Teoría Estética de Adorno (I): Después de Auschwitz el arte crítico debe ser tenebroso

Tasia Aránguez

Traigo hoy unos comentarios de mis lecturas de la “Teoría Estética” de Adorno, que es mi autor preferido de la Escuela de Frankfurt. Confío en que sus fascinantes reflexiones pongan de manifiesto las razones por las que me encanta. Las ideas y citas que figuran en este post se encuentran, en su mayoría, en el último capítulo, “la sociedad”, que es uno de los que ha tenido mayor repercusión en la historia de la filosofía posterior, aunque incluyen también ideas repartidas por toda la “Teoría Estética”. He realizado una organización de los contenidos a efectos didácticos, dado que Adorno no es un pensador sistemático.

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Lo tenebroso es la exigencia estética de nuestro tiempo

En una época de horrores incomprensibles quizá solo el arte pueda dar testimonio del sufrimiento, ya que el terror no puede expresarse con teorías y reportajes. Sin embargo la desgracia del arte está en que nos permite regodearnos en el sufrimiento en lugar de rebelarnos. El hecho de que las desgracias generen identificación es una evidencia de lo debilitada que en el arte se presenta la desgracia. Toda obra de arte tiene algo de falsedad dulzona.

El ideal tenebroso es exigencia de nuestro tiempo. “Para poder subsistir en medio de una realidad extremadamente tenebrosa las obras de arte que no quieran venderse a sí mismas como fáciles consuelos, tienen que igualarse a esa realidad. Arte radical es hoy lo mismo que arte tenebroso, arte cuyo color fundamental es el negro”. Brecht afirmó en este sentido, “¡qué tiempos son estos, dónde hablar de los árboles es casi delito porque ello es callar muchos horrores!” Sin embargo, el ideal de lo oscuro, que prescinde del color y la alegría, supone un empobrecimiento tal que deja al arte al borde del silencio. “Solo los ingenuos creerían posible que el mundo, que según el verso de Baudeleire (Les Dantec-Pichois), ha perdido su aroma y sus colores, los pudiera recuperar desde el arte”. “La injusticia que comete todo arte placentero y en especial el del puro entretenimiento va contra los muertos, contra el dolor acumulado y sin palabra (…) sin embargo el arte oscuro tiene unos rasgos que, si fueran la última palabra, serían la conformación de la desesperación histórica”.

Tras la guerra y el horror, el arte, por su limpia existencia e independientemente de sus contenidos, encierra en sí un elemento de complicidad. La creación artística requiere una cierta frialdad frente a la realidad. Esto la degrada hasta convertirla en cómplice de la barbarie. Cualquier obra de arte actual, incluso las radicales, tiene un rasgo conservador. Su misma existencia ayuda a robustecer la esfera de la cultura, cuya real impotencia y cuya complicidad con la desgracia están a la vista en toda su desnudez.

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Sin embargo, solo es posible resistir al dominio omnipotente de la totalidad social, si el espíritu sigue en acción. En el arte el espíritu se adueña de las fuerzas que intentan liquidar a la humanidad. Si no se adueñase de esas fuerzas se hundiría en la barbarie a la que solo puede detener un orden racional y humano de la sociedad. El arte, aun como meramente tolerado en un mundo dominado, encarna a cuanto no se deja dirigir, a cuanto está oprimido por el poder omnipresente. La legitimación social del arte es su asocialidad.

El arte no envuelve lo existente con el falso brillo de una aureola, sino que se defiende contra la muerte que es la finalidad de todo dominio y, en este sentido, simpatiza con lo existente. Pero no podemos prescindir de esta simpatía, a no ser que paguemos el precio de considerar la muerte misma como esperanza.

La situación de antagonismos que el joven Marx llamó alienación y autoalienación es uno de los motores de la creación artística. Desconocemos la forma que tendría el arte en una sociedad justa, pero sería preferible que un buen día el arte en cuanto tal despareciera a que olvidase el sufrimiento. Se atenta contra las victimas cuando enmascaramos la opresión bajo un halo de pensamiento positivo. Si el arte del futuro fuese optimista se volvería muy aguda la sospecha de la pervivencia real de la opresión, ¿qué sería el arte si borrase el recuerdo del sufrimiento acumulado?

La industria de la cultura

En la industria de la cultura y el entretenimiento el arte es evaluado según los criterios por los que se evalúan todos los bienes destinados a producir goces etéreos: el prestigio, el estar a la última y el goce del resplandor de la mercancía. Antes de que las obras de arte fuesen sitiadas por la industria de la cultura la experiencia estética consistía en perderse en la obra de arte al contemplarla, solo así el espectador alcanzaba algo auténticamente real. Hegel llamaba a esta actitud “libertad hacia el objeto”. Ahora la obra de arte se convierte en una cosa más entre las cosas o en un objeto donde se proyecta el propio narcisismo. En la obra de arte se proyecta una imagen estereotipada de uno mismo que el propietario o espectador cree percibir en la obra. La industria de la cultura hace que el arte parezca algo que sirve a nuestros intereses.

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La experiencia estética se diferencia de la cocina y la pornografía en que no está al servicio del placer y quien vive el arte como simple deleite es una persona trivial. Aunque hay un elemento de placer en el arte, las experiencias estéticas no pueden definirse como placenteras. La obra de arte no es un objeto y esto lo sabe quién ha experimentado su propia desaparición a través de la obra de arte. El arte nos engancha. Aparentemente la obra de arte nos atrae sensualmente, pero si el ansia nos conduce a hacer de ella nuestra propiedad la convertimos en mera mercancía y nos transformamos en banales consumidores de arte. Sin embargo, quien se entrega al arte y desaparece en él queda dispensado de la miseria de una vida siempre mezquina. El placer del arte puede crecer hasta la embriaguez, pero lo esencial es comprender que en la experiencia artística solo puede conseguirse algo relacionándose profundamente con la obra de arte y no mediante un acto de eyaculación. El hedonismo estético no es una concepción viable, porque el arte juega con la disonancia, transfigura lo atractivo en su antítesis, y lleva al dolor junto al placer. El arte es ambivalente. Tal vez Schopenhauer fue el primero en darse cuenta de que la felicidad de las obras de arte es siempre accidental y por ello hay que demoler el concepto del goce artístico como constitutivo del arte.

La experiencia estética es aún más banal cuando nos acercamos a obras célebres. Goethe señaló que es difícil juzgar lo que alguna vez ha ejercido una gran influencia. Hay obras famosas que solo gustan porque ciertas personas influyentes las han encumbrado. No debemos confiar en el juicio de la historia ni dejar en sus manos el criterio propio sobre la calidad de una obra de arte. Esa actitud supone regalarle nuestro gusto a cualquier crítico de arte que quiera dedicarse a pontificar y dicha actitud nos hará inclinarnos ante la opinión hegemónica. La historia por sí misma no garantiza que triunfe lo mejor, aunque esto no quiere decir que tengamos que despreciar el juicio de la historia. De hecho, suele ocurrir que las obras más famosas de los maestros más famosos, a pesar de haberse convertido en fetiches de la sociedad de consumo, son de gran calidad. En el juicio de la historia se entrecruzan el protagonismo de la palabra de los vencedores de la historia con la fuerza de las obras capaces de atravesar el tiempo y el espacio.

Nuestra sociedad se ha liberado de los cánones estéticos tradicionales. Estamos en una época sin estilo, en la que dominan criterios superficiales acerca del arte y ostenta el control una industria que presume de ser libre pero está dominada por el afán de lucro. El capital, al movilizar en provecho propio la presunta libertad del arte, la pulveriza. Se apela con uniformidad a la belleza de lo caótico, pero en realidad el arte de hoy se caracteriza por la inmadurez. El rechazo a cualquier canon adquiere forma de un canon dogmático y se produce el descubrimiento de rasgos conformistas en la pose anticonformista.

La repugnancia ante el comercio del arte es consecuencia de la perversión de una industria que se excita ante el sonido de cualquier acorde y el brillo de cualquier color. Al irse transformando la sociedad, sin avergonzarse, en una totalidad que prescribe a todas las cosas, y también al arte, el valor que tienen, el arte se polariza cada vez más entre la ideología capitalista y la protesta. Y esta polarización difícilmente será beneficiosa para el arte. La protesta absoluta hace que el arte soberano sea siervo de limitados objetivos, mientras que la ideología convierte al arte en una ridícula y autoritaria copia del mundo.

Las personas políticamente conservadoras suelen odiar el arte contemporáneo. Para la racionalidad hegemónica cualquier cosa que quiera cambiar las reglas establecidas es caótica. La gente que critica el arte contemporáneo por lo general no tiene apenas conocimientos sobre el mismo. La culpa de esto la tiene en parte la división del trabajo. Quien no esté especializado no puede entender los progresos en la física nuclear, como tampoco podrá comprender la nueva música o la nueva pintura quien no forme parte de su mundillo. Pero mientras comúnmente se acepta la racionalidad de las nuevas tesis físicas aunque no se conozcan, se tacha de arbitrariedad esquizoide al arte contemporáneo sin querer adentrarse en sus experiencias.

Las personas que rechazan el arte contemporáneo son parecidas a las que se atrincheran en el “me gusta” y sonríen, entre cínicas y perplejas, ante los clichés que la industria de la cultura ha fabricado expresamente para engañar al consumidor. Ambos tipos de espectador consideran que el arte, como la ocupación del tiempo libre, tiene que ser agradable y no comprometedor. Por eso consideran depravada cualquier experiencia artística aparentemente ingenua. La crítica a la sociedad que subyace tras las obras de arte auténticas sin que ellas lo pretendan es incompatible con el concepto que a la sociedad le agrada tener sobre sí misma para poder continuar siendo como es. No se puede atacar la ideología sin poner en peligro la conservación de la sociedad. Esta es la causa por la que son relevantes las controversias estéticas aparentemente accidentales.

El pastiche amenaza siempre con aparecer en el arte, es como un duende que se escapa a cualquier definición, una de sus características más persistentes es el adormecimiento de los afectos. El pastiche es una parodia de la catarsis. Junto con el pastiche, otra categoría estética de la industria del entretenimiento es la vulgaridad. El arte desprecia a la masa porque aparece ante ella como lo que ella podría ser, en lugar de adaptarse a lo que es. La masa goza disfrutando brevemente, como de forma prohibida, de aquellos placeres banales que el capitalismo le hace desear y, simultáneamente, sitúa fuera de su alcance. El gozo en la vulgaridad es otra parodia de la catarsis.

Lo vulgar y sus payasos al servicio de la burguesía se auxilian de los cuerpos que se exhiben en la propaganda con la finalidad de vender pasta de dientes y en los programas televisivos de máxima audiencia. No hay ningún tema que sea vulgar, lo vulgar es la forma de tratarlo, uno de los motivos es la liquidación de lo trágico, el exaltamiento de lo ligero. Sin embargo, junto con lo ligero hay que rechazar lo que se autodefine como sublime, a los sectores del arte que hablan con desprecio de la masa en sentido cuantitativo, como si la democracia fuese el fundamento de la vulgaridad y no lo fuese la opresión, que continúa en medio de la democracia.

La posición estética noble es la contradicción que experimenta la persona joven que cree en la democracia real pero siente incomodidad ante el lenguaje y las actitudes que ve en ciertos programas televisivos de audiencia porque la ideología que muestran no se dirige a la potenciación de un pueblo liberado, sino que es la ideología del pueblo oprimido y estático, al que el poder trata como masa de electores a la que hay que contentar con pan y circo.

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Las obras de arte no son propaganda y para oponerse al omnipresente sistema de comunicación tienen que renunciar a unos circuitos de difusión que les permitirían llegar hasta el público. Las obras de arte tienen su eficacia social en una modificación de la conciencia apenas concretable y no en que se pongan a arengar. El arte es fundamental para la formación de la conciencia, pero solo puede llegar a serlo si no cae en la charlatanería. Las obras de arte se oponen a las necesidades dominantes y modifican la iluminación de lo cotidiano. Este cambio de conciencia puede anteceder a un cambio de la realidad. Pero cuando las obras de arte padecen por su irrelevancia social y quieren ser socialmente útiles, se adaptan a las necesidades existentes y entonces privan a los seres humanos de aquello que solo ellas podrían darles. Las necesidades a las que el arte atiende son demasiado complejas para los cálculos de los expertos de la industria de la cultura y no pueden ser sometidas a control social o a satisfacción racionalmente dirigida.

Para la industria de la cultura es central la vida personal de los artistas. Ese sensacionalismo sirve para fomentar el lucro y el fraude. Este arte inauténtico y engreído presume de la respetabilidad propia de venderse como algo socialmente provechoso. Entre las aporías de nuestra época no es la menos importante la de que ya nada es verdadero si no está en contra de los intereses de quien lo sustenta.

Como antes se ha señalado, hay una vulgaridad bufonesca en el arte, y también una estupidez del pastiche de los esnob “cultivados en la comprensión del arte” que se encuentran en el lado privilegiado de la lucha de clases. No obstante no debemos despreciar por completo la estupidez y el infantilismo que a veces exhibe el arte. Existe algo muy verdadero en el elemento juguetón y despreocupado del arte, pues nos recuerda a un mundo habitado solo por animales. Los seres humanos no nos hemos alejado tanto de la semejanza con el resto de animales como para no poder llenarnos de felicidad por ello. Los niños pequeños nos recuerdan con gozo esa valiosa semejanza.

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T. Adorno; Teoría Estética

2 pensamientos en “Teoría Estética de Adorno (I): Después de Auschwitz el arte crítico debe ser tenebroso

  1. tasia1987 Autor de la entrada

    Gracias por el elogio, Elías. Tus comentarios no son molestia en absoluto. Si en ocasiones no contesto tan pronto como me gustaría es porque entre la niña y el trabajo estoy a tope. Los comentarios se agradecen mucho y motivan a seguir escribiendo. Los artículos del blog suelo escribirlos por bloques, aprovechando algunas semanas más relajadas al año, y se van publicando en los meses siguientes, cuando el administrador lo estima conveniente. No dejes de escribir tus inquietudes o cuestiones.

    Me gusta

  2. Elías

    Enhorabuena Tasia

    Como siempre, he independientemente de que puede discrepar contigo, ya sea total o parcialmente, tus trabajos son de una gran calidad.

    Tranquila, esta vez te dejaré en paz. Gracias por tu esfuerzo y por tu calidad.

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