lo infructuoso de su andadura.
    4. Sólo al final invita a retomar el diálogo por otras vías y con otra actitud, siendo conscientes de que apoyarnos en argumentos circulares o claramente irracionales no nos va ayudar en ello.
    5. Efectivamente, no entro en harina sobre las posibilidades de ese diálogo, por dos motivos: el primero y más evidente es que la extensión de lo anterior ya habría requerido de una nueva entrada para abordar esto otro. El segundo, que me parece que corresponde más a la política que a la filosofía adentrarse a plantear esas otras vías y, desde luego, no soy un experto aunque imagino que pasaría por hablar de:
    a. Si tenemos o no una financiación justa y equitativa (principio de ordinalidad, equilibrio entre competencias tributarias y peso del gasto del Estado de bienestar,…), y si es capaz de adaptarse a un cambio de las circunstancias tan grande como el de la crisis de 2008 que en gran medida ha acelerado todo el proceso independentista.
    b. Si de verdad España está tan descentralizada como se dice, en qué no, qué mecanismos de control se mantienen centralmente y sólo dan apariencia de descentralización, qué competencias delegadas convendría recentralizar por mejores eficiencias para todos…
    c. Qué papel tienen en el actual problema territorial los problemas de corrupción y degeneración democrática a un lado y otro del Ebro; si las sensibilidades cívicas o la tolerancia antidemocrática es similar o no; y si resolver ese problema podría entusiasmar a independentistas conversos que se han alejado por ello de su catalanismo moderado tradicional…
    d. La necesidad y posibilidades de una reforma constitucional a nivel territorial (reforma del Senado).
    e. Las posibilidades de un federalismo simétrico/asimétrico.
    f. Una vez efectuada dicha reforma constitucional, las condiciones de participación y mayoría cualificada de un hipotético referéndum pactado.
    g. …

    Dicho esto, entiendo (o más bien espero) que antes del fracaso político se habrán intentado explorar algunas de estas vías, y no se habrán restringido sólo a las argumentaciones que recogía en mi entrada. Pero es evidente que todas estas vías no están dialogadas y menos agotadas. El campo para el diálogo es siempre más grande de lo que creemos, aunque lleguemos tarde a darnos cuenta de qué caminos podríamos haber explorado (no soy un ingenuo defensor de la “política de apaciguamiento”, pero no encuentro límites al diálogo que no sean los impuestos por circunstancias externas que se sobrevienen).

    Asumo que en lo inmediato el diálogo es muy difícil: el enconamiento se ha llevado hasta tal extremo que el recurso a la fuerza acabará siendo lamentablemente inevitable. Pero hay que mirar más allá, quizá pasado este fragor, y desde luego con otros interlocutores realmente válidos para afrontar ese posible diálogo.

    Y ahora por partes sobre tu comentario:

    1. Dices: “Por una parte nos hablas de que es necesario un diálogo posibilista pero por otra parte das a entender que dicho diálogo nunca será posible porque en realidad todo constructo racional está asentado en la irracionalidad. Pues entonces, y de ser así, no cabe ningún tipo de diálogo. Porque el diálogo, y para que verdaderamente lo sea, debe de estar basado en la razón.”

    El tema que planteas y al que efectivamente me he asomado es muy complejo. Por acotar un poco mi respuesta me atrevería a decir que en los diálogos sobre lo que queremos, mi tesis es que efectivamente todo constructo racional está asentado en la irracionalidad, y que a pesar de ello es posible el diálogo: El punto de partida es irracional y por tanto no puede calificarse de verdadero o falso. Ese punto de partida no viene dado por unas razones que nos han convencido previamente. Al contrario: estamos instintiva o intuitivamente persuadidos de él, por nuestra particular sensibilidad, y a posteriori construimos razones que tratan de explicar por qué lo sentimos así o por qué debemos hacerlo.

    Pero a partir de ese punto entiendo el diálogo como un ejercicio, un trayecto, en cuyo recorrido se intercambian razones y argumentos que pueden llegar a conmover ese punto de partida irracional que evidentemente, no es inamovible. Pero no porque las razones que nos ofrecen nos “demuestren” nuestro “error”, sino más bien porque nos persuaden. Es más, pueden conmovernos aunque sólo sea por la empatía que genera en nosotros un interlocutor que se toma la molestia de construir esa racionalidad para hacernos inteligible su percepción irracional. Por eso siempre merece la pena el diálogo de verdad. Porque además de todo esto, nos sirve para hacer inteligible nuestra propia intuición irracional, materia bruta que intentamos estructurar para hacerla inteligible también a otros y nos puede ayudar a comprender por dónde podemos o no podemos continuar dialogando.

    En el fondo, esa teoría constructivista de los valores que sostienes no dista mucho de este planteamiento que te hago: que sea subjetiva o irracional no significa que sea inhumana. Hay un evidente poso común en la experiencia de los homo sapiens, mucho más en la cultura europea, que hace esperable que podamos encontrar esa ética mínima que han pretendido elevar a derecho legal los Derechos Humanos.

    Por otra parte, cuando hablaba de “mundo posmoderno global” era para referirme a la, para mí, enorme irrelevancia en que han entrado hoy ya las argumentaciones basadas en la trayectoria histórica de las naciones o similares. Soy consciente de que hay capas de la población, especialmente entre las generaciones mayores, para los que dicha trayectoria puede tener más relevancia. Pero para el conjunto social, creo que cada vez menos (a pesar de tantos rebrotes nacionalistas que hemos visto en los últimos años desde la crisis).

    O al menos, para lo que nos ocupa, estos intentos de “argumentar la nacionalidad sentida” son irrelevantes en el sentido de que no son capaces de generar ningún consenso o persuadir a los interlocutores, sino más bien enconarlos, enredándolos en discusiones de precisión histórica absurda sobre acontecimientos que son prácticamente insignificantes para los que somos ahora contemporáneos.

    En mi planteamiento no he apelado ni defendido un relativismo como el que mencionas. Aunque sí comparto que no existe una verdad, particularmente en estos asuntos, pero ello no creo que impida el diálogo. Eso no quiere decir que la verosimilitud de nuestras posturas sea igual. Es decir, en este caso, que la capacidad para articular racionalmente nuestras sensibilidades sea igual de robusta en todos los relatos. Pero esa jerarquía sólo se puede dirimir intersubjetivamente.

    2. Dices: se trata es dar las razones de dichas nacionalidades sentidas … hay que entregar las razones de dicha nacionalidad sentida… en el terrero de las razones no todas las nacionalidades sentidas tendrán igual fundamento racional… ¿Y sobré qué contenidos o sobre qué fundamentos iniciamos dicho diálogo si ya partimos de la base que cualquier persona que se considere de una nación (hipotética o real) posee las mismas razones, es decir, ninguna, por no ser una cuestión sobre las que se puedan dar razones?

    Seriamente dudo que una lista de razones históricas que querrían listarse para argumentar que España es “la nación más vieja de Europa” fuera a persuadir o a conmover a ningún independentista catalán. Ni siquiera creo que sirviera de nada ponerse a cuestionar que Cataluña sea una nación oprimida sin estado desde hace más de tres siglos. No estamos haciendo un juicio histórico, sino tratando de resolver un problema para los contemporáneos actuales. Creo que en general tenemos mucho más en común los contemporáneos de distintas nacionalidades “sentidas” tan próximas como las nuestras (un españolista y un independentista catalán actuales) que los compatriotas de épocas distintas tan lejanas (cualquier de ellos con sus homólogos ancestros de hace tres siglos).

    3. Dices: qué ocurre si alguien no quiere dialogar ¿qué hacer? Y no sé el porqué, pero a lo que parece, en la vieja Europa y en la actualidad, hay un terror a contestar a esta simple pregunta

    La legitimidad del uso de la fuerza es un debate amplísimo, y muy interesante. Personalmente entiendo que socialmente reconozcamos una legitimidad democrática para ejercer ese monopolio de la violencia por parte del Estado, que decía Weber. Aunque estoy de acuerdo contigo en que “la finalidad de un diálogo no es llegar a un acuerdo sino INTENTAR llegar a un acuerdo”, hasta llegar al extremo del recurso a la fuerza hay mucho diálogo político y diplomático por andar.

    Por concluir, veo que al final identificas bajo el parlem que planteo formas de “entreguismo inaceptable”, incluso de rendición ante los violentos (con tus alusiones a ETA). Lejos de ello, hay fórmulas del parlem que pueden tener mucho más éxito, como la que ha acabado con la violencia etarra, que no se ha producido sólo gracias a las FCSE, sino también a intervenciones como la legalización de Sortu-Bildu por parte del TC.

    Efectivamente creo que hay unas condiciones de posibilidad sin las cuales el auténtico diálogo no puede darse, aunque entrar en ellas nos llevaría mucho tiempo y en cierto sentido ya forma parte del propio diálogo: Una podría ser, como bien decías, que los interlocutores quieran participar en él porque se reconozcan mutuamente, cosa que a día de hoy no sucede (porque no basta la legitimidad democrática de las urnas, que es necesaria, sino que parece necesario contar con un historial “limpio” a ojos del otro sobre la propia posición que no haya atentado directamente contra la credibilidad de su “buena fe”); otra, que los interlocutores renuncien a la violencia para conseguir sus intereses particulares (y no estoy hablando de los del Estado para hacer cumplir la ley); otra, que los interlocutores cumplan un mínimo de requisitos formales, como el respeto a la ley vigente, o el ejercicio de una disidencia no violenta que sólo tenga consecuencias para ellos (y no, por ejemplo, para la población); etc.

    Saludos.

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  4. David Feltrer Bailén

    Muy buenas, Javier:

    Gracias por el texto. Lo comparto al 95%. No obstante, atisbo en él un par de ficticias dicotomías típicas del lenguaje de los nacionalismos periféricos:

    1º. Cuando dices “Pero la lógica excluyente de todo nacionalismo, en cuanto entra en conflicto con otro, niega para el ajeno el derecho que afirma para sí.”

    creo que tu enfoque parece dar por sentado que en el actual conflicto entre España y una de sus regiones autónomas hay dos nacionalismos enfrentados: el españolista y el catalanista. Si es así, no estoy de acuerdo en ello. Me explico. Si bien es verdad que hay españoles españolistas, la defensa de la unidad de España por parte del Gobierno y los partidos constitucionalistas no creo que sea una cuestión de nacionalismo español, sino de cumplir con la legalidad constitucional. A menos, claro está, que entendamos que tal legalidad es españolista en sí misma. Todo lo cual resultaría bastante discutible de una Constitución, la del 78, que “reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”.

    En otras palabras: lo que se está librando no es una “batalla” entre el nacionalismo español (suponiendo, además, que sólo haya uno, que seria mucho aventurar) y el catalanista, sino entre la España constitucional y el nacionalismo catalanista rupturista. La sublevación catalana es una sublevación nacionalista. La defensa del Estado de derecho español es sólo una defensa de la legalidad constitucional, por más que, como comentaba, entre quienes defienden la Constitución pudiese haber (habrá, sin duda) algún nacionalista españolista.

    2º. Cuando argumentas que “Conviene detenerse en cómo tanto españoles como catalanes hemos asimilado acríticamente y por completo la percepción del que creemos nuestro legítimo y restringido derecho a decidir, como si nuestra decisión no afectase gravemente a quienes queremos excluir o diluir en dicha decisión.”.

    nuevamente constato una dicotomía ficticia y propia del lenguaje de los nacionalismos periféricos: hablas de catalanes (o vascos o gallegos), por un lado; y de españoles, por otro, como si entre ambos hubiese algo así como una alteridad absolutamente heterogénea. Sin embargo, permíteme recordar que los catalanes no catalanistas también son y se sienten españoles.

    Por cierto, esta última y ficticia dicotomía entre españoles y catalanes fue objeto de fuerte controversia cuando, tras los atentados de Barcelona del pasado 17 de agosto, el nacionalista y separatista Conseller de Interior de la Generalidad, Joaquin Forn, distinguía entre víctimas españolas, por un lado, y víctimas catalanas, por otro (además de víctimas de otros lugares del mundo), como si los segundos no fuesen también españoles. Hay un montón de entradas en Internet sobre ello. De ahí mi crítica a esa ficticia dicotomía entre españoles y catalanes tan habitual en el lenguaje de los nacionalismos periféricos.

    Con todo lo acabado de aludir no estoy queriendo decir que estés del lado de ningún tipo de nacionalismo periférico. Pero sí quiero advertir cómo expresiones que apuntan a dos realidades dicotómicas inexistentes del tipo “choque de trenes” o “españoles, por un lado, y catalanes, por otro”, por ejemplo, han calado incluso entre los espíritus más cultos y emancipados, como sin duda es tu caso.

    En el caso de la expresión “choque de trenes”, tan en boga de todo tipo de prensa, podríamos hablar, en todo caso, de un conflicto entre un tren de 19 vagones y uno de sus vagones (17 CC.AA. más las dos ciudades autónomas). No hay, por tanto, ningún choque de trenes ni ninguna alteridad radical entre el único tren existente y el vagón sublevado; o entre españoles “a secas” y españoles de Cataluña.

    Saludos cordiales, Javier.

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  5. Elías

    Saludos, Javier

    Realmente no termino de entender cuál es tu postura. Por una parte nos hablas de que es necesario un diálogo posibilista pero por otra parte das a entender que dicho diálogo nunca será posible porque en realidad todo constructo racional está asentado en la irracionalidad. Pues entonces, y de ser así, no cabe ningún tipo de diálogo. Porque el diálogo, y para que verdaderamente lo sea, debe de estar basado en la razón.

    Dices: “Sin embargo, con una mínima meditación a nadie se le escapa que en el fondo de estos armazones, los cimientos se hacen barro y resultan ser no más que inclinaciones irracionales, espontáneas e instintivas, propias de los animales sociales que somos”.

    Entonces, e insisto, no entiendo muy bien qué tipo de diálogo posibilista propones ni cuál es su fundamento. Sí, y como pareces sostener, vivimos en un mundo posmoderno global, y por tanto, no existe más o menos verdad en unos que en otros relatos, pues entonces no hay diálogo posible. Si dejamos a un lado la verdad, y bien es cierto que la verdad es histórica, pero si la dejamos a un lado, y nos quedamos en el mero pragmatismo y una presunta generosidad, en realidad no estamos hablando de un verdadero diálogo.

    Dices y con toda la razón: “La ciencia ha hecho de esta limitación su virtud, admitiendo que en su refutación empírica se halle el germen de su propio progreso. El dogmatismo sólo cierra inútilmente los ojos a sus miserias. Pero es que incluso en la pureza aséptica de las matemáticas más rigurosas y los sistemas lógicos más compactos y férreos, como demostró Gödel, nos resulta inevitable encontrar problemas indecidibles e imposible clausurar teorías consistentes que sean completas”.

    Efectivamente, ello es así, lo cual no implica abrazar ningún tipo de relativismo sino rechazar cualquier tipo de dogmatismo.

    Dices: “Cuando dos nacionalidades sentidas entran en conflicto, la simple lógica nacional impide que ninguna discusión racional pueda fructificar. El auténtico diálogo presupone la isegoría, parte de la premisa de que cada interlocutor goza de una dignidad igual al entregar sus razones, una dignidad inexpugnable durante el diálogo”.

    Efectivamente, pero de lo que se trata es dar las razones de dichas nacionalidades sentidas. Es que no vale únicamente, y como bien dices, sentirse de tal o cual nacionalidad, sino que en un auténtico diálogo hay que entregar las razones de dicha nacionalidad sentida. Y en el terrero de las razones no todas las nacionalidades sentidas tendrán igual fundamento racional. Ahora bien, nos dices: “Al asomarnos, por ejemplo, al concepto de nación, muy pronto se observan grietas en los argumentos que la agitan: más allá de enrevesadas genealogías jurídicas, antropológicas o históricas, en el mundo posmoderno y globalizado actual la nación es un concepto eminentemente emocional, tribal, tan arraigado y viejo como el simple sentimiento de pertenencia, en este caso a una comunidad imaginada”. Por tanto, y al parecer, no se pueden dar las razones históricas, políticas o jurídicas de dichas nacionalidades sentidas. Con lo cual llegamos a que toda nacionalidad sentida posee igual rango de validez que cualquier otra nacionalidad sentida. Y la pregunta nuevamente sería ¿Y sobré qué contenidos o sobre qué fundamentos iniciamos dicho diálogo si ya partimos de la base que cualquier persona que se considere de una nación (hipotética o real) posee las mismas razones, es decir, ninguna, por no ser una cuestión sobre las que se puedan dar razones?

    Pero hay otra cuestión, y de suma importancia, a la que nunca se quiere contestar ( y no digo que sea tu caso). Bien, efectivamente, hay que clarificar el espacio para un auténtico diálogo posibilista. Pero qué ocurre si alguien no quiere dialogar ¿qué hacer? Y no sé el porqué, pero a lo que parece, en la vieja Europa y en la actualidad, hay un terror a contestar a esta simple pregunta.

    Hay una cuestión que me resulta escandalosa. Si hay una nación que precisamente ha realizado ese diálogo ha sido España. Si existe una Nación en el mundo donde exista, y por encima de cualquier estado federal, una mayor descentralización, una mayor autonomía de las regiones, una mayor autogestión, es decir, una mayor capacidad por parte de dichas regiones de gestionar sus propios recursos esa es precisamente España. Es decir, España es precisamente un ejemplo de ausencia de cualquier tipo de dogmatismo e imposición de un “Todo” que se imponga a las “partes”. Y esto que digo es un hecho. Unos podrán estar de acuerdo en que se deben de recuperar competencias y otros en que se deberían de ampliar ( las pocas que quedan). Pero lo que es un hecho es que España es un país que debe de servir de modelo de cómo se puede realizar ese presunto diálogo posibilista. O dicho de otra forma, ese diálogo posibilista no es un diálogo pendiente o por realizar sino que es un diálogo que ya se ha realizado.

    Pero qué hacer, y a pesar de este esfuerzo colectivo, si unos ciudadanos, y de la región que sea, consideran que esa no es su verdadera nación sino que se sienten miembros de otra nación aunque no puedan dar argumento racional alguno de la existencia de tal nación porque, y como algunos consideran, la nacionalidad es un sentimiento puramente irracional y por tanto no se puede dar razón alguna de tal sentimiento.

    1.- Yo no acepto esa teoría subjetiva en torno a los valores y a las emociones, hija de la modernidad, que considera que los valores o las emociones son meramente subjetivas, es decir, irracionales. Yo defiendo una teoría constructivista en torno a los valores. Es decir, considero que los valores no son ni meramente objetivos ni puramente subjetivos. Por tanto se pueden dar razones de los valores aunque no se trate de una razón apodíctica como en la teoría objetivista. Y es esa teoría constructivista de los valores la que podría posibilitar dicho diálogo y alcanzar una ética de mínimos.
    Es decir, yo no acepto que toda nacionalidad sentida, y por defender una teoría constructivista en torno a los valores y no una teoría subjetivista en torno a los mismos, posea igual validez.

    2.- Pero claro, si alguien sostiene, lo sepa o no, una teoría subjetivista en torno a los valores, considerará que todo sentimiento de una nacionalidad sentida posee igual validez que la que pueda poseer cualquier otra persona.

    3.- Y ahora viene el gran problema. ¿Qué hacer en el caso que nos ocupa?

    4.- Sí, una solución es “parlem”. Pero es que ese parlem no es tan inocuo como uno a simple vista pueda creerse. Porque ese “parlem” ya constituye un reconocimiento implícito de las tesis de una de las partes. Es decir, en ese presunto diálogo ya se reconoce a lo otra parte como un interlocutor válido cuando eso es precisamente lo que está en discusión. Sí, podríamos haber hecho uso de ese “parlem” para entablar un diálogo posibilista con el mundo de E.T.A. De hecho, esa tesis se defendió. Pero es que defender esa tesis del “parlem” con el mundo de ETA hubiese supuesto el reconocimiento de los mismos como interlocutores válidos. De hecho ese “parlem” hizo que muchos de ellos formaran parte de las instituciones públicas.

    5.- En definitiva, y por aquello de “mojarme”, diré que estoy total y absolutamente en contra del “parlem”. En esta vida existen los conflictos. Pero cuando uno juzga, como es mi caso, que ya se ha sido tolerante, porque ya se ha tenido y se sigue teniendo en cuenta a las partes, juzgo que ese supuesto “parlem” constituirá un entreguismo inaceptable, y por tanto, no cabe otra que enfrentarse al conflicto.
    Lo he dicho en otras ocasiones pero lo repetiré nuevamente. La finalidad de un diálogo no es llegar a un acuerdo sino INTENTAR llegar a un acuerdo. Pero cuando alguien juzga, como es mi caso, que dicho diálogo es insostenible por injusto, es decir, porque dicho diálogo ya se ha realizado y porque en caso de continuarse supondría un “trágala” pues tiene que dar por terminado dicho diálogo. Y actuar en consecuencia, claro está.

    Un cordial saludo

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