¡Es la ideología, estúpido!

Javier Jurado

La RAE dice que la ideología es un “conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político“. Así es como comúnmente lo tomamos. Pero lo cierto es que las ideologías tienen un calado mucho mayor en nuestra capacidad para interpretar la realidad que al menos desde Marx es objeto de reflexión. Hoy podemos intuir que, siendo inevitablemente necesarias, las ideologías nos retienen en ciertos niveles de estupidez que todos compartimos.

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Podemos decir que la realidad es tan compleja que nuestros mecanismos para interpretarla pasan siempre por simplificarla. La capacidad simbólica humana, necesariamente simplificadora, no sería sino el presupuesto de toda ideología. Los reforzamientos de ciertas conexiones neuronales desde una edad muy temprana van por esta línea. Nuestro sesgo cognitivo por interpretar la realidad con arreglo a las creencias previas que ya tenemos es harto conocido. Y en esta línea sucede con las ideologías políticas.

La ideología en el sentido peyorativo de Marx anestesia a las personas inyectándoles ciertas ideas encapsuladas que encubren relaciones de poder que las someten, de forma que no se rebelen, anulando su conciencia de clase. Pero más allá de esta instrumentalización política, la ideología es un mal probablemente inevitable a la hora de hacernos comprensible y asequible la realidad, y se comporta más bien como una batería de generalizaciones interesadas que simplifican su hipercomplejidad.

Simplificaciones de este tipo son comunes en nuestra psicología, como ya comentamos a propósito de considerarnos como sujetos libres. En este senitdo, resultan enormemente interesantes los sesgos cognitivos que han descrito autores como TverskyKahnemann y que valieron un premio Nobel. Por ejemplo, el sesgo de la representatividad, que nos hace extrapolar irracionalmente prejuicios estereotipados. También el sesgo de la disponibilidad que nos hace creer que es más abundante o probable aquello de lo que podemos generar ejemplos más fácilmente. Por último, el sesgo del anclaje, por el que hacemos estimaciones basándonos en hechos o datos que tenemos más próximos aunque no tengan nada que ver con lo que estimamos.

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Las ideologías políticas en gran medida se nutren de este tipo de sesgos. Su complejidad supone, sin embargo, que muy diversos factores pueden edificarla y que a lo largo de la experiencia vital puede ir evolucionando incluso hasta producir auténticos travestismos ideológicos. Por eso, incluso dentro de ciertos grupos más o menos homogéneos en términos sociológicos, las ideologías pueden variar. El equilibrio entre distintas posiciones ideológicas, sin embargo, puede haber servido de motor para desarrollar la capacidad adaptativa de las culturas, como ya comentamos en diversas entradas sobre la persistencia del eje político izquierda-derecha (1, 2, 3, 4).

Cuando la simplificación que supone cualquier ideología es excesiva, casi pueril, se suele hablar de populismo, ese indefinible pero tan manido término que básicamente se caracteriza por la simplificación dicotómica, el discurso contra las élites, la apelación a la emoción frente a la razón, el liderazgo carismático, etc. Para una sociedad mínimamente formada y especialmente desengañada – en el contexto de la crisis económico-político-social de nuestros días, o en el contexto más amplio de la crisis de las ideologías propia de la postmodernidad -, no todas las simplificaciones son igualmente asumibles. Ello no quita para que la desafección ciudadana con las élites políticas y las instituciones democráticas favorezca, por otra parte, la receptividad a los discursos populistas, aunque sean como opción desesperada intentando salir de una resignación que se rebela indignada.

Y es que, aunque los sesgos cognitivos pueden ser mitigados para quienes, con la debida formación, son suficientemente escépticos y capaces de librarse de ellos con el rigor al que aspira la ciencia, la fuerza de los sesgos inherentes a las ideologías políticas son enormemente resistentes. Las posibilidades de comportarnos como auténticos tontos ideológicos son enormes, pues nuestra obcecación en determinadas ideas a pesar de las evidencias es manifiesta, especialmente cuando se trata de cuestiones políticas. A pesar de vivir en la era de la información, en la que el contraste entre diferentes fuentes debiera hacernos revisar nuestros prejuicios y posiciones de partida de manera más sencilla, lo cierto es que información no es lo mismo que conocimiento, y por ello, nuestras reticencias a cambiar de opinión están muchas veces a prueba de estas evidencias.

En este sentido, Ignacio Oliveras nos traía hace poco un estudio que había realizado Dan Kahan, profesor de la Universidad de Yale, y con el que había llegado a probar que nuestra vulnerabilidad al sesgo es independiente del intelecto. En una serie de encuestas, en las que se preguntaba a los sujetos por sus habilidades matemáticas y su orientación ideológica, se contrastaba su respuesta ante dos escenarios: uno razonablemente neutro en términos ideológicos y otro de claro contenido político. En el primero, se planteaba a los individuos un supuesto en el que cierto laboratorio había desarrollado una pomada para tratar picores y había ejecutado una prueba con los siguientes resultados:

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Dados nuestros sesgos heredados, muchos pensaron ante estos datos que el picor de más personas había mejorado con la pomada (sesgo del anclaje, probablemente). Pero, aquellos sujetos que gozaban de suficiente habilidad matemática supieron darse cuenta mejor de que la proporción de pacientes que mejoraron con la pomada es ligeramente inferior a la del grupo que no la usó; y desde luego, que la proporción de los que empeoraron entre los que usaron la pomada es considerablemente mayor que en el otro grupo. Los datos demostraban por tanto que la pomada no era eficaz contra los picores, a pesar de esa primera impresión.

A continuación, Kahan expuso el segundo escenario con una matriz similar pero con un contenido político claro, cuestionando la eficacia de una política de control de armas en dos ciudades. Se mostraba el nivel de criminalidad en una ciudad donde se había prohibido las armas frente a otra en la que no se había hecho. Los resultados mostraron que la tendencia política permitía predecir muchísimo mejor los resultados que el criterio de la habilidad matemática que en el anterior ejemplo había servido para discriminar las respuestas. De hecho, paradójicamente, incluso los individuos con menor habilidad matemática fallaban menos que aquellos que la tenían, y que fallaban hasta un 45% más si el problema no se ajustaba a su ideología.

Existe, evidentemente, un enorme sesgo derivado deid nuestra necesidad de sentirnos pertenecientes a un grupo dentro del espectro ideológico. La propensión a sentirnos incluidos y reconocidos en nuestro entorno (salvo los típicos casos excepcionales que reaccionan drásticamente ante él y se posicionan ideológicamente en el otro extremo) refuerza hasta tal punto nuestros prejuicios, que sentimos que traicionamos ese entorno y perdemos algo de cuanto les debemos si reconocemos los datos que tenemos ante nuestros ojos.

El ejercicio crítico y el esfuerzo por el conocimiento no deben cesar, porque hasta cierto punto pueden liberarnos. Pero creer que un conocimiento más profundo de una disciplina, como por ejemplo la economía, libra del sesgo es ingenuo. Esta es una presunción de muchos economistas, que creen que sus datos respaldan sus creencias cuando muchas veces son sus creencias la que sesgan su interpretación de los datos. Aunque para evitar la simplificación ideológica más tosca sea un buen camino estudiar en profundidad una disciplina comprendiendo cuantos más métodos, teorías y puntos de vista reconocidos haya sobre ella, ello sólo es condición necesaria pero no suficiente para desprenderse de más sutiles formas de simplificación ideológica.

En definitiva, ante situaciones de incertidumbre, la simplificación ideológica, aunque sea tosca, es necesaria para sobrevivir, pues estadísticamente parece resultar mejor decidirse rápido y actuar, aunque se yerre, que permanecer en la indecisión. Pero, a la larga, hemos de reconocer que en general todos somos tontos ideológicos que dedicamos más esfuerzos, en general pero especialmente en política, a cuestionar y criticar los razonamientos y prejuicios ajenos que los propios. En los datos y los hechos que podamos compartir será más fácil encontrarnos, y es en ellos donde debemos poner el foco. Todo lo demás será fuego de artificio en un escenario político en el que el aparente diálogo sólo encubra tacticismos en la lucha por el poder.

5 pensamientos en “¡Es la ideología, estúpido!

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  3. David Feltrer Bailén

    Buenas tardes, Javier:

    Ahora que está de moda la “estúpida ideología progre” de hablar en femenino para referirse a ambos sexos (lo hace, por ejemplo, el catedrático de CC. Políticas de la UNED, Ramón Cotarelo), y dado que “todas” hemos sido un poco “estúpidas” alguna vez, yo lo habría titulado así:

    ¡Es la ideología, estúpida!

    De lo contrario, y dada la estupidez ideológica de moda que suscriben profesores como el señor Cotarelo, corres el riesgo de ser tildado de machista (mentira podrida, por supuesto). Aunque también podrías defenderte aludiendo a que sólo te referías a los varones, dado que no hay mujeres estúpidas (mentira también).

    De todos modos el título alternativo que te propongo hubiese incurrido, por ideológico, en la máxima estupidez jamás concebible. Y entonces hubieses incurrido en contradicción. ¡Menos mal que no ha sido el caso!. Me alegro, pues, de que te hayas mantenido al margen de la estupidez ideológica.

    Por lo demás, totalmente de acuerdo con lo que dices.

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