Crítica al discurso ideológico de la ciencia privada

Javier Jurado

En esta breve exposición pretendo hacer una crítica al discurso elaborado en el capítulo “La democratización de la ciencia y la urbanización de los espacios vectoriales” de la obra Ciencia pública, ciencia privada del profesor J. Zamora Bonilla.

Ciencia pública – Ciencia privada – J. Zamora Bonilla

Desarrollando las tesis principales en torno a la financiación de la ciencia, el capítulo final concluye del siguiente modo:

“En un sistema de financiación pública de la ciencia, si los científicos poseen una gran autonomía, es posible que tiendan a producir verdades inútiles (desde el punto de vista de la mayoría de los ciudadanos), mientras que si sus líneas de investigación están férreamente controladas por políticos, existirá la tendencia a producir falsedades útiles (aunque no necesariamente útiles para la mayoría de los contribuyentes). En cambio, en un sistema de investigación financiado básicamente por empresas privadas, y en el que la prioridad es obtener resultados comercializables, más que proporcionar conocimiento público, serán los propios gerentes de las empresas los primeros interesados en que los resultados de esas investigaciones sean válidos desde el punto de vista epistémico, pues ésta es la única garantía conocida de que esos resultados serán tecnológica y económicamente eficaces. Así pues, en un sistema de investigación básica privada, los científicos tenderán a producir verdades útiles para los consumidores.” (p. 89)

Como toda simplificación, esta tesis conlleva una dosis de verdad y otra de falsedad. Y aunque comparto la parte de verdad que ofrece, creo que es oportuno realizar un análisis más exhaustivo sobre los posibles sesgos que se están cometiendo, pues aunque sus afirmaciones no son absolutas sino generales, en mi opinión, el ignorar otras realidades nada desdeñables que cuestionan la generalización coquetea en exceso con la falacia a dicto simpliciter ad dictum secundum quid:

  1. La ciencia pública, aunque lo haga en ocasiones, no tiende necesariamente a producir verdades inútiles, pues ¿qué quiere decir inútiles? El propósito científico es que su conocimiento “también nos facilite la vida todo lo posible” (p. 84), pero no principal ni originariamente, sino “conocer la estructura del universo” (p. 84). Además, la frontera entre verdades inútiles y útiles “no es, en general, algo absoluto, sino que admite muchos matices y, sobre todo, muchos grados intermedios, y en los últimos tiempos parece que la línea divisoria entre ambos tipos de investigaciones se ha difuminado todavía más, generalmente en beneficio de la “investigación aplicada”” (p. 83). Naturalmente, es preciso no caer en la trampa del continuum, no distinguiendo en absoluto entre verdades útiles e inútiles, pero siempre en un espacio de diálogo plural igualitario que incorpore también las virtudes de la ciencia pública (ver punto 3), y evidencie el problema de la instancia desde la que se definen esas “verdades inútiles”: ¿queremos una ciencia en la que se definan desde el punto de vista de la mayoría de los ciudadanos o más bien desde el punto de vista de los contribuyentes con la mayor capacidad adquisitiva – “verdades útiles para los consumidores?
  2. En segundo lugar, creo preciso hacer explícito que la ciencia regida por la política no produce sólo la tendencia a construir falsedades útiles: en primer lugar, la práctica del gerente de empresa no dista mucho del político actual, interesado “en que los resultados de esas investigaciones sean válidos desde el punto de vista epistémico, pues ésta es la única garantía conocida de que esos resultados serán” políticamente eficaces. Si éste puede encontrar alternativas políticamente eficaces que traicionen esa validez epistémica, también las puede encontrar aquél (ver punto 3). Pero sobre todo, resulta un tanto sesgado hablar de una ciencia férreamente controlada “por los políticos” en lugar de reconocer – aunque se me tache de idealista– que en rigor sería una ciencia controlada por el pueblo soberano, a través de sus políticos, al margen de su poder adquisitivo. En el supuesto de un sistema democrático abierto, participativo y saneado al que no debemos renunciar ni dejar de aspirar por mal que funcione, yéndonos a refugiar al calor del metarrelato neoliberal, una ciencia regida por la política tiende a impedir que primen sólo los intereses de empresarios e individuos capaces de costearse sus productos. Las democracias liberales viven precisamente de un equilibrio que no es maniqueo y que no puede permitirse el lujo de denostar tan fácilmente las virtudