El poder de la nostalgia

Javier Jurado

La nostalgia es una experiencia universal que hoy es fundamentalmente objeto de estudio de la psicología. Sin embargo, dada su capacidad universal para conmovernos y movernos, ha recibido la reflexión de múltiples disciplinas a lo largo de la historia. Observando el papel que desempeña en la historia personal y colectiva, como si perteneciera a una suerte de estructura esencial humana, creo que es posible reflexionar sobre ella como 
motor y objeto de la filosofía.

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Desde la ciencia

Nostalgia viene del griego νόστος nóstos ‘regreso’ y -αλγία -algía ‘-algia’, ‘dolor’. La acuñó un médico suizo, J. Hofer, en el siglo XVII, para nombrar a ese “deseo doloroso de regresar” que había identificado en algunos de sus pacientes, muchos de ellos soldados expatriados. Desde tiempos prehistóricos, la raíz nos-to ha significado la añoranza del regreso al hogar, de la que también se ha heredado el sánscrito násate.

Históricamente, a la nostalgia se le ha dado un tratamiento patológico emparentándola con la melancolía y la depresión, antesala de quien se petrifica mirando al lot2527s_wife_by_william_hamo_thornycroftpasado, como la mujer de Lot. Fue considerada enfermedad mental incurable y sólo tratable con cuidados paliativos (como el efectivo regreso al hogar). Hoy, sin embargo, sabemos que esa nostalgia contrarresta en buena medida esas tendencias. Sirve como refugio al que se acude para combatir la soledad y la ansiedad, favoreciendo la interacción personal, lo que contribuye por ejemplo a la longevidad de los matrimonios. Cuando hablamos con nostalgia del pasado, acabamos tendiendo paradójicamente a estar más esperanzados en el futuro. Además, como rasgo universal humano, tan extendido y frecuente, constituye una experiencia humana que ha favorecido históricamente la comprensión y comunicación entre muy distintos grupos.

Simplificando, podría decirse que la nostalgia está hecha de memoria y afecto. Desde el punto de vista biológico nuestra percepción del tiempo fugazmente presente entre el pasado y el futuro se produce gracias a la retención de los sucesos en esa memoria. No habría una flecha del tiempo entre el antes y el después si no fuéramos capaces de recordar que hubo algo que ya no hay.

Por otra parte, ese afecto o apego es un instinto fijado como rasgo por la selección natural para cohesionar los grupos humanos, como sucede en tantos otros animales. Pero en el caso humano, con particular importancia, pues ese afecto, desdibujado hasta la simple cooperación sostenida en el tiempo, acabó consolidando la organización humana desde la familia natural, a través de la tribu familiar extensa, hasta la polis o la nación culturales. Todo ello, catapultó la adaptación al medio de nuestra especie como es bien conocido.

Estas dos envidiables capacidades, memoria y afecto, combinadas, además favorecen la consolidación de la identidad personal que se enraíza en un marco Ncultural en el que la tradición pasada siempre juega un papel relevante. Sin embargo, también se manifiestan “dolorosamente” pues con esa misma memoria retenemos, también, las sensaciones y recuerdos de aquellas épocas y, sobre todo, aquellas personas, con las que hemos compartido vida, y de las que somos conscientes que ya no están. La mezcla de aprecio y ausencia constituyen los combustibles perfectos para que la nostalgia prenda. Ella amalgama nuestros recuerdos de forma fragmentaria y, aunque es evocada a través de objetos u olores concretos – como las viejas canciones o las sopas caseras de los soldados pacientes de Hofer -, no suele referirse a hechos específicos recordados sino más bien a difusas emociones pasadas.

Sin embargo, es necesario subrayar que nuestras experiencias recordadas atraviesan sistemáticamente un filtro que las sesga: El pasado siempre está distorsionado y endulzado. Probablemente para una mejor supervivencia, las experiencias negativas son mitigadas – cuando no directamente reprimidas – conservando nuestra esperanza y actitud vitales. Un halo ficticio dulcifica nuestros recuerdos, maquillando los malos momentos, para hacer soportable la vida de quien no la tuvo fácil, lo que acaba haciendo enormemente añorable la de quien la tuvo razonablemente feliz. La nostalgia encuentra así en ese pasado allanado el perfecto caldo de cultivo para desplegarse, en especial centrándose en la época habitualmente más protegida y despreocupada de nuestra vida, a saber, nuestra infancia. Por eso, suele decirse que re-cordar es volver a pasar por el corazón.

Su contribución a la construcción de un sentido juega también un papel determinante: la nostalgia nos permite experimentar un aprecio por la vida pasada hasta reconocerle un significado. Nuestro anhelo por regresar acaba redirigido hacia el futuro en forma de expectativa que confirme y ensanche el valor de lo vivido que es añorado.

La universalidad y el potencial de la nostalgia como fenómeno psicológico, biológicamente enraizado, es tal que, como es bien conocido, es un recurso enormemente explotado desde el punto de vista de la publicidad para hacer atractivos productos y servicios a la generación de jóvenes adultos que penetran en el segmento social de mayor poder adquisitivo (además de que, según se ha estudiado, esa edad es especialmente susceptible de experimentar mayores niveles de nostalgia). Por eso, hoy asistimos a la reactivación de todo tipo de fenómenos culturales de las décadas de los ochenta y noventa del siglo XX al servicio de la publicidad.

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Desde la filosofía

Indudablemente, la nostalgia como experiencia humana ya ha servido de excusa para asomarnos a algunos tópicos filosóficos de envergadura: la constitución y experiencia del tiempo, el sentido de la vida, la experiencia del arrojo a la existencia, la experiencia del ser caduco que siempre deviene,…

El poder de la nostalgia aflora en la filosofía en muchos frentes. En la tradición griega, la encarnación más emblemática de esa nostalgia probablemente sea el Odiseo de Homero, en su anhelo por regresar a Ítaca. En esa sintonía de los viajes griegos por el Mediterráneo, Platón construyó una ontología y epistemología que tanto deben al poder de la nostalgia: para él, conocemos verdaderamente odysseus_and_tiresias_detailcuando identificamos en las cosas del mundo la impronta de las ideas puras, al recordarlasNuestro destierro del inmaterial Mundo de las Ideas ha dejado un recuerdo oscurecido en nuestra alma encarcelada en la materia. El auténtico conocimiento pasa pues por el recuerdo – ἀνάμνησις anamnesis – que redescubre lo que, en realidad, ya sabíamos. Y ese conocimiento viene impulsado por el ímpetu de un amor, eros, que nos hace atractivo aquel lugar de la belleza y la perfección, que experimentamos antes de encarnarnos, y que es ideal referente para toda realidad terrena.

No puede evitarse advertir que la nostalgia tiene muchos ingredientes en común con la experiencia del enamoramiento: es harto conocida esa experiencia, aunque haya sido culturalmente mediada, de sentir una súbita atracción por alguien desconocido que, en cierto modo, nos parece que ya conocíamos de antes. Será porque culturalmente nos resultan atractivos ciertos mitos con los que construir un sentido para nuestra vida en pareja – la predestinación de la media naranja o las almas gemelas, de corte tan platónico -; será porque en nuestros genes se halla una historia filogenética de compatibilidad entre individuos y atracción mutua que rebrota como el Guadiana cuando nuevos descendientes se encuentran por azar; ya sea por una mezcla de ambas, el eros platónico resuena en estas experiencias tan preñadas del sentimiento de nostalgia. Yo te he conocido antes. Quizá te soñé que repiten los poetas.

heinrich_vogeler_sehnsucht_28trc3a4umerei29_c1900Pero además de la enorme tradición platónica y su teoría del conocimiento en la que nostalgia juega un papel tan central, existen también otras reflexiones desde la filosofía sobre ella o inspiradas por ella. En seguida se vio que la potente atracción que conlleva excede a la morriña por la tierra natal, y extiende el sentimiento generalizado de deseo hacia lo que está ausente. Más que el helenismo nostalgia, en alemán suele emplearse la palabra Sehnsucht, de profunda raigambre romántica, como deseo de lo que no es, anhelo de lo inalcanzable, acepción por la que la nostalgia resulta también enormemente fecunda desde el punto de vista filosófico.

La nostalgia parece por eso también emparentada con ese sentimiento que nos hace añorar tantos lugares y experiencias que, en realidad, nunca hemos conocido. Boym distingue entre la nostalgia restauradora y la nostalgia reflexiva: La primera, alimento de los nacionalismos, fabrica mitos históricos a medida; la segunda, arma creativa en manos del emigrado, sabe de la imposibilidad de reconstruir el pasado. Esta última es la que “se recrea en las ruinas, en la pátina del tiempo y en la historia, y sueña con otros lugares y épocas”.

Es un anhelo que tiene el sabor trágico de la existencia: caer al mundo, nacer, es por un lado comenzar a escoger; pero también es, por otro, comenzar a engrosar la larga lista de una renuncia. La angustia en Sartre en buena medida obedece precisamente no sólo a no tener referentes morales sobre los que hacer descansar la decisión propia; no sólo a estremecerse ante la responsabilidad absoluta de cada elección; sino también al hecho de que una radical libertad nos muestra descarnadamente que renunciamos a cada instante. Por eso, como decía otro poeta, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

Parece haber, por tanto, una primera nostalgia en añorar lo que se escogió, qué he sido. Hay una segunda nostalgia en añorar lo que no se escogió, qué no he sido. Pero, como en el estanque de la filosofía no hay un lado en el que no cubra, según decía Strawson, podemos seguir buceando y advertir que hay también una suerte de tercera nostalgia por el simple hecho abstracto de haber vivido, de la mera existencia, añorando que he sido. Así lo recogen los famosos versos de Unamuno esculpidos en su recuerdo en su casa de Salamanca:

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El sentimiento trágico de la vida que relata Unamuno responde en gran medida a este permanente padecimiento agónico, o más bien agonista, de la existencia que no desea agotarse. Y qué es el ansia de resurrección unamuniano sino un dolor – algia – por ansiar el regreso a la existencia – nóstos. Hasta tal punto que para algunos, como para E. Ionesco, “el hecho de ser habitados por una nostalgia incomprensible sería, al fin y al cabo, el indicio de que hay un más allá.” La experiencia de esta nostalgia nos rebela hasta buscar en la trascendencia alivio y sentido. El ineludible paso del tiempo nos expulsa a todos de nuestra tierra, nos hace a todos emigrantes. No es de extrañar que el romanticismo encontrara en esta nostalgia un filón, hasta el extremo de que Novalis llegara a creer que “la filosofía es propiamente la nostalgia, el deseo de volver a casa”.

Citando así a este poeta, Heidegger reflexiona sobre la filosofía como acción que surge desde la vida, meditación que brota desde un estado de ánimo. La filosofía así, identificada con la nostalgia, es “un impulso de estar en todas partes en casa“. En definitiva, un deseo de lo que no se tiene, de aprehender la totalidad, algo imposible, al hallarnos inmersos en ella. Incluso la filosofía se ha considerado, quizá menos dócilmente, como esa actitud indómita con la que enfrentamos esta vida finita. Lejos de la resignación estoica, hay una actitud humana bastante instintiva que consiste precisamente en subvertirnos a lo que nos es dado, rebelarnos. Por eso Camus también coincide al considerar que “cada acto de rebelión expresa una nostalgia por la inocencia y un llamamiento a la esencia del ser”. Esa rebeldía, que incluso desde el ateísmo se asoma a la trascendencia, es la que también se halla en “la nostalgia de lo totalmente Otro” a la que acabó de referirse Horkheimer a propósito del vano intento por restituir a las víctimas de la Historia.

Comparte esta potencia de la nostalgia la inexpugnable esperanza de Bloch, una suerte de fe atea que se halla convencida de la potencialidad del ser, y que se nutre de esa añoranza por la utopía para reconciliar a los hombres entre sí y con la naturaleza. Decía el poeta que “Dios nos dio recuerdos para que podamos tener rosas en diciembre”. Del mismo modo, Agamben rescata el valor del recuerdo desde el punto de vista de la praxis:

El recuerdo restaura la posibilidad al pasado, haciendo de lo que sucedió algo incompleto y completando lo que nunca fue. El recuerdo no es ni lo ocurrido ni lo que no sucedió, sino su potencialización, su devenir una vez más.

240px-masaccio_expulsion-1427En el fondo, y volviendo al principio, la añoranza platónica y todas sus versiones históricas posteriores como la de la marxista Escuela de Frankfurt, bebían de una tradición humana anterior: el mito de la Caída y destierro del Paraíso y la esperanza por restaurar aquella Edad de Oro, regreso a Ítaca, advenimiento del Reino de Dios, horizonte posible de la Utopía, rescate del hombre degenerado frente al prístino buen salvaje. El motor hasta ese reencuentro añorado se ha encontrado siempre enormemente catalizado por el poder de la nostalgia.

Para Cioran, sin embargo, esa nostalgia entusiasta es falaz. La incapacidad para ser feliz, un descubrimiento necesario. Su lucidez crítica, desgarrada y profundamente desesperada está emparentada con una felicísima infancia como la que él tuvo, después de la cual nada volvió a llamar su atención, según confesaba. Siendo un signo de envejecimiento precoz, se consideraba a sí mismo senil de nacimiento, atravesado paradójicamente por una terrible nostalgia que le permitió alcanzar aquellas cimas de la desesperación desde la que desenmascarar algunos de nuestros mitos más inadvertidos.

Indudablemente, esta íntima experiencia de la nostalgia está sufriendo en las últimas décadas importantes transformaciones a raíz de la revolución de las TIC y nuestro inmediato acceso a registros audiovisuales de todo tipo. Por un lado aumentan la nitidez del recuerdo, lo que atenta contra el carácter difuso de la nostalgia, y mitigan en parte su atractivo; por otro, sin embargo, potencian la posibilidad misma del recuerdo, asomándonos a experiencias olvidadas.

Esta transformación, sin embargo, no pronostica que la nostalgia vaya a desaparecer. E. Dupré predijo que la nostalgia moriría con el avance de la tecnología, al facilitar las comunicaciones a distancia. Era 1846, y nuestra experiencia ha confirmado de momento todo lo contrario. Parece que habrá una distancia siempre insalvable que nos atenaza y que en cierto modo es razón de ser de esta nostalgia. Aunque, también, siempre podremos seguir diciendo, con el mismo humor de siempre, que la nostalgia ya no es lo que era.

Puntos de apoyo

S. Boym, The Future of Nostalgia

G. Agamben, Potentialities

A. Camus, El hombre rebelde

M. de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida

M Heidegger, Los conceptos fundamentales de la metafísica. Mundo – Finitud – Soledad

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