Meditación sobre la falla valenciana

Javier Jurado

Nunca es mal momento para reflexionar, pero si el coronavirus nos invita a la reclusión y al recogimiento, una buena forma de aprovecharlo es haciéndolo sobre las actividades suspendidas que habríamos tenido estos días en una situación normal. Así, la actividad frenética del primum vivere puede, aunque sea forzada, dejar un paso al deinde philosophari. En ese sentido, las postpuestas y famosas fallas valencianas son un objeto interesante para la reflexión desde el punto de vista de su función, simbolismo y significado, como ritual para la reconstrucción de sentido y como instrumento de crítica social domesticado. Anem a això.

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Una breve genealogía

Todavía no se ha logrado determinar el origen histórico de la falla valenciana, cuya presencia está constatada al menos desde finales del siglo XVIII. El romanticismo del siglo XIX sembró la versión popular de que los carpinteros, para celebrar el fin de las veladas de invierno trabajando bajo un candil, sacaban a la puerta del taller sus parots, aquellas estructuras que los soportaban, y los quemaban junto a las virutas sobrantes, derivando de ahí la conocida práctica popular.

Sin embargo, a falta de respaldo documental, otras voces apelan a un origen más rico e incluso anterior: la difusión del cristianismo en la península en tiempos de la dominación romana habría acabado ejerciendo una apropiación cultural de rituales paganos en torno al fuego. De esta forma, en particular en la zona del Levante, la Iglesia habría hecho suyas aquellas hogueras del solsticio de verano relacionándolas con la festividad de San Juan; y las del equinoccio de primavera, se habrían reorientado hacia la festividad de San José, por otra parte patrono de estos mismos carpinteros. Las versiones no son excluyentes.

cuc3a1l-es-el-origen-de-las-fallas-y-los-ninots-Siguiendo este hilo, a su vez, esta práctica cultural que habría sido apropiada bien podría haber procedido a su vez de la milenaria tradición del Todaustragen, aquel ritual con multitud de expresiones por toda Europa en el que se producía la quema simbólica del invierno y la muerte. La época primaveral resulta especialmente prolífica en liturgias culturales en las que el fuego supone un elemento central y que celebra el regreso de la vida a la naturaleza y el progresivo alargamiento de los días y de las horas de luz solar. Con el paso del tiempo, este ritual de triunfo sobre el mortífero invierno se habría ido transformando en la quema de un personaje vilipendiado y de escarnio público, como por ejemplo sucede en España con la vieja costumbre sobre los peleles mahomas en las fiestas de moros y cristianos. Las Fallas, en este sentido, reciben también esa tradición en la que el pelele satírico se tira a una hoguera.

Sea como fuere, la difusión de la falla como práctica cultural a lo largo de los últimos siglos merece una reflexión más profunda, que digiera un poco su significado y función social impregnando tantas vidas a lo largo de tanto tiempo hasta las lecturas y ecos que sigue reteniendo en estos días. Y como en cualquier reflexión sobre una realidad poliédrica, son varias las caras sobre las que es posible meditar. El triunfo de la vida sobre el mortífero invierno y el escarnio público y satírico sobre el pelele son dos enfoques sumamente sugerentes. Por eso, en esta ocasión serán dos los enfoques bajo los que agolparé algunas meditaciones: la falla como ritual en la reconstrucción compartida de sentido y la falla como herramienta de crítica social domesticada. Vamos a ello.

Un ritual en la reconstrucción compartida de sentido

Las fallas se consolidan a finales del siglo XIX en un proceso en el que la migración del campo a la ciudad se intensifica debido al progresivo avance de la industrialización tardía en España. El desarraigo de esta migración debió de suscitar sin duda algunas inquietudes entre las gentes que abandonaban sus lugares de nacimiento donde sus antepasados habían vivido durante generaciones y emigraban para integrarse en nuevos núcleos urbanos, impersonales, desconocidos y cada vez mayores.

Este movimiento popular pudo encontrar en la práctica de las fallas un motivo para recuperar el sentido de comunidad perdido en la nueva urbe: así, los barrios pronto se identificaron con su respectivas fallas en las ciudades más grandes, y ante la imposibilidad de trasladar el sentimiento de pertenencia a la ciudad entera, fueron estos barrios y sus prácticas comunes, en este caso las fallas, las que ofrecieron ese vínculo social de pertenencia. El barrio como el nuevo pueblo.

Por otro lado, en esta transformación, no parece descabellado detectar cierta continuidad entre las figuras referentes de las fiestas populares del entorno rural, como las vírgenes, santos o patrones, y las nuevas figuras que emergen en prácticas como la de las fallas. Aunque de contenido netamente secular, como comentaremos más adelante, las fallas juegan un rol semejante al que las fiestas patronales jugaban en la fijación temporal del ciclo estacional. Esta nueva “rutina” sirve para reconfortar al más desnortado, “arrancado” de su milenaria actividad agrícola y ganadera en el entorno rural, y volver a insertarlo en cierta renovación cíclica de esa estacionalidad. La migración que le ha obligado a reinventarse en oficios urbanos que sus antepasados apenas conocieron se palía con este nuevo eje de coordenadas. La celebración en primavera del florecimiento de los campos, tan relevante en el entorno rural, se transforma aquí en la fiesta fallera del nuevo urbanita.

historia-de-las-fallas-de-valenciaPero evidentemente, no lo hace en soledad: la recreación de este sentimiento de comunidad se realiza a partir de la construcción de un nuevo propósito compartido (la construcción de la falla a lo largo del año y su quema en primavera, junto con el conjunto de actividades satélites que la acompañan), pues por lo general son estas prácticas compartidas las que dinamizan la búsqueda de sentido. Las comisiones falleras constituyen esta agrupación social de referencia en la que se incardina su actividad y se vinculan los vecinos.

Las interpretaciones sobre la propuesta o marco de sentido que proporciona la falla pueden ser variopintas. Bajo mi punto de vista, y dada la genealogía que antes hemos visto, en esa construcción de sentido, la falla constituye per se una metáfora vital: su progresiva construcción a lo largo del año está abocada a la consumición, tal y como vivimos la vida hasta la muerte. Y, al mismo tiempo, su renovación anual muestra cómo la vida se renueva y persiste en el ciclo vital.

Es decir, por un lado resulta particularmente simbólico cómo el esfuerzo y la inversión que suponen las fallas tienen, por un lado, una asumida orientación hacia la consumición y el acabamiento, tal y como sucede con la vida personal. Y por otro lado, así como las poblaciones experimentan el relevo generacional de las vidas que van agotándose y se ven relevadas por nuevas generaciones, así la falla regresa cíclicamente, como recuerdo de los antepasados y legado que entregar a los descendientes. En este sentido la falla tiene esa clara orientación hacia la perduración, tal y como sucede por ejemplo con los costosos vestidos que las falleras, incluso en estratos humildes, van atesorando y dejando en herencia a sus descendientes.

cream-1771448_960_720Como actividad significativa vinculada a un marco o propuesta de sentido, la falla recaba los mejores esfuerzos de los participantes a lo largo de todo el año. Para su celebración se establecen recaudaciones durante toda la temporada; se confeccionan con esmero elaborados vestidos y peinados; se preparan instrumentos y obras que acondicionarán musicalmente (con todo lo que la música supone en la cultura valenciana) estos festejos; también se pone enorme esfuerzo en la pintura y escultura de las figuras, plasmando en la rica expresión artística una cantidad ingente de horas dedicadas por grupos muy diversos y voluntarios; y a todos ellos se suma una imprescindible actividad protagonista en esta suma de esfuerzos como es la de la pirotecnia, costosa en medios y en preparación.

Toda esta recolección de esfuerzos y recursos que acaban en lo efímero de unos pocos días y en la hoguera evidentemente retienen la enseñanza típicamente budista sobre la importancia de aprender a desprenderse. Pero también todos estos esfuerzos se ven emparentados por el hilo estético que los une. Esta orientación humana tan esencial hacia la estética ya hizo a Goethe hablar del Homo aestheticus, y se ha constatado en los estudios de la paleoantropología sobre especies anteriores incluso al Homo Sapiens. Desde que el hombre es hombre, el arte es válvula de expresión y sentido. De forma que, en este caso, como rebelándose ante el sinsentido vital y el absurdo de la hoguera final, el arte como quisiera Schopenhauer se manifiesta soberbia al servicio de un efímero proyecto, de un proyecto cuyo final es cierto. Como la vida misma. Resuena así el Sein zum Tode, ser para la muerte, como consideraba esencialmente Heidegger al hombre. La falla constituye por tanto un proyecto que, como bien representa esa voluntad de todo frente a la posible nada. O, como decía Unamuno, que si es la nada lo que nos espera, hagamos que sea injusto.

En este sentido cabe destacar el simbolismo específico que, dentro del significado general de las fallas, ejerce por ejemplo la pirotecnia. Más allá de su contribución como trabajo y económicamente costoso esfuerzo al proyecto general destinado a su efímera consumición en los días de fallas, la importancia de la pirotecnia en la cultura valenciana juega un papel explícito en esta rebelión frente al acabamiento. Por un lado, la belleza de los castillos de fuegos suma un elemento fundamental a la estética general que se consume. Como prenden las figuras en las hogueras así se desvanecen en el aire los preciosos fuegos artificiales. Pero, por otro lado, la pirotecnica puramente sonora también representa esencialmente el bramido ensordecedor que responde ante el absurdo del silencio del mundo, como decía Camus. Si preguntamos al mundo qué sentido tiene, a la bofetada de silencio que nos devuelve no la encajamos pasivamente: le respondemos con un grito, un golpe, una explosión de sonido. Que la muerte nos pille bailando.

Finalmente, el propio fuego, tan rico en significados, tiene también un simbolismo mágico que es aprovechado para acompañar y redondear el sentido de la falla: más allá de la conflagración final mencionada, la integración social, la metáfora vital, el propósito compartido,… el fuego en seguida conecta con la imagen de la hoguera de la noche de San José en torno a la que los vecinos se reúnen. Es el hogar social ante la intemperie del frío exterior. Es el fuego como símbolo de lo que, ante el sinsentido, da calor, alumbra, da sentido.

Una herramienta de crítica social domesticada

17La sátira valenciana es un fenómeno algo estereotipado establecido a lo largo de los siglos y que ha identificado entre los españoles a los valencianos como los más acres en el humor, tal y como sostenía el padre Juan de Mariana ya en el siglo XVI. De esta forma, no es despreciable la histórica alusión a una auténtica escuela satírica genuinamente valenciana, que habría nacido en torno al eclesiástico y ajedrecista Bernat Fenollar (s. XV).

Enmarcada en el contexto anteriormente mencionado, la falla se inserta también en esta tradición. Su celebración en la festividad de San José, típicamente en el período cuaresmal previo a la Semana Santa, le otorgó además el aire carnavalesco que la caracteriza. De forma que en el seno de esa tradición, la masa social encontró en las fallas una forma excelente para expresar su crítica o descontento como arte satírico. En esta línea, es bien conocido el contenido político-social de las figuras representadas en las fallas, con permanente presencia de políticos, instituciones, personajes famosos,… en escenas que los ponen en evidencia, burla o directa crítica por sus comportamientos.

La falla que prende en la noche de San José ciertamente sucumbe pero purifica con su consumición, como ya pretendieran los antiguos. Su llama es también purga que, como decíamos antes, no sólo da calor – aporta sentido –, sino que también ilumina y purifica evidenciando la negatividad, la injusticia, la hipocresía, la inmoralidad, el robo, el escarnio, el mal. La quema del pelele se vuelve aquí consuelo ficticio para quienes sufren ese mal.

En el contexto de la migración del campo a la ciudad con la industrialización y su vertiente más dramática, bolsas de población trataban de buscarse la vida en la ciudad en condiciones muy precarias, cuando no de pobreza directa. La ciudad que se había mostrado como oportunidad para los nuevos oficios de la época medieval 1489830357_373091_1489830778_noticia_normalen esa primera revolución burguesa se revelaba esta vez como destino obligado para la nueva clase obrera de sus suburbios en una nueva revolución del capital industrializado. En ese contexto, la falla habría comenzado a desempeñar su función como instrumento de crítica social y de rebeldía frente a ese mundo moderno, del progreso industrial, y del poder establecido que lo ampara. La crítica intrínseca de la falla bien puede haber nacido como respuesta frente a este conjunto de procesos sociales que en definitiva desposeyó a aquellas gentes de su tradición rural perdida, manteniéndolas en muchas ocasiones en una situación degradada o fatal.

Pero como práctica social, consolidada con el paso de los siglos, este instrumento de crítica política y social fue evolucionando. Pasó por un primer período en el que la burguesía trató de prohibirla hasta que, sofisticando sus métodos, acabó domesticándola y reconduciéndola a fin de constituirla en una institución nueva, en ocasiones incluso al servicio del poder. En la época republicana se canalizó su crítica especialmente contra la monarquía y la Restauración, aunque se reavivó un tanto la forma original de la falla popular y crítica. Tras la llegada del franquismo, las fallas se institucionalizaron definitivamente con la creación de los premios por categorías (especial, infantil,…), con la dotación de organismos como la Junta Central Fallera y con la ruptura definitiva con su origen secular al vincularlas formalmente a la religión oficial del régimen, instituyendo dentro de las celebraciones la famosa Ofrenda a la Virgen.

Para muchos, ni siquiera la época democrática le ha devuelto a la falla la libertad de expresión y su acidez crítica originales, limitándose a ejercer una crítica blanca, razonablemente asequible para el poder y que evita un exceso que pueda costarle un premio. Esta autolimitación en su politización le otorga precisamente un barniz conservador, una oportunidad perdida para pronunciarse por las calles durante su exposición. El paso de las décadas y el valor simbólico de su carácter cíclico como metáfora vital, tal y como hemos visto, fue decantándose bajo una forma de herencia y tradición que ha facilitado su asimilación por parte del propio sistema criticado. Este valor hereditario de la tradición acabó consolidando mentalidades afines a la heteronormatividad rigurosa e inflexible típicamente conservadoras. Hasta el punto de que esta fórmula de crítica social tolerada por el sistema ha acabado acogiendo algunas expresiones incluso reaccionarias (homófobas, machistas,…).

Un ejemplo en este sentido es la transformación que ha experimentado desde su origen facilitador de la cohesión y la cooperación social en los barrios hacia un nuevo paradigma establecido progresivamente de clara competición social. Un ejemplo lo tendríamos en la figura de la Fallera Mayor, que surgió en tiempos de la República con el objeto de dar visibilidad a las mujeres, y cuyo cargo era elegido democráticamente. Pero en la práctica, incluso hoy detentan ese honor con mucha frecuencia aquellas personas con más capacidad de movilizar contactos, emparentando el título con cierto estatus social y, por otra parte,fotospropias20190126205435 perpetuando una imagen un tanto sexista y patriarcal sobre la mujer objeto. Y esta competición por el estatus social de la Fallera Mayor se enmarca en un ecosistema general en el que importantes sumas de dinero, favores, compromisos y esfuerzos invertidos contribuyen a perpetuar y proyectar la estratificación social que se observa en esas comisiones falleras, en la jerarquía del reconocimiento de los premios y de la Junta correspondiente, en la competición que en ocasiones ha devenido excesiva entre barrios, y en las formas típicas que el poder vertical ejerce en entornos de competición, habiendo permeando hasta la extenuación aquel instrumento original de crítica social. Sólo en los últimos tiempos se observan movimientos alternativos que pretenden huir de ese mundo tradicional retornando a aquellas Falles Populars i Combatives, aunque en tantas ocasiones sea bajo la ficción de una pureza originaria, un estado de naturaleza bondadoso, en el que suelen incurrir con ingenuidad las visiones más progresistas.

En definitiva, y como cabía esperar, cualquier práctica social suficientemente sedimentada en las poblaciones ofrece siempre una rica variedad de facetas sobre las que reflexionar. Y una vez más la búsqueda de sentido y las herramientas de crítica o legitimación del poder no sólo crecen arraigadas la una a la otra, sino que siguen sirviendo como ejes de referencia imprescindibles para reflexionar sobre el comportamiento humano.

Un pensamiento en “Meditación sobre la falla valenciana

  1. Jesús Morote

    Ciertamente, Javier, el acto social y cultural de Las Fallas, como algunos otros emparentados con este, da lugar a un campo de reflexión filosófica más o menos profunda.

    Este acto evoca, sin duda, arraigados mitos en la Filosofía occidental, desde la ekpýrosis, atribuida en origen a Heráclito, aunque de forma algo dudosa, y tan estimada por los estoicos, hasta el “eterno retorno” de Nietzsche, aunque me declaro incapaz de entender cuál es el contenido exacto que este tópico tiene en la filosofía de este. E, incluso, hunde sus raíces en la aún más remota antigüedad de los mitos religiosos griegos, como el de Hades y Perséfone, o romanos, como las Saturnales. En resumidas cuentas, no sería sino la asunción y antropomorfización de algo que nos es consustancial a quienes vivimos en el planeta Tierra: el ciclo de las estaciones, donde a la “muerte” de la naturaleza durante el Invierno le sigue la “resurrección” en la Primavera, algo que tiene también su traducción en la primaveral Semana Santa de los cristianos.

    Parece buena idea separar, como haces tú, entre la consideración del aspecto social del más natural de la cuestión, que, partiendo de la constatación de los ciclos vitales en la Naturaleza, se recoge en el interior del hombre como certeza de la muerte y esperanza de la resurrección.
    Sin embargo, el trasladar esas constataciones y consideraciones al ámbito social es enormemente problemático. Ciertamente, la cualidad natural del hombre, como ser vivo, conlleva un alto grado de adaptación al entorno, por lo que parece que cualquier desastre natural envuelve en sí una adaptación evolutiva y, en consecuencia, una superación de las dificultades naturales. No obstante, no hay que olvidar que a lo largo de la existencia de la Tierra muchas especies se han extinguido, así que no demos por hecho que, para decirlo en palabrería política estos días de moda, la L se va a convertir por designio natural en U, o que la “curva de contagio” va a revertir en un descenso tras el ascenso vertiginoso de estos días. Eso son artimañas oratorias de predicador barato.

    Personalmente confío en que va a ser así, por la natural facultad humana y animal a la adaptación, aunque también los virus tienen capacidad adaptativa, no lo olvidemos.

    En todo caso, lo que resulta más interesante, desde el punto de vista filosófico, no son los ciclos naturales, sino los ciclos sociales. Vengo pensando mucho estos últimos días en las sabias palabras de Ortega y Gasset que, cuando habla del hombre-masa, dice que este piensa que la Civilización es algo natural, no algo que hay que construir cada día (¡qué esfuerzo para el hombre-masa! Ufff, qué pereza), pues debajo del asfalto de nuestra cómoda civilización lo que hay es la selva, presta a aparecer en cuanto dejemos de realizar las labores de mantenimiento del suelo de asfalto y cemento con que la civilización la oculta.

    El análisis que haces en la entrada a la “crítica social domesticada” de Las Fallas creo que deja de lado algunos aspectos fundamentales. Ciertamente, en toda sociedad hay un malestar que, en mayor o menor grado, amenaza la estabilidad del sistema y que el propio sistema intenta “domesticar”, con mayor o menor éxito. La permisividad de cierto grado de crítica política y social no deja de ser una válvula de escape para que la presión del malestar no se acumule en exceso dentro de la olla y esta no reviente. La misma asimilación festiva de la crítica con la muerte y la resurrección de la naturaleza, creyendo quemar con los burlescos ninots a la vez las lacras sociales, no es sino parte de esas válvulas de escape.

    No obstante, cuando el malestar social se ve llevado a situaciones límite (como quizá sea la presente) Las Fallas ya no sirven y se pueden suspender, porque no cumplen ninguna función social útil. Ya no sirven, al menos como válvula festiva de escape de la crítica social y política, pues esta toma otros derroteros menos alegres.

    La cuestión central de una crisis social y política de envergadura no es la crisis en sí misma sino: ¿cuál será la salida a esta? Al igual que algunas especies biológicas, también muchas Civilizaciones se hundieron a lo largo de la Historia, la Grecorromana, las precolombinas, etc. Por tanto, la cuestión central es: ¿asistimos al final de un sistema político, económico y social (en nuestro caso el del Estado del Bienestar? ¿O el propio sistema es suficientemente fuerte y válido para superar la crisis y resucitar de sus cenizas, como la Naturaleza en cada nueva Primavera?

    Parece que esto es lo que está en juego en la presente circunstancia. Sin pronunciarme al respecto, pues no soy adivino, sí me gustaría hacer una última reflexión. No sé si recordarás nuestros viejos debates a raíz del 15-M. En aquel entonces, yo me aventuré a afirmar que dicho movimiento era un “metarrelato sin relato”. No creo haberme equivocado. La deriva de dicho movimiento hacia el grupo político Podemos y “mareas” adheridas, ha ido cristalizando en un relato que yo entonces no vaticiné ni sospeché, o, por mejor decir, no ha creado un nuevo relato alternativo, sino que ha recuperado los restos del naufragio de las derrumbadas “democracias reales”, resucitando las caducas y fracasadas recetas del relato marxista-leninista y de su versión estalinista. Resumiendo, las evidentes discrepancias en torno al metarrelato se han concretado en las actuales discrepancias en torno al relato, en su versión más cruda: liberalismo (tal vez con algunos con tintes socialdemócratas, si es que la salida de la crisis lo permite, cosa que está por ver) contra comunismo.
    Tal vez algún avance médico, sea paliativo sea preventivo, pueda arreglar el desastre médico-sanitario. Pero eso no va a arreglar el problema socioeconómico. Y la crisis nos ha puesto cara a cara ante la elección. Las Fallas de cartón se han suspendido, pero han sido superadas con creces por el efecto devastador del coronavirus; estamos en plena cremà. ¿Qué aspecto tendrá la nueva sociedad resucitada que se edificará sobre las cenizas de la antigua?

    Estoy tentado de decir: Dios o el Destino lo dirán. Pero prefiero retornar a Ortega y Gasset y su hombre-masa. Tal vez la modernidad viscosa de la sociedad liquida todavía no haya acabado convirtiendo todo en hombres-masa. Pero se ha dejado avanzar tanto la viscosidad que no me permito ser demasiado optimista al respecto. En todo caso, habrá que ponerse a ello, como hombres-individuos, los que podamos, y resistir como sea al hombre-masa, actualmente ocupado en ver en qué mata el tiempo en su reclusión domiciliaria forzosa.

    Un saludo.

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