Filosofa, ingeniero. La distancia.

Javier Jurado

Artículo publicado en la revista BIT del COIT en el número 178, diciembre de 2009

La etimología de nuestra profesión [Ingeniero de Telecomunicación] nos conduce nuevamente a una reflexión filosófica. Dejando a un lado el ingenio que nos bautiza, la telecomunicación nos refiere rápidamente a dos realidades: empezando por el final, la de comunicar, que es hacer a otro partícipe de lo que uno tiene y para ello es extenderse, propagarse (RAE). Y esta acepción de comunicar nos lleva a la primera realidad, la tele-, la distancia, que el ingeniero se empeña en reducir.

Y es que en la ingeniería de telecomunicación anida un impulso inherente a la realidad humana, concomitante con el vivir. La tecnociencia al servicio de la vida que desarrolla nuestra profesión se asienta sobre la aspiración humana del Entfernung de Heidegger, como esa distancia que se distancia, esa lejanía que se aleja: a la vez la separación, el alejamiento y el alejamiento del alejamiento, el alejamiento de la lejanía, el des-alejamiento, la destrucción (Ent-) constituyente de la lejanía como tal, el enigma velado de la proximidad (Derrida). El Ingeniero de Telecomunicación trabaja por el acercamiento, como una expresión más del ser humano, ente que por excelencia se siente alejado y hace que el ente comparezca viniendo a la cercanía. […] Dos puntos, y en general, dos cosas no están propiamente alejados el uno del otro (Melo Cousineau). Pero el hombre se siente lejos, y desea acercarse.

Un carácter trágico asola esta distancia inherente a la limitación de ser humanos. El hombre que habita el mundo vive en cierto sentido el drama de no poder habitarlo por completo: El dominio de las ciencias de la naturaleza es completamente inconmensurable e inabarcable para el individuo. ¿Quién es capaz de contar al mismo tiempo las estrellas del firmamento, y los músculos y nervios del cuerpo de la oruga? Lyonet perdió la vista en aras de la anatomía de la oruga. ¿Quién puede observar a la vez las diferencias entre las cimas y abismos de la Luna y las diferencias entre los incontables ammonites y terebrátulas? (Feuerbach). Y el ingeniero – polifacético – se empeña como uno más en hacer cada vez más tolerable esa distancia, completamente poliédrica, asediante desde diversos frentes.

Existe en primer lugar una ineludible y trágica distancia epistémica, que nos impide conocer del todo, con certeza plena. Y a pesar de ello, nos revolvemos contra ella, pues una de las principales enfermedades del hombre es su inquieta curiosidad por conocer lo que no puede llegar a saber (Pascal). Es la insatisfecha aporía del sólo sé que no sé nada socrático. Éste es el revulsivo de la ciencia, base de nuestras ingenierías, y cuya expresión es, hasta hoy, el alfa y omega de nuestra historia: el ser original y específicamente seres que conocen, homo-sapiens, y a la par hallarnos hoy construyendo la sociedad basada en el conocimiento, mejorando nuestras técnicas para almacenarlo, comunicarlo, depurarlo.

Existe también una distancia al mundo, distancia al ser, que nos hace incómodos, extranjeros en palabras de Camus, nómadas que huyen de la selva permanentemente y se contradicen pues, como dicen que decía Steinbeck, de todos los animales de la creación, el hombre es el único que bebe sin tener sed, come sin tener hambre y habla sin tener nada que decir. Pero este estar lejos de todo también funda nuestra capacidad de asombro, acicate para hacernos, podríamos decir, homo-sílex, aquel que choca y pule piedras, que experimenta, que juega, que es creativo, culinario, inventivo. Que inventa el inventar, como dice Ortega, y se hace ingeniero. La distancia a la realidad azuza el cerebro, como bien recuerda nuestro Lazarillo, y también otro hijo, adoptivo, de Salamanca: El cerebro, en cuanto a su función, depende del estómago […] los hombres, mientras creen que buscan la verdad por ella misma, buscan de hecho la vida en la verdad (Unamuno).

Unamuno

Existe una decisiva distancia a los otros. Es una distancia que hoy descansa en lugares comunes como los de la pluralidad y el multiculturalismo. Una distancia que por muchos esfuerzos de cohesión, de coordinación, de alianza de civilizaciones, en ocasiones sufre inexorables fricciones, incomprensiones mutuas, conduciéndonos al desconcierto del relativismo, a la necesidad irresuelta de redefinir el concepto de ciudadanía. Esta convulsa realidad es otra espuela para unirnos, para construir puentes entre los pueblos, para dar saltos intercontinentales por fibra óptica o vía satélite, para la traducción simultánea, para la tele-visión global de la realidad que compartimos, que debemos compartir cada vez más, y que espera superar los catastrofismos resignados – si no interesados – como el choque de civilizaciones de Huntington.

Se da también una distancia temporal, que inevitablemente nos separa de lo vivido, haciendo aflorar la nostalgia, esa que se siente al re-cordar, es decir, al volver a pasar por el corazón. Es de nuevo una distancia inexpugnable, que a cada instante desdibuja nuestros recuerdos hasta el extremo del Alzheimer. Pero, casi instintivamente ya, nos aferramos a los tesoros digitales de recuerdos, para seguir sorprendiéndonos imberbes, sin canas, ni arrugas, en fotos que ya no amarillean – y que con ello han perdido un tanto su encanto. Escapando de este pasado miramos al lejano futuro, a veces, con más esperanzas o desalientos. Pero nuestro presente – regalo – es la oportunidad de elegir construir un futuro mejor, basado en el conocimiento, un mundo sin pobres, con espacios limpios, proyectado entre todos.

Hay una distancia histórica, que hace que los otros retiren en los siglos sus contextos, haciéndonos tan diferentes que sólo un leve hilo de comprensión del sentido, hermenéutica de sus vidas, puede ligarnos a ellos. Pero esta distancia también sirve para establecer una perspectiva que se independiza del contexto, y puede ver el bosque sin que se lo impidan los árboles, haciendo reflexión crítica, y desvelando corolarios sólo perceptibles con el tiempo suficiente. Y así esta distancia no siempre es inconveniente. Es precisa para comprender mejor la realidad, y mitigar otras distancias imperceptibles en primera instancia. No basta la inmediatez del telediario por imágenes, ni destruir aparentemente la distancia física y temporal en vuelos de low cost e instantáneas electrónicas a la velocidad de la luz. No basta el deglutir la información y el ruido, vivir experiencias del instante, contentarse con la superficialidad de la existencia. Es preciso el reposo, la reflexión, el silencio, exterior e interior. El tiempo nos habilita muchas veces la destrucción de estas otras distancias que sólo algunos son capaces de superar con intuición racional.

La historia de esta distancia conveniente está repleta de ejemplos: A Copérnico criticaban el movimiento de la Tierra aduciendo que habría de percibirse la paralaje de las estrellas, lo que no se observaba; andando el tiempo, Galileo y su telescopio abrieron un universo tremendamente profundo, haciendo que la enorme distancia a las estrellas justificase la paralaje inapreciable a simple vista. Y por tanto, la posibilidad de andar rotando a una increíble velocidad, tan distante de las que Tycho Brahe podía plantearse. También Harvey, razonando que el cuerpo no podía producir y consumir la cantidad de sangre que el corazón bombea, suponía un sistema circulatorio cerrado aunque fuera incapaz de observar que se cerrase. Con el tiempo Leeuwenhoek, bedel sin formación pero hábil en pulir gotas de vidrio, mejoró un microscopio con el que fue capaz de descubrir los espermatozoides – como curiosidad, observados por supuesto no por medios pecaminosos sino aprovechando el sobrante de sus relaciones conyugales, seis segundos después de practicarlas (Solís y Sellés) – con lo que acercó un nuevo universo imperceptible de protozoos, bacterias y glóbulos. Tiempo también hizo falta para que comprendiéramos la vida que tiene nuestra Tierra. La miope consideración literal de las Escrituras – que la estimaba en unos seis milenios – hizo que fuéramos reticentes a ampliarla, como exigían nuestros fósiles, hasta el punto de que todavía en 1898 John Joly le atribuía apenas el centenar de millones años.

Y como estos, tantos otros casos, con los que, en definitiva, se comprueba que a veces esta distancia que nos empeñamos en mitigar es imprescindible para detectar otras que nos impiden interpretar debidamente la realidad. Y es necesaria para asumir los retos de comprender la historia de forma fidedigna, sincera, auténtica, como el que se propone la memoria histórica, y que quizá la frágil estabilidad de una transición política no hubiera podido soportar. ¿Hay ya distancia suficiente de por medio?

Unas últimas consideraciones contemporáneas a propósito de la distancia: Sobre la crisis – sus causas, sus responsables, sus lecciones aprendidas… – ¿podrá la distancia temporal hacernos recapacitar sobre los modelos económicos en los que deseamos apoyar nuestro desarrollo? ¿podrán las TIC suministrarnos el modelo sostenible de futuro que queremos acercar? ¿será, por fin, ocasión esta crisis – de krino que significa separar, poner punto y aparte – de superar una nueva distancia que nos acerque a ese otro mundo posible?

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