Observaciones sobre el dinero en tiempos críticos (I)

Héctor J. Ibáñez Durá

Nuestra toma de decisiones en el ámbito ordinario se encuentra mediada por el uso del dinero, tal vez en grado insospechado por la opinión general. Pero ¿cuál es la verdadera naturaleza de este concepto, ampliamente utilizado, cuya manifestación óntica se nos presenta tan a mano? ¿Acaso alberga en su seno contradicciones potencialmente fatales o perniciosas, desde una perspectiva práctica, para las sociedades que lo emplean?

Toda vida en sociedad, toda convivencia, está apuntalada por diversas instituciones creadas y consentidas por los propios individuos que la componen. Estas pueden revestir diversas formas, tales como pautas de comportamiento, formas de relación, distribución de funciones, herramientas, etc., de las que se sirven con el fin de implementar cierto orden que facilite el buen desarrollo y cumplimiento de sus aspiraciones vitales.

Entre todas las instituciones, pocas están continuamente presentes en el día a día, pero permanecen a su vez tan incomprendidas generalmente, como la institución del dinero. Tal vez ello se debe al nivel de abstracción que ha alcanzado en nuestros días; tal vez porque acabó convirtiéndose en una muy potente arma de control, concienzudamente custodiada por los esotéricos poderes que la detentan; quizá por el sesgo cognitivo que provoca su cercanía en lo cotidiano, lo que genera en nosotros cierta ilusión de familiaridad; o acaso por otra serie de factores intrínsecos a su esencia y a su utilización, que me propongo desbrozar aquí.

No han ayudado en este sentido el folclore, la llamada sabiduría popular, ni las aportaciones de ciertos prebostes de la cultura, que tan nocivamente han contribuido a mantener oscurecido el concepto. Expresiones como El dinero no da la felicidad y el aforismo atribuido a E. Hemingway, Un rico es diferente al que no lo es: tiene más dinero, incurren en el mismo y lamentable quid pro quo consistente en confundir dinero y riqueza o, expresado en terminología actual, patrimonio.

El presente artículo constituye un ensayo, un ejercicio de comprensión de tan extraordinario concepto. Se escindirá en dos partes, sin perjuicio de posibles ampliaciones futuras: una primera, destinada a remarcar aspectos fundamentales del dinero, y dirigida, a modo de apoyo, principalmente al lector poco familiarizado con algunos rudimentos de la teoría monetaria; y una segunda, en la que se especulará sobre cierto tipo de implicaciones que conllevan el uso del dinero, i.e. fuerzas que afectan sotto voce a nuestro modo de estar, individualmente y colectivamente, en la sociedades regidas por la propiedad privada.

Nociones sobre el dinero

Trayectoria

El dinero ha adoptado distintos y muy variopintos disfraces a lo largo de la Historia, merced a su propia esencia. Piedras, sal, ganado, metales preciosos, monedas y otros objetos fueron utilizados desde tiempo inmemorial en el intercambio indirecto de bienes económicos. El intercambio directo, o trueque, consiste en la entrega de un bien, que tiene por fin la contraprestación de otro bien, cuando ambas partes pretenden consumirlos. Con el paso del tiempo, y para mayor comodidad y eficiencia en las transacciones, el trueque fue cayendo paulatinamente en desuso, en favor del intercambio indirecto, o intercambio mediante dinero. Ejemplo de esto último: el agricultor que planificara adquirir en el futuro nuevos aperos para cultivar sus tierras, tendría ahora la posibilidad de vender en ese momento su producción hortofrutícola, a uno o a varios interesados en este tipo de bienes alimenticios. Ello, a cambio de determinada cantidad de un objeto cuya especificidad, independientemente de cualesquiera otras consideraciones, consiste en estar revestido de propiedades monetarias,  que podría entregar en otro momento temporal, y si fuera menester en otro lugar, al mercader que le proveería de dichas herramientas de cultivo.

