Peter Singer: Acoger a las personas refugiadas es justicia, no humanitarismo

Tasia Aránguez

Peter Singer, en su libro Ética práctica, en el capítulo “Los de dentro y los de fuera“, nos invita a reflexionar acerca de los derechos de las personas refugiadas y también acerca de las migraciones y de la existencia de las fronteras. El texto me parece de interés para adentrarse en el estilo peculiar de la ética de tradición analítica. Comienza con un experimento imaginario y continúa con un abordaje consecuencialista (valora la moralidad de las acciones a partir de sus consecuencias previsibles y trata de ponderar en una balanza, desde un punto de vista que pretende ser imparcial, todos los intereses en juego). Singer nos sitúa en un futuro postapocalíptico en el que el mundo está enfrentándose al daño causado por una guerra nuclear muy reciente. En ese futuro hipotético la radioactividad causará la muerte o importantes problemas de salud a las personas que no vivan en un refugio nuclear.

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En este capítulo, dice el autor:

“Los afortunados, por supuesto, son los que fueron lo suficientemente precavidos como para comprar una participación en los refugios nucleares construidos por los especuladores inmobiliarios cuando la tensión internacional comenzó a subir. La mayoría de estos refugios fueron diseñados como pueblos subterráneos, cada uno de los cuales podía alojar a 10000 personas y satisfacer sus necesidades durante veinte años. (…) cuentan con sofisticados sistemas de seguridad que les permiten dejar entrar en el refugio a cualquier persona que elijan, dejando fuera al resto.

Los miembros de uno de estos refugios han recibido con gran alegría la noticia de que no será necesario que permanezcan en los refugios mucho más de ocho años. Sin embargo, la noticia también ha provocado las primeras fricciones serias entre ellos: ya que en la entrada que conduce hasta el pueblo, hay miles de personas que no invirtieron en un refugio. Se puede ver y oír a estas personas, a través de cámaras de televisión instaladas en la entrada. Suplican que les dejen entrar ya que saben que si pueden entrar en un refugio con rapidez, conseguirán escapar a la mayoría de las consecuencias causadas por la exposición a la radiación. (…) Al tener que durar sólo ocho años, las provisiones podrán mantener a más del doble de la población actual del refugio”.

Singer explica que el refugio cuenta con pistas de tenis, piscinas y un gran gimnasio y señala que, si todos hicieran aerobic en el salón de su casa, podría ofrecerse un lugar donde dormir a aquellos a los que se puede alimentar repartiendo las provisiones. Tras describir esta situación hipotética, Singer expone varias posiciones en liza:

  • Los que se autodenominan “corazones sensibles” (tildados de “extremistas”) proponen que el refugio admita a otras diez mil personas, tantas como sea razonablemente posible alimentar y alojar hasta que sea seguro salir, lo cual significaría abandonar todo lujo en cuanto a la comida y las instalaciones. Los partidarios de esta posición indican que el destino de los que se queden fuera será mucho peor.
  • Los que se oponen a la entrada argumentan que las personas de fuera son de una clase inferior, ya que, o no fueron lo suficientemente previsores, o no eran lo suficientemente ricos para invertir en un refugio; por esta razón consideran que provocarán problemas en el refugio, siendo una carga para los servicios públicos y causando un aumento de la delincuencia. Hay otro pequeño grupo que apoya a los que se oponen a la entrada de los de fuera con el argumento de que permitir la entrada sería injusto para los que han pagado su participación en el refugio. Los opositores a la entrada son pocos, pero cuentan con mucho apoyo por parte de numerosas personas que sólo señalan que les gusta mucho jugar al tenis y nadar y no quieren dejar de hacerlo.
  • Hay un tercer grupo, autodenominado “moderados”, que defiende que, como acto excepcional de caridad y benevolencia, podría dejarse entrar a algunos (unos 500), pero no a tantos como para que la calidad de vida del refugio cambie de forma significativa. Proponen convertir una cuarta parte de las pistas de tenis en dormitorios, y ceder un pequeño espacio público abierto que de todas formas no ha tenido mucho uso. Admitir a ese pequeño grupo demostraría que el pueblo no es insensible a las desgracias de los desafortunados del mundo.

