“La percepción del cambio” de Henri Bergson (I)

Jesús M. Morote

Presento en esta entrada y en otra que aparecerá posteriormente la traducción de dos conferencias que pronunció Henri Bergson en la Universidad de Oxford en 1911 sobre el tópico metafísico del movimiento y el cambio. Aunque la Metafísica, en sus orígenes, se configuró como la ciencia que está “más allá” de la Física, como una especie de sustrato de los fenómenos físicos que intentaba dar razón de aquello a lo que no alcanzan nuestros sentidos y que, presumiblemente, explicaría, como ultima ratio, todos los fenómenos del mundo en su auténtica base y fundamento inconmovible, a principios del siglo XX, y desde entonces hasta nuestros días, esa ciencia última (o Primera, según se mire) ya no podía concebirse como fundamento o sustrato de nuestro conocimiento de la realidad, sino como meras premisas ideológicas, por lo demás arbitrarias, en el sentido de carentes de fundamentación, de una concepción del mundo.

Bergson no era un filósofo de la Ciencia, sino un filósofo moral, en el sentido de que su móvil intelectual era la felicidad humana, a cuyo servicio debería ponerse la acción humana. Aunque la consustancial unidad inherente a todas las ramas del saber filosófico obliga a considerar todos los aspectos del mundo (incluidos los relativos a la Teoría del Conocimiento y a la Filosofía de la Ciencia) en la especulación con fines metafísicos, en el sentido que se puede dar a la Metafísica desde el siglo XX.

En estas conferencias se refiere Bergson a algo que ha estado en el origen de la Filosofía desde la antigua Grecia y que ha constituido un leit motiv de la Filosofía desde entonces y que, por tanto, no parece que pueda ser eludido en el pensamiento filosófico del presente, sino, antes al contrario, tiene que formar parte de los fundamentos de cualquier ideología, incluso la más puramente orientada a la política y la moral. Me ocuparé en esta primera entrada de la primera conferencia de Bergson, y dejaremos la segunda para otra posterior entrada.

¿Qué papel se puede adjudicar a la Filosofía en las sociedades contemporáneas, dominadas por la hegemonía del saber científico como forma de interpretar el mundo? Pues nada más y nada menos que el de ser capaz de integrar ese conocimiento científico en el proyecto humano de alcanzar la felicidad, en la pretensión humana del bien vivir. Cosa que, ciertamente, la sola ciencia se muestra incapaz de conseguir, por mucho que sus extraordinarios avances y descubrimientos hayan proporcionado al hombre bienes y servicios impensables hace trescientos años. El diagnóstico de Bergson es claro: “la ciencia positiva se ha apropiado de todo lo que es incontestablemente común a cosas diferentes, la cantidad, y no le queda entonces a la filosofía sino el campo de la cualidad, en el que todo es heterogéneo con todo, y en el que una parte jamás representará el conjunto si no es en virtud de una decisión discutible, si no arbitraria”.

Henri Bergson

El hombre, como animal volcado a la acción práctica, necesita de la especulación científica. Pero el conocimiento científico, con sus métodos cuantitativos, no puede dar respuesta a toda nuestra sed de conocimientos. Por ello el hombre intenta llenar las lagunas de su conocimiento, pero lo ha hecho, a lo largo de la historia de la Filosofía, de una forma equivocada: aplicando el método científico, esencialmente reduccionista y cuantitativo, a toda la realidad, con su infinita diversidad cualitativa, derivando así, hacia una arbitrariedad que conduce al enfrentamiento entre posiciones de partida dispares y rivales e incompatibles. Bergson intenta buscar una nueva vía, un nuevo camino, partiendo de la búsqueda de puntos de concordancia, que puedan ser admitidos por todos.

El primero de ellos es el siguiente: “Si los sentidos y la consciencia tuviesen un alcance ilimitado, (…) no tendríamos necesidad de concebir, ni tampoco de razonar. Concebir es un sucedáneo cuando no nos es dado percibir, y el razonamiento se hace para rellenar los vacíos de la percepción o para ampliar su alcance”. No se puede sino estar de acuerdo con Bergson. Tomando el más sencillo esquema de razonamiento humano, de la forma “si X e Y, entonces, Z”, se puede apreciar fácilmente que de lo que se trata es de que, como solo puedo percibir X e Y (premisas procedentes de la observación), pero no Z, deduzco Z de tales premisas, llenando así el vacío de la percepción acerca de Z. Lo más llamativo, sin embargo, de estas afirmaciones de Bergson es que lo que en principio se nos presentaba como el culmen de las facultades del hombre, la capacidad de raciocinio, se nos presenta ahora como el resultado de una deficiencia: la razón aparece porque nuestra capacidad de percepción es muy limitada.

El segundo punto acerca del cual Bergson propone conformidad universal es que la Filosofía nace, precisamente, de esas deficiencias de la percepción. La Filosofía no trabaja con los datos de la percepción, con lo “percibido”, sino con meros conceptos, con lo “concebido” por nuestra mente más allá de la percepción. La Filosofía, en efecto, es una Metafísica que trabaja con los conceptos, y se halla más allá de la Física, que trabaja con las percepciones.

Finalmente, el tercer punto de concordancia que propone Bergson, es que, no pudiendo ser contrastables los conceptos, que son la “materia prima” de la Filosofía, con ninguna percepción sensible, puede haber infinitas “filosofías”, y todas ellas basadas en la arbitrariedad del trabajo de conceptuación, sin que sea posible someter a juicio objetivo y ecuánime las diferentes “filosofías”. La lucha “ideológica”, pues, se presenta de forma tan ineludible como insoluble.

Descartes

Hay en esta exposición una evidente huella del pensamiento cartesiano, pues ya Descartes había constatado que nuestros sentidos tienen un alcance limitado, y ahí radicaba la causa de los errores humanos, si bien imputando tales errores a un exceso de la voluntad, que “quería” saber más de lo que los sentidos le mostraban. Pero Descartes sostenía que una deducción adecuada a partir de las sensaciones “claras y distintas” podría depurar de errores el conocimiento humano. Y es ese salto el que Bergson se niega a dar: la conceptualización de los datos de los sentidos empobrece estos y, en consecuencia, sesga la percepción y no conduce a la verdad, sino a múltiples “verdades” (o más bien opiniones ideológicas) incompatibles entre sí, según el sesgo arbitrario que cada uno dé al proceso de reducción que transforma las percepciones en conceptos.

Lo que Bergson propone no es ahondar en la conceptualización de lo percibido por los sentidos (como hacía Descartes) sino rechazar esa conceptualización en favor de una ampliación de nuestra capacidad de percibir, justo lo contrario del camino tomado por la Filosofía, que ha venido apostando hasta ese momento por la especulación limitativa de lo percibido para abrir campo a la Metafísica, que trabaja exclusivamente con conceptos abstractos que, como mucho, no son sino un adelgazamiento espectral de lo percibido por los sentidos. La Filosofía “desvía” la atención del lado del interés práctico del universo para desplazarla hacia lo que “no sirve para nada”. Pero hasta ahora lo ha hecho de forma totalmente equivocada, huyendo de los sentidos, y dirigiéndose a un mundo de ideas, muy alejado de la realidad. El platonismo sustituyó la realidad sensible (que consideró mera apariencia) por una realidad “auténtica”, extrasensible.

Incluso la crítica kantiana a esa Metafísica, observa Bergson, permanece presa del mismo principio metafísico que critica. La única diferencia entre Kant y los platónicos es que Kant cree imposible la Metafísica porque rechaza la posibilidad de intuición del mundo extrasensible, no porque rechace que exista ese mundo extrasensible. Con esa doctrina, Kant renuncia a lo que Bergson considera tarea principal de la Filosofía: ampliar el campo de la percepción, quitando el velo metafísico que nos oculta gran parte de la realidad sensible.

Kant

¿Y cuál es ese velo metafísico que nos nubla la capacidad de percepción sensible y nos la limita? Precisamente, negarnos a entender el movimiento y el cambio. Pensar que el movimiento es el origen de la falsedad, ya que la verdad es inmutable. Bergson postula todo lo contrario: solo el movimiento y el cambio es lo real. El origen de los errores filosóficos, por el contrario, es haber solidificado, petrificado, el movimiento, a través del predominio del concepto sobre lo realmente percibido por los sentidos.

Traducción: La percepción del cambio (primera conferencia)

Un pensamiento en ““La percepción del cambio” de Henri Bergson (I)

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