Las veleidosas cuitas humanas condujeron este singular tipo de instrumento, que es el dinero, por el enredoso sendero de la abstracción. O, expresado de otro modo, su realización se desligó progresivamente de la materialidad a través de la que tradicionalmente venía manifestándose. Lo que hasta el momento habían sido entes cuya utilización monetaria –i.e. entes empleados como dinero y valorados en cuanto tal por su usuario– se encontraba indisolublemente ligada a sus peculiares propiedades físicas y a su valor económico, se trocó posteriormente en cierta clase de objetos valorados económicamente por causas enteramente distintas de su configuración material. Puede ocurrir –y ocurrió, ciertamente-  que un rebaño de cabras tenga valor económico para alguien y, a su vez, utilidad dineraria. No obstante, quien adquiere tal rebaño con fines dinerarios, lo adquiere exclusivamente en virtud de determinadas y singularísimas propiedades, que no guardan relación alguna con la explotación de las cabras para, pongamos por caso, ingerir su leche o su carne.

Excurso: sin mayores precisiones, defino valor económico de modo similar a como es concebido por la Teoría de la utilidad marginal. Es decir, como la propiedad subjetiva, gradual/marginal decreciente y relativa de los objetos y de las acciones humanas que brota de la utilidad o satisfacción que reportan a su tenedor y/o a un tercero, en función de las necesidades particulares de este.

Decimos que el valor económico es subjetivo porque el mismo objeto o acción puede ser al mismo tiempo útil para un sujeto A, menos útil para un sujeto B e inútil para un sujeto C. Por ejemplo, y respectivamente, un tablero de ajedrez para un jugador habitual, o para un jugador ocasional o para alguien que ni juega ni está interesado en hacerlo. Añadimos que el valor económico es gradual/marginal decreciente en la medida en que el mismo tipo de objeto o acción puede ser más o menos útil en función de la cantidad poseída por un individuo. Por ejemplo, el jugador habitual encuentra útil en determinado grado adquirir su primer tablero, e incluso también le puede ser satisfactorio en similar grado un segundo tablero, sin embargo, a medida que incrementa el número de tableros considerados, la utilidad de estos nuevos tableros descenderá hasta desaparecer. Al jugador habitual le será menos útil poseer un quinto tablero, así como le será innecesario adquirir, por ejemplo, un décimo tablero, pues ya se apaña con los nueve que poseería en este caso. Vale decir, el nuevo ejemplar del mismo bien añadido a los anteriores es sistemáticamente menos valorado que el anterior. Finalmente, el valor económico de un bien b1 solo es efable en relación con cualesquiera otros bienes distintos del él: b2, b3,…, bn. Así, manifestamos nuestra mayor valoración de b1 respecto de bn -distinto de b1– si mostramos mayor preferencia por la posesión de una unidad del primero que del segundo; del mismo modo que significamos nuestra ecuanimidad respecto de b1 y bn -distinto de b1– cuando no exhibimos mayor inclinación por uno que por el otro. Esta circunstanciación de nuestras preferencias incorpora puntos de confluencia con nuestros semejantes, que contribuyen a determinar y robustecer la información de tipo económico intercomunicada. El vendedor de un tablero de ajedrez ignora en qué medida es valorado su bien, mientras los potenciales compradores no manifiesten que están dispuestos a intercambiarlo por X unidades de b2, Y unidades de b3, Z unidades de b4, etc. Y a la inversa, los potenciales compradores del tablero desconocen cuánto es valorado el tablero por el vendedor y cuánto valora este b2, b3, b4, etc. Fin del excurso.

Pues bien, un ejemplo de dinero casi carente, como normal general, de valor económico sobre la base de su materialidad es el papel moneda, cuyo origen se remonta probablemente a la China del primer milenio d.c. Un caso de ello es el llamado dinero fiduciario, o sustituto del dinero, como son los billetes redimibles en metales. Su posesión da derecho al portador a rescatar la cantidad marcada del bien indicado, previa entrega del billete a quien custodia dicho bien, generalmente una entidad de depósito. Por ejemplo, un billete de banco –privado– canjeable por oro contra su entrega en la oficina depositaria de este metal. Observamos aquí que el ente empleado como dinero, en tanto que portador de propiedades monetarias, es simplemente un fino papel de pequeñas dimensiones cuyo valor material se reduce en casi cualquier caso a la mínima expresión.

Más familiar para nosotros es el dinero fíat, que constituye la forma dominante desde principios de los años 70 del siglo XX. Históricamente, la transformación que su uso introdujo respecto del dinero fiduciario consistió en excluir de la circulación el bien que hasta la fecha hacía las veces de soporte dinerario, el oro. Los billetes y monedas de dinero fiat no están sustentados en un bien físico valorado de acuerdo con sus propiedades orgánicas, el aurífero metal precioso, que fue suplantado por el caliginoso concepto de la autoridad estatal, a través de uno de sus tentáculos, la banca central. De este modo, un billete o una moneda expresados en dólares estadounidenses o en euros o en rupias indias es valorable por su tenedor exclusivamente porque tal o cual órgano estatal emisor asegura dicho valor, lo respalda –Reserva Federal, Banco Central Europeo y Banco de la Reserva de la India, respectivamente.

En fin, nuestro tiempo está siendo testigo de nuevas formas de dinero, las criptomonedas, que conducen la idealización de este concepto hacia el más ignoto extremo, suprimiendo la necesidad de cualquier soporte físico, y reduciendo tanto su materialidad como su propiedad a codificaciones informáticas registradas en una base de datos descentralizada y anónima o pública, según el caso, que se ha dado en llamar Blockchain –cadena de bloques– y otros términos de semejante cariz. De entre las miles de monedas digitales existentes hoy día, algunas –ether, ADA,…– intentan funcionar como medio de cambio en su particular plataforma, para contratar diversos servicios; otras –bitcoin,…– pretenden sustituir el dinero fíat actual o, cuando menos, convivir con él; e, incluso, existen metamonedas –ripple,…– que confieren dinerabilidad a cualquier bien, para minimizar el coste de oportunidad en los intercambios.  

Definición

Aclaremos ahora qué entendemos por dinero. Sin adentrarnos en debates teóricos, podemos tomar una definición próxima a la aceptada habitualmente: el dinero es un bien económico, un activo económico, que realiza básicamente tres funciones: las de ser unidad de cuenta, medio de cambio generalmente aceptado y depósito de valor.

Tenemos conocimiento de que es un bien económicoi.e. un ente o acción valorado económicamente–, igual que cualquier otro: una manzana, una vivienda, los servicios de un abogado…, al menos desde el italiano Tomás de Vío, el cardenal Cayetano, (1468-1534), a quien interesaba mostrar que, por ello, también está sujeto a las leyes de la oferta y de la demanda. Esta idea podría parecer contraintuitiva hoy día, dado nuestro empleo exclusivo de dinero fíat. Sin embargo, resulta crucial tenerla presente. Si pasamos esta idea por el tamiz de nuestra definición de valor económico, confirmaremos que, en efecto, el dinero posee un valor subjetivo, porque, según en qué circunstancias, algunos agentes pueden estar muy dispuestos –v.g. en períodos de crisis económica–, moderadamente dispuestos, o nada dispuestos –v.g. en períodos inflacionarios– a intercambiar sus bienes por dinero, tal como comentaremos en la segunda parte. Es relevante no confundir este valor subjetivo con el valor facial o nominal, denominado tradicionalmente valor de cambio, de determinados tipos de dinero, como una moneda de 1 euro, de 1 sestercio o un billete de 5.000 pesetas. Continuando con lo anterior, convalidamos también que el dinero posee un valor gradual/marginal decreciente, puesto que un sujeto A necesitado de la utilidad que le reporta el dinero, i.e. que requiere de sus funciones, valora más la primera unidad de dinero que la segunda, y la segunda más que la tercera, y así sucesivamente hasta no valorar en nada la unidad enésima.

Ilustremos este punto: supongamos que nuestro agricultor quiere adquirir una azada y que su riqueza está compuesta exclusivamente por producción hortofrutícola. Luego carece del dinero necesario para intercambiar parte de su riqueza por el apero. Por tanto, en primer lugar deberá comprar dinero vendiendo cierto volumen de su producción, por ejemplo, 40 kg. Concedamos ahora que el vendedor de aperos solo acepta cabras como dinero y que exige a nuestro agricultor 2 cabras por la azada. Por tanto, nuestro agricultor valorará mucho menos comprar una tercera cabra que una segunda, ya que dos unidades dinerarias –2 cabras– son suficientes para satisfacer su necesidad de adquirir la azada. Finalmente, sostenemos que el valor del dinero es relativo al de otros bienes, como se desprende del ejemplo anterior, en que determinamos su valor refiriéndolo a la azada y a los productos hortofrutícolas: 2 cabras = 1 azada = 40 kg frutas y hortalizas.

Se observa, pues, su cometido como unidad de cuenta. El dinero es un traductor numérico, la medida equivalente del valor de los bienes económicos, cristalizado en sus precios. Gracias a él, adquirimos información sobre las preferencias de nuestros semejantes respecto de tal y cual bien, pues los distintos grados en que los valoran se revelan en la cantidad de dinero que aceptan entregar a cambio de ellos. Si un individuo A está dispuesto a intercambiar con otro individuo B X unidades dinerarias por el bien b1 y 2x unidades dinerarias por el bien b2, entonces inferimos que A atribuye el doble de valor a b2 que a b1.

Ahora bien, para que un activo económico cualquiera pueda ser considerado dinero, debe ser necesariamente empleado como medio de cambio generalmente aceptado, idea que ya está presente tanto en Libro I de la Política aristotélica y como en su Ética. El Estagirita advirtió que su uso agilizaba enormemente el intercambio y la producción en las sociedades donde impera la división del trabajo y la propiedad privada. No resulta asimilable imaginar a un zapatero alimentándose del calzado que él mismo fabrica, aun si este zapatero fuese encarnado por el Charles Chaplin de The Gold Rush; como tampoco parece viable que un abogado preste siempre sus servicios profesionales como contraprestación por todos sus intercambios, entre otros motivos, porque no todas sus contrapartes necesitarán dichos servicios en el acto de compra-venta.

En los estertores del siglo XIX, Simmel intentó fundamentar esta función del dinero, empleando el concepto de intersubjetividad. Si bien es cierto que él se encontraba principalmente interesado en el dinero fiduciario, recordemos, sustitutos de dinero redimibles en metales preciosos, tales como billetes de banco –privado–, certificados de depósito o cheques, el recurso a la intersubjetividad es extensible a toda clase de dinero. La intersubjetividad aplicada al dinero no sería más que los espontáneos y circunstanciales, pero relativamente estables, puntos de confluencia en que convergen las evaluaciones subjetivas de los individuos respecto de la atribución de propiedades monetarias a los activos económicos. Anteriormente, hemos señalado algunos de los bienes que a lo largo de la Historia de la humanidad han servido de dinero, y no es el objeto de este artículo explorar los motivos, con base en la intersubjetividad según el alemán, que condujeron a las distintas sociedades a adoptar aquellas formas. Pero este concepto se envuelve con cierto halo de convicción cuando dirigimos la mirada a situaciones dominadas por condiciones extremas, tales como el comercio entre reclusos en los campos de concentración y de exterminio nazis de la II Gran Guerra. En efecto, es característico de estos lugares carcelarios –también se ha reflejado en el Cine; véase v.g. The Shawshank Redemption– el uso del tabaco como medio de intercambio generalmente aceptado, algo que, hasta lo que conozco, no se ha dado en ningún otro lugar. La intersubjetividad, pues, conlleva implicaciones cruciales, ya que se traduce, apunta Simmel, en una demanda frente a la sociedad. En nuestro ejemplo anterior, el vendedor de aperos exhorta al agricultor a contraprestarle cabras por la azada, pues de otro modo no estaría dispuesto a acordar el intercambio. Teniendo siempre presente que aquel efectúa este tipo de demanda porque, a su vez, es o será requerido a emplear cabras/dinero por un tercer agente, y así sucesivamente con todos los miembros de la comunidad.

La tercera de las principales funciones del dinero es servir de instrumento para el depósito de valor. Este es un aspecto fundamental. El agricultor encuentra el inconveniente de que su producción es perecedera en el corto plazo, es decir, su riqueza se deteriora progresivamente hasta desaparecer al cabo de unos días. Esto hace inútil la parte de su producción destinada al intercambio, si el tiempo en que se conserva en buen estado excede el plazo en que se pretende llevar a cabo la compra de la azada. Por ello, el agricultor debe poder comprar dinero en cualquier momento, conservarlo el tiempo necesario y entregarlo al vendedor de aperos en un futuro indeterminado. Lo cual implica que, durante el lapso temporal que transcurre entre la venta de su producción –compra de dinero– y la venta de su dinero –compra de la azada–, el valor de este deberá mantenerse lo menos variable posible. Es decir, el agricultor vende 40 kg de hortalizas/frutas en el momento t y con ellos compra 2 cabras/dinero, porque este es el precio que acordado con el vendedor de aperos por 1 azada en t. Luego, es conveniente que en el momento t+n, cuando se efectúe la venta de las cabras/dinero para adquirir la azada, la relación de valor entre ellas siga siendo 2 cabras/dinero = 1 azada. Hecho plausible, habida cuenta de que la esperanza de vida de estos bóvidos puede alcanzar los 20 años. Si se diese otra situación, v.g. que en t+n la relación de valor fuese de 5 cabras/dinero = 1 azada, entonces se produciría una suerte de desajuste próximo al fraude, muy habitual en nuestras sociedades contemporáneas.

Por este motivo, ya en el corazón de la Edad Media Tomás de Aquino reclamaba que el poder de compra del dinero, específicamente de la moneda en su caso, no debía ser alterado por causas distintas de los efectos normales producidos por la oferta y la demanda, en la medida en que, ya ha sido apuntado, el intercambio mediado por dinero se basa en relaciones de valor que constituyen la información básica que los individuos incorporan a sus decisiones económicas. Simmel también recurrió a la intersubjetividad para justificar de algún modo la estabilidad del valor del dinero, principalmente el oro en aquel momento, un activo que hoy día sigue utilizándose como refugio para conservar el valor de la riqueza.

Apunte final

Si el dinero posee la misma categoría que cualquier otro ente o acción valorados económicamente, se sigue de ello que también será ofertable –del mismo modo que el frutero oferta manzanas, el agente inmobiliario oferta viviendas, el abogado oferta sus servicios–, y demandable. Nuestro agricultor demandó 2 cabras/dinero ofertando  40 kg de su producción, y posteriormente ofertó las 2 cabras/dinero para poder demandar 1 azada. A su vez, el vendedor de aperos demandó 2 cabras/dinero ofertando 1 azada.

Nos encontramos así ante uno de los miliarios de la Economía moderna: la “heraclitiana” Ley de Say. En su formulación original traducida, J. B. Say expresó lo siguiente:

“[…] un producto creado ofrece, desde este instante, una salida a otros productos por todo el importe de su valor. En efecto, cuando el último productor ha terminado un producto, lo que más desea es venderlo, para que su valor no esté ocioso en sus manos. Pero no tiene menor impaciencia por deshacerse del dinero que le proporciona su venta, para que el valor del dinero no esté tampoco ocioso: y como nadie puede deshacerse de su dinero sino tratando de comprar un producto, cualquiera que sea, se ve que el solo hecho de la formación de un producto abre desde este mismo instante la salida a otros”.

Quiere esto decir que la producción de b1 es necesariamente ya y al mismo tiempo posibilidad de demanda de bn, mediante la potencial oferta de b1. Comparémoslo con el fragmento DK 22 B 8, cita atribuida por Aristóteles a Heráclito: Lo opuesto se aviene, y de lo diferente [surge] bella armonía. No se trata meramente de una cuestión intencional, sino esencial. Desde esta perspectiva, la riqueza, en su existencia y en tanto que ente, proyecta el lugar que ocupa en el mundo hacia las esferas de cualesquiera otros entes que se le contrapongan postulándose como pertenecientes a la misma categoría económica, de modo que sus respectivos emplazamientos puedan ser permutables, lo que en los regímenes de propiedad privada se efectúa mediante el intercambio.

Corolario intencional y aspecto básico de cualquier economía: para consumir b1 –obtener riqueza  encarnada en b1– es indispensable generar dicho bien, o bien crear bn –riqueza encarnada en bn– e intercambiarlo por b1 directamente, i.e. en trueque, o hacerlo indirectamente mediante dinero. Esto es exactamente lo que se procuran el agricultor produciendo hortalizas y frutas (bn), el vendedor de aperos adquiriendo/fabricando la azada (bn), y cualquier individuo que oferta sus servicios (bn) en el mercado de trabajo en busca de alguien que los contrate.

Continuaremos en una próxima entrada.

Puntos de apoyo

                                                                                                                                           

M. N. Rothbard, Historia del pensamiento económico

L. Zelmanovitz, La ontología y función del dinero

5 pensamientos en “Observaciones sobre el dinero en tiempos críticos (I)

  1. Álvaro

    ¡Muchas gracias! Tu comentario me viene muy bien para seguir contextualizando todo este asunto en ASll y más allá de la asignatura.
    Un saludo.

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  2. Héctor Autor de la entrada

    Hola, usuario anónimo:

    Muchas gracias por tu comentario.

    En el fondo, la obra de Graeber que citas pertenece al secular intento, esta vez desde una perspectiva etnográfica, de demostrar que el dinero nació como crédito y que es un invento estatal, empleado originariamente para unidad de medida, y no espontáneo y “privado” a partir de la libre interacción de los individuos que pretendían agilizar los intercambios. Tradicionalmente, se ha considerado que existen dos grandes grupos enfrentados: por un lado, el de los catalácticos, entre los que se encuentran Menger, Simmel, Mises, etc.; por otro, el de los chartalistas, representado por Knapp, Keynes, Mitchell Innes ,… a los que Graeber menciona en su libro laudatoriamente.

    No me adhiero explícitamente a ninguna de estas corrientes, porque carezco de una opinión definitiva al respecto y porque no me resulta especialmente relevante desde el punto de vista del análisis del dinero como tal. Aún más: tengo la sensación de que dicha polémica tiende a traspasar conscientemente la frontera de lo teórico para introducirse en el terreno de lo ideológico. Los catalácticos serían defensores del libre mercado y los chartalistas apoyarían la intervención estatal sistemática en los asuntos económicos (Liberalismo frente a Socialismo y Socialdemocracia). Esta controversia no me azuza el interés.

    Los chartalistas, conscientes de que el trueque, tal como se ha entendido tradicionalmente, funda el paradigma histórico de la libertad de acción entre agentes iguales y dispuestos a colaborar entre sí, lanzan su torpedo a la línea de flotación enemiga: el trueque no se dio de forma regular y, si se dio, fue de forma esporádica y con contrapartes beligerantes ya conocedoras previamente de la existencia de ese bien tan peculiar que es el dinero. De modo que este funcionaría como correa de transmisión de esas relaciones de criminalidad y sometimiento, que contribuye a perpetuar.

    Sin ánimo de entrar en detalles, creo que Graeber no emplea con rigor determinada terminología económico-financiera. Por ejemplo, usa a menudo el concepto de dinero de forma inexacta (“El problema era que costaba dinero mantener el programa de erradicación del mosquito, pues exigía pruebas periódicas…”). También me parece que confunde “crédito” y “dinero-crédito”; y afirma que el dinero es indispensable para cuantificar una deuda, cuando lo cierto es que el valor de un crédito de x unidades del bien b1 es expresable en unidades de cualquier bien bn, distinto de b1, con el que se establezca una relación de igualdad. Ejemplo: préstamo de 10 gallinas con la promesa de recibir en el futuro 5 cabras o 3 vacas o…

    Antes de finalizar, y para aclarar por qué he dado tanto protagonismo al trueque en el comentario histórico, diré que tiendo inclinarme hacia la visión cataláctica, por varios motivos principales:

    1. Desde el punto de vista del rastreo arqueológico y antropológico, quizás es menos probable hallar testimonios documentales de trueque, ya que en este tipo de tratos la acción es concluyente por sí misma en cuanto a su finalidad. Esto no ocurre en los intercambios indirectos o cuando se formaliza una deuda, pues conviene conservar un registro que dé testimonio. Además, Graeber da por sentado el hecho discutible de que la forma de organización de las comunidades primitivas actuales es igual que la de las comunidades antiguas.

    2. Cabe la posibilidad de que ciertas comunidades emplearan inicialmente objetos como unidad de medida. Pero ese algo que sirve para medir, si no circula, no es dinero, sino un simple canon. Puede parecer un argumento circular y algunos me acusarán de incurrir en una falacia genética por asumir que el dinero debió surgir necesariamente como instrumento de cambio aceptado por la mayoría, toda vez que esta ha sido su función principal a lo largo de los tiempos. Sin embargo, lo distintivo e interesante de este bien es precisamente su capacidad para generar perturbaciones en las relaciones socio-económicas cuando se introduce de forma regular en el flujo de la economía.

    3. En una aldea de tipo comunal no tiene sentido, por definición, el trueque, ya que este presupone la propiedad privada. Pero sí lo tiene en zonas habitadas por distintos grupos, en las que cada comunidad funciona como propietaria exclusiva de sus haberes y realiza intercambios aislados con terceras comunidades. Que se lleven a cabo bajo amenaza, coacción o belicosamente no me parece relevante, ni dista de la realidad económica actual, del que, por ejemplo, acude a un concesionario para comprar un vehículo. Sobre esta base, creo muy plausible, como defendió Menger, que dichos intercambios intertribales se produjesen inicialmente negociando con los bienes que se tuvieran a mano y, posteriormente, tras reconocer la molestia que ello supone, se alcanzase una especie de acuerdo, probablemente tácito inicialmente, en virtud del cual determinado bien sirviese de medio de cambio aceptado por las comunidades de dicha zona.

    Saludos.

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  3. Anónimo

    Hola.
    Por lo que veo, tú también opinas que primero fue el trueque y luego el dinero. Parece desde luego la verdad fundacional de la ciencia económica. Pero no es así para el antropólogo David Graeber, donde en su obra “En deuda” expone que no hay ni una sola prueba de que esto sucediera así. No está probado en absoluto que ninguna comunidad anterior al dinero usara el trueque en su acción social como modo de intercambio. Acaso en relación con tribus más lejanas y potencialmente enemigas. Pero no era una práctica doméstica ni habitual en ningún círculo social de convivencia. El capítulo se titula “El mito del trueque”.
    Se estudia actualmente en el Grado de Filosofía en la Uned, En Antropología social. No sé si cuando tú lo cursaste también se estudiaba a Graeber.

    Un saludo y muchas gracias por el artículo.

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  4. Héctor Autor de la entrada

    Saludos, Jesús:

    Agradezco tus palabras y comparto contigo la fascinación y la perplejidad que me produce pensar sobre el dinero, como concepto formado a partir de los usos peculiares que hacemos de ciertos objetos. La cuestión es muy jugosa y creo, como ya has apuntado, que un solo vistazo a lo que aquí se dirime abre un abanico de interrogantes y problemáticas que conviene al menos desvelar.

    Entiendo la objeción que planteas, y me parece que puede estar al menos parcialmente respondida en la segunda parte del artículo. Seguimos comentando cuando se publique.

    Hasta entonces, un abrazo.

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  5. jesusmmorote

    Hola Héctor. Enhorabuena por el artículo; te introduces en un terreno bastante inexplorado y, sin embargo, creo que tiene muchísimo interés.

    Hablo de una Filosofía de la Economía. Es un poco intrigante que hayan proliferado “Filosofías” de casi cualquier rama de conocimiento humano. La de mayor tradición la Filosofía Política o Filosofía del Derecho; pero después vinieron la Filosofía de la Ciencia, la Filosofía del Arte, la Filosofía de la Biología, Filosofía de la Mente, etc. Y, sin embargo, pocos han intentado construir una Filosofía de la Economía. Sospecho que eso es debido a que una Filosofía de la Economía no sería otra cosa que una Filosofía de la Acción Humana, y subsumiría a la Ética o Filosofía Práctica. Pero nada parece haber más necesario que acabar con el formato actual de la Ética, que se ha convertido en una herramienta de análisis de la acción humana absolutamente inútil, reconvertida en nuestros días en una maquinaria de impartir moralina a diestro y siniestro, sin fundamento objetivo alguno sobre el concepto de valor y de las reglas que dominan la acción humana en general.

    Porque si hablamos de Economía hablamos de valores, es decir de una axiología que rige la acción humana en su relación con los demás. Pero, naturalmente, no hablamos de una axiología “a priori”, sino de un análisis “a posteriori” del que quizá podamos extraer unos principios “a priori” de la acción humana. Pero, como evidenció Kant en la Crítica de la razón pura, el conocimiento solo se puede basar en la observación experimental, y los discursos sobre conceptos “a priori” son completamente absurdos y conducen a extravíos de la razón. Curiosamente Kant no aplicó esa misma metodología a sus estudios sobre la razón práctica, con el consiguiente fracaso de su Filosofía Moral, pensada para un sujeto trascendental y que, por tanto, nunca ha servido de regla para ninguna acción humana conocida en el mundo.

    Sin perjuicio de esperar a la segunda parte de tu artículo, cuando se pueda observar el panorama completo que pretendes mostrarnos, sí me gustaría de momento hacer un par de comentarios a esta primera entrega.

    Desconocía que ya el Cardenal Cayetano habló del dinero como un objeto con valor económico propio, es decir, capaz de satisfacer alguna necesidad humana por sí mismo, y no solo como medio instrumental para comprar bienes y servicios para satisfacer necesidades. Esa idea, sin embargo, se puede encontrar en Ludwig von Mises (“La acción humana”) y ahí la leí yo. Y esta idea es opuesta a la de los economistas clásicos, como Say, a quien citas, para quienes el dinero era solo un instrumento de intermediación entre bienes, pero no un bien económico en sí mismo.

    Trasladando estas dos diversas posturas a terminología filosófica, en la concepción de Say el dinero no sería un ente, sino solo “el ser en cuanto ser”, en terminología de Aristóteles. En nuestro caso, “el valer en cuanto valer” desprovisto de los atributos de los entes en sus diversas manifestaciones. En cambio, en la concepción opuesta, como la de De Vío o Von Mises, el dinero sería también un “ente” en sí mismo, una cosa con valor, no “el valor en cuanto valor”. No obstante, conviene llamar la atención sobre un error en esta concepción, tal como tú la expresas en tu artículo: “Continuando con lo anterior, convalidamos también que el dinero posee un valor gradual/marginal decreciente, puesto que un sujeto A necesitado de la utilidad que le reporta el dinero, i.e. que requiere de sus funciones, valora más la primera unidad de dinero que la segunda, y la segunda más que la tercera, y así sucesivamente hasta no valorar en nada la unidad enésima.”

    Eso no me parece correcto. Precisamente una cualidad del dinero es que para él no rige el principio de la “utilidad marginal decreciente”. Y eso porque, al poder ser convertido en el bien que queramos, su “utilidad marginal” será la de cualquier bien existente en el mundo. Aún más: incluso de los bienes no actualmente existentes en el mundo sino de los bienes que hoy no existen pero pueden existir en el futuro, debido a la cualidad del dinero de ser un depósito de valor, que puede ser atesorado para gastar mañana. Y, por muy rico que se sea, no se poseen todos los bienes del mundo (y menos aún todos los bienes posibles en el mundo en el futuro), y, por tanto, la última unidad monetaria puede ser empleada en algo que no se tiene, con lo que su utilidad marginal puede ser enorme. La utilidad marginal del dinero es la utilidad marginal del bien del que no se dispone de ninguna unidad o se dispone de pocas. Por tanto, si el dinero es un “ente”, o cosa valiosa, es un “ente” muy especial, porque puede ser fácilmente convertido en cualquier otro “ente”. Por tanto, si el dinero puede dar lugar a una Ciencia particular (al modo de las ciencias de Aristóteles sobre cosas) también puede dar lugar a una Ciencia del Valor en cuanto tal (una especie de Metafísica Económica, del “ser en cuanto ser” o por mejor decir en nuestro caso, del valor en cuanto valor).

    Es una investigación fascinante y, en lo que yo sé, no explorada todavía: ¿Cómo puede un bien (el dinero) ser a la vez el “valor universal”? ¿Cómo puede una mera anotación virtual en una cuenta, sin realidad física alguna, tener una utilidad marginal no decreciente jamás?

    Esperemos tu segunda parte.

    Un saludo.

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