Singer concluye el relato con la siguiente pregunta: “Se celebra un referéndum y hay tres propuestas: dejar entrar a 10.000; dejar entrar a 500 y no dejar entrar a nadie. ¿Por cuál de ellas votarías?

El mundo real

Tras presentarnos este relato de ficción, el filósofo nos conduce al mundo actual, con sus más de 15 millones de refugiados que, casi en su totalidad, se encuentran acogidos temporalmente por los países más pobres del mundo. Singer recuerda que el artículo 14 de la Declaración de Derechos Humanos de las Naciones Unidas de 1948, “En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país“. Este artículo se diseñó para solucionar los desplazamientos causados por la Segunda Guerra Mundial por motivos de raza, religión, nacionalidad u opinión política, pero está muy lejos de aplicarse de manera efectiva hoy en día.

Singer señala que en nuestro tiempo se ha popularizado la distinción entre “refugiados reales” y “refugiados económicos” y la idea de que estos últimos no deberían recibir ningún tipo de ayuda. Este es, señala, un modo de culpar a las víctimas del egoísmo global. “Esta distinción es muy dudosa, ya que la mayoría de los refugiados sale de su país con gran riesgo y peligro para su vida: cruzan mares en barcos que hacen agua, sometidos al ataque de los piratas, o hacen largos viajes a través de fronteras armadas, para llegar con lo puesto a los campos de refugiados. La distinción entre alguien que huye de la persecución política y alguien que huye de una tierra inhabitable debido a una sequía prolongada tiene difícil justificación cuando ambos tienen la misma necesidad de refugio”. Aunque la ONU no calificaría a los últimos como refugiados Singer considera que esta postura es poco coherente.

El filósofo señala que en la mayoría de los casos no es posible repatriar a los refugiados porque las condiciones que les obligaron a huir no han cambiado. La solución más frecuente consiste en asentarnos en los países vecinos a aquel del que huyen. El problema suele ser la incapacidad de países pobres e inestables para absorber grandes poblaciones, cuando sus propios habitantes hacen frente a duras dificultades para sobrevivir. La mejor solución inmediata (la no inmediata sería acabar con las inequidades y conflictos bélicos que originan la necesidad de huir) es la de que los refugiados sean acogidos por países más remotos pero con recursos suficientes para recibirlos. Sin embargo, el filósofo señala que la respuesta de los países industrializados ha sido la de crear medidas de disuasión y cerrar sus fronteras lo máximo posible.

El reasentamiento puede dar una vida mucho mejor a las personas refugiadas y los países cercanos al del conflicto, que sirven como primer refugio, tendrán una mejor política de refugio si tienen esperanzas en que los refugiados serán reasentados. De lo contrario, lo que suele pasar es que los países de primer refugio intenten disuadir a los refugiados potenciales devolviéndolos en las fronteras (“en caliente”), haciendo que los campamentos sean lo menos atractivos posible, y seleccionando a los refugiados conforme cruzan la frontera. Para los que no tienen ningún sitio dónde ir, millones de personas, el reasentamiento puede suponer la diferencia entre vivir o morir y, para un número mayor, constituye la única esperanza de tener una existencia decente.

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Singer señala que la actitud más aceptada es la que considera que los países ricos no tienen ninguna obligación moral de aceptar a refugiados o inmigrantes, y que el acogimiento de algunos es muestra de generosidad y humanitarismo (enfoque ex gratia). Sin embargo, el filósofo señala que esta posición entra en contradicción con la defensa de la igualdad de los seres humanos y con la prohibición de discriminación por razón de origen nacional o raza.

Singer explica que la ortodoxia vigente en las democracias occidentales coincide con las tesis defendidas por el filósofo Michael Walzer en su obra Spheres of ]ustice. La pregunta central que trata de responder éste es: ¿tienen los países derecho a cerrar sus fronteras a los posibles inmigrantes? Su respuesta es afirmativa, porque sostiene que las fronteras posibilitan que existan comunidades diferenciadas. Walzer compara la comunidad política con un club, los individuos pueden dar buenas razones sobre por qué deberían ser seleccionados, pero nadie que se encuentre fuera tiene derecho a estar dentro. Sin embargo, Walzer considera que el Estado se parece también a las familias. Se encuentra obligado a abrir las puertas a loa familiares de los nacionales y también a “familiares” en sentido étnico. Con respecto a los refugiados, Walzer sostiene que existe un principio de ayuda mutua que nos insta a ayudar a las personas que lo necesiten. Además, aceptar a un extraño en nuestra familia es algo mucho más complicado que aceptar a un extranjero, o incluso a muchos extranjeros, en una comunidad. Un Estado con mucho territorio y recursos tiene una obligación de ayuda mutua hacia las personas necesitadas especialmente fuerte. Además, Walzer apoya el principio de asilo. De acuerdo con este principio, todo refugiado que logra alcanzar las costas de otro país puede reclamar asilo y no puede ser deportado a un país en el que puede sufrir persecución. Es interesante ver que este principio es ampliamente apoyado, mientras que la obligación de acoger refugiados que se encuentran en campamentos lejanos no lo es.

Los gobiernos democráticos occidentales actúan de una manera muy parecida a la que sugiere Walzer, es decir, con un humanitarismo tibio. Mantienen que las comunidades tienen derecho a decidir a quién acogerán; las peticiones de reunión familiar tienen prioridad, y luego las de los extranjeros pertenecientes al grupo étnico nacional (si el estado tiene una identidad étnica). Si los números son relativamente reducidos, se concede el derecho de asilo, pero en cualquier caso acogerlos se considera un ejercicio de caridad: los refugiados no pueden reivindicar que se les acoja.

Ponderación imparcial de intereses

El presupuesto principal de este punto de vista es la idea de que la comunidad tiene derecho a determinar quiénes pueden entrar en su territorio. Sin embargo, una postura ética imparcial sostendría que la política de inmigración debería ponderar los intereses de todos los afectados dándoles a todos igual consideración y priorizando aquellos que sean fundamentales. En el caso de los refugiados ser acogidos es a menudo cuestión de vida o muerte. En otros casos, afecta a sus posibilidades de tener una vida medianamente digna. Con respecto a los residentes del país de acogida, se verán afectados de distinta forma, dependiendo, entre otros factores, del número de refugiados acogidos, de cómo se integren en la comunidad, de la situación de la economía nacional, de si tendrán que competir con los refugiados para lograr un trabajo, de si trabajan en sectores que ganen dinero satisfaciendo las necesidades de los nuevos habitantes, de si serán usuarios de las tiendas y restaurantes exóticos que tal vez aparezcan y de si se beneficiarán del aprendizaje de las distintas ideas y formas de vivir.

Singer se pregunta qué ocurriría si un país como Australia acogiese al doble de refugiados anuales. Señala que eso supondría mejorar de forma directa la vida de los refugiados y que también generaría, probablemente, una carga inicial para la seguridad social del país receptor. Algunos residentes se mostrarían desconcertados por los cambios en su vecindario y otros les ofrecerían clases del idioma del lugar, alojamiento, formación profesional y ayuda para la inserción laboral. Pero, señala Singer, al cabo de un año el impacto inicial sobre las arcas públicas habría desaparecido por completo, pues eso es lo que ha pasado en situaciones anteriores como la descrita.

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Sin embargo, el argumento para doblar el número de refugiados no implica que el número doble de acogidos haya que volver a doblarlo, y volver a doblarlo, hasta el infinito. En algún punto de este proceso, quizás cuando el número de refugiados sea cuatro veces mayor, o quizás cuando sea 64 veces mayor, las consecuencias podrían cambiar el resultado del análisis racional de intereses. De lo que se trata es de que las medidas mejoren las vidas de muchas personas sin causar a otras daños comparables. Podría llegar un momento en el que la competencia por los recursos diese lugar a conflictos sociales y a un incremento grande del racismo. Sin embargo, sostiene Singer, la cifra actual de refugiados acogidos puede aumentar mucho antes de que se produzca esa situación.

Conclusión

Singer considera que el statu quo es el resultado de un sistema de egoísmo nacional perpetuado por la conveniencia política (no da votos la política migratoria justa) “y no de un intento estudiado de establecer las obligaciones morales de los países desarrollados en un mundo con 15 millones de refugiados. No seria difícil para los países del mundo desarrollado aunar esfuerzos para cumplir con sus obligaciones morales con respecto a los refugiados. (…) Los políticos podrían fácilmente aumentar gradualmente el número de refugiados, controlando los efectos del incremento mediante estudios rigurosos. De esta forma, cumplirían con sus obligaciones geopolíticas y morales y, al mismo tiempo, beneficiarían a sus propias comunidades”.

Concluye el capítulo con la siguiente pregunta: “¿Cuál habría sido tu voto en el referéndum celebrado (…). Creo que la mayoría de nosotros estaría dispuesta a sacrificar no sólo una cuarta parte, sino todas las pistas de tenis, para satisfacer las necesidades de los de fuera. Pero si hubieras votado por los “Corazones Sensibles” en esa situación, es difícil imaginar cómo es posible no estar de acuerdo con la conclusión de que las naciones ricas deberían acoger a muchísimos más refugiados de los que acogen actualmente. La situación de los refugiados no es mucho mejor que la de las personas que se encontraban fuera en peligro de radiación nuclear y, con toda seguridad, los lujos que tendríamos que sacrificar no serían mayores.

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Desde mi punto de vista, el texto de Singer tiene la virtud de afrontar la pregunta sobre la eticidad de la existencia de las fronteras en el mundo. El autor afronta este problema con una metodología consecuencialista consistente en buscar la solución que logre la mayor felicidad para el mayor número de personas. Es decir, Singer considera que la solución ética se alcanza ponderando con imparcialidad los intereses de todas las partes afectadas y priorizando aquellos que sean fundamentales. Singer trata de alcanzar una situación teórica de equilibrio en la que se maximice la realización de los intereses prioritarios y se minimicen los daños relevantes.

Esta manera de proceder, mediante cálculos, puede resultar frívola y fría cuando se abordan temas que demandan empatía y pasión, como la cuestión del drama de los refugiados. Su solución (abrir las fronteras de modo progresivo y controlado) puede parecer insuficiente a las personas que adopten sistemas éticos basados en la aplicación incondicionada de principios, con independencia de las consecuencias. Sin embargo, en un mundo en el que las grandes decisiones políticas reivindican la racionalidad eficiente de su proceder egoísta, un texto como el de Singer ha de ser visto como una inteligente refutación escrita en el lenguaje desapasionado de la razón gerencial. El filósofo realiza un sobrio alegato a favor de la justicia, en la estela de la mejor tradición utilitarista.

Puntos de apoyo

 

 

P. Singer, “Los de dentro y los de fuera”, Ética práctica.

Michael Walzer, Spheres of ]ustice.

3 pensamientos en “Peter Singer: Acoger a las personas refugiadas es justicia, no humanitarismo

  1. elías

    Hola Tasia

    Dices: “¿cómo podemos maximizar la felicidad?, parece que se ha de atender a un conjunto de intereses, pues hay unas cosas que son más necesarias para la vida que otras, y hay algunas que son imprescindibles para cualquier tipo de felicidad imaginable. Todos esos intereses deben ponderarse de forma imparcial para proceder al cálculo de la mayor felicidad para el mayor número.?

    Max Scheler nos hablaba de cuatro tipos de valores, a saber, valores de agrado-desagrado, vitales, espirituales y religiosos. Y efectivamente, establecía una jerarquía. Para alcanzar, por ejemplo, los valores espirituales, es necesario obtener primeramente los valores vitales (No estoy de acuerdo con la teoría de Scheler en torno a los valores pero sí con sus categorías).
    Ahora bien, el ser humano valora porque no puede dejar de hacerlo. Por tanto, es consustancial a todo ser humano el proceso de deliberación o de valoración. Lo que ya no logro entender es cómo se logra esa forma imparcial para proceder al cálculo de la mayor felicidad para el mayor número. Entiendo que sin una subsistencia mínima no es posible obtener una serie de valores de orden jerárquico superior. Pero más allá de esa subsistencia mínima los intereses son variados y no pueden ser reducidos a unos intereses presuntamente universales o imparciales. ¿Cómo se pondera de forma imparcial para proceder al cálculo de la mayor felicidad para el mayor número? ¿Quién es ese sujeto imparcial que valora desinteresadamente?
    Y aquí quisiera distinguir entre la teoría objetivista, subjetivista y constructivista en torno al mundo de los valores (axiología). La teoría objetivista considera que existen unos valores objetivos (eternos, universales e inmutables). ¿Cómo se accede a dichos valores objetivos? Pues mediante una intuición intelectual. La razón es capaz de intuir dichos valores. Esta teoría es la que mayor aplicación ha tenido a lo largo de la historia hasta el advenimiento de la modernidad.

    Con la modernidad empieza la consideración de que los valores son subjetivos, es decir, irracionales. Y con irracionales quiero decir que no se puede dar razón de los mismos. Dichos valores ya no son captados por la razón sino que son captados por unos órganos internos a los que se denominan sentimientos (sentimiento ético, estético, etc). Al no ser captados por la razón sino por los sentimientos esos valores son subjetivos, es decir, no se puede dar razón de los mismos. Cada uno tiene sus propios valores y no se puede dar cuenta de cada uno de ellos. Por eso los valores deberían de quedar en el ámbito privado y el Estado poseer una supuesta neutralidad en torno a los mismos. Lo que sí se puede hacer es un uso utilitarista de los mismos. Y de ahí las éticas consecuencialistas. Es decir, las éticas consecuencialistas son hijas de la modernidad y del paradigma de la subjetividad. O si se quiere, se puede expresar diciendo que las teorías subjetivistas en torno a los valores nos hablan únicamente de valores instrumentales y no de valores finales( porque no consideran que existan). En el fondo las éticas consecuencialistas se mueven en el paradigma de una razón instrumental o estratégica.

    Y por último se encuentran aquellas teorías que consideran que los valores no son ni puramente objetivos ni meramente subjetivos sino que son “construidos”, y por tanto, y por tal hecho, se puede dar razón, o mejor dichos, las razones de los mismos. No se trataría de una razón apodíctica sino discursiva. O dicho de otra forma, no serían ni objetivos, ni subjetivos sino inter-subjetivos. Por tanto, y al poder dar razón de los valores, aunque no de forma apodíctica, los valores no serían ya universales sino universalizables.

    Todos conocemos la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Entre los miembros que se encontraban para su redacción se encontraba Jacques Maritain formando parte de la delegación francesa. Pues bien, tras la redacción de dicha Declaración le preguntaron a Maritain por la misma. A lo cual contestó más o menos de la forma siguiente “Todo va bien si no se pregunta por el fundamento de los mismos”. Porque claro, cuál es el fundamento último de dichos Derechos y de los valores contenidos en los mismos. Todo texto posee su contexto, y por tanto, no es lo mismo interpretar dicha Declaración desde una teoría objetivista, subjetivista o constructivista en torno al mundo de los valores.
    Esos derechos “universales” verdaderamente lo son, es decir, verdaderamente son derechos objetivos, eternos e inmutables (teoría objetivista) o son simplemente meras convenciones basadas en un cálculo estratégico (teoría subjetivista). O quizá se traten de derechos, pero no universales, sino universalizables, y por tanto, y por su propia naturaleza, sometidos a una continua revisión de la cual habría que dar las razones.

    Un cordial saludo

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  2. tasia1987 Autor de la entrada

    Hola Elías, gracias por tu interesante comentario. Estoy de acuerdo con lo que planteas: el modelo de Singer, aunque claramente se encuentra dentro de la tradición y metodología consecuencialista, no responde a un consecuencialismo puro. Pero esto es algo predicable de todos los sistemas utilitaristas complejos: la premisa por excelencia del utilitarismo clásico es la consecución de la mayor felicidad para el mayor número. Pero ¿qué sujetos forman parte de este cálculo? Para Singer aquellos que pueden sentir placer, dolor y eso abarca también a los animales no humanos. Por otra parte, ¿cómo podemos maximizar la felicidad?, parece que se ha de atender a un conjunto de intereses, pues hay unas cosas que son más necesarias para la vida que otras, y hay algunas que son imprescindibles para cualquier tipo de felicidad imaginable. Todos esos intereses deben ponderarse de forma imparcial para proceder al cálculo de la mayor felicidad para el mayor número.

    Con respecto al presupuesto de la igualdad de los seres humanos sin tener en cuenta diferencias de raza, sexo o procedencia; parece ser una premisa implícita en la idea del cálculo de la mayor felicidad para el mayor “número” (cuando dice “número” presume que el valor numérico de toda persona en este cálculo es “uno”, independientemente de su procedencia o sexo). Cabría un consecuencialismo orientado a la mayor felicidad para el mayor número de varones propietarios, o un consecuencialismo orientado a la mayor felicidad de uno mismo (hedonismo).

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  3. elías

    Hola Tasia

    Grosso modo podemos hablar de tres tipos de ética, a saber, éticas deontológicas, consecuencialistas y éticas de la responsabilidad. Las éticas deontológicas consistirían en la aplicación incondicionada de principios con independencia de las consecuencias que pudieran derivarse de la aplicación de los mismos. Las éticas consecuencialistas consideran que cualquier ética debe de estar basada en las consecuencias que se derivan de la aplicación de una determinada acción y cuya finalidad consiste en conseguir la mayor felicidad para el mayor número posible de personas. Y la ética de la responsabilidad considera que existen una serie de principios, pero no ya incondicionados, sino con carácter heurístico o de guía, y que además deben de ser tenida en cuenta las consecuencias a la hora de valorar una acción moral.
    El problema de las éticas deontológicas es que pueden llevarnos a la mayor de las inhumanidades al no tener en cuenta las consecuencias de la aplicación de unos principios que se consideran absolutos. Son esos “efectos colaterales” que quedan justificados por la aplicación de unos principios absolutos.

    El problema de las éticas consecuencialistas no es que no tengan en cuenta las consecuencias de la aplicación de una determinada acción, lo cual juzgo de forma positiva, sino la ausencia de principios generales. Cuando se dice: “Es decir, Singer considera que la solución ética se alcanza ponderando con imparcialidad los intereses de todas las partes afectadas y priorizando aquellos que sean fundamentales” la cuestión es decidir cuáles son aquellos que son fundamentales y con base en qué lo son. Sí, efectivamente, las éticas consecuencialistas buscan la mayor felicidad para el mayor número posible de personas. ¿Pero qué pasa si es uno el que no está en ese grupo? Es que decir que lo que se pretende es buscar la mayor felicidad para el mayor número de gente es dar ya por sentado que se va a dar, y por principio, una exclusión.
    En cambio juzgo como la mejor propuestas aquellas éticas (éticas de la responsabilidad) que parten de unos principios generales cuya naturaleza no es carácter absoluto que son los que deben de guiar la toma de decisiones teniendo en cuenta las consecuencias de la aplicación de los mismos.

    Y mi pregunta, Tasia, es la siguiente ¿Hasta qué punto es realmente consecuencialista ( al menos en este artículo) Singer? Y digo esto porque en un momento determinado se dice:”Sin embargo, una postura ética imparcial sostendría que la política de inmigración debería ponderar los intereses de todos los afectados dándoles a todos igual consideración y priorizando aquellos que sean fundamentales”. Es decir, de dónde sale o cómo se justifica ese “se deberían de ponderar los intereses de todos los afectados dándoles a todos igual consideración”. Es que parece que ese es un principio que no está basado en ningún tipo de consecuencias sino que es precisamente la condición de posibilidad para la aplicación de cualquier tipo de éticas consecuencialistas.
    En otro momento determinado se dice: “Singer señala que la actitud más aceptada es la que considera que los países ricos no tienen ninguna obligación moral de aceptar a refugiados o inmigrantes, y que el acogimiento de algunos es muestra de generosidad y humanitarismo (enfoque ex gratia). Sin embargo, el filósofo señala que esta posición entra en contradicción con la defensa de la igualdad de los seres humanos y con la prohibición de discriminación por razón de origen nacional o raza.”Y como ya habrás podido adivinar la pregunta es ¿cuál es el fundamento de esa defensa de la igualdad de los seres humanos y la prohibición de discriminación por razón de origen nacional o raza? Parece nuevamente que la defensa de dicha igualdad tiene que ser universal al igual que el evitar cualquier tipo de discriminación por razón de origen nacional o raza.

    En definitiva, y lo que quisiera plantearte, Tasia, es si es posible alcanzar los objetivos que se propone Singer únicamente desde una ética consecuencialista o si para ello es necesario postular la existencia de unos principios que estén más allá de cualquier consecuencia y que sirvan como condición de posibilidad a esas éticas consecuencialista ( o al menos, a la de Singer).

    Un cordial Saludo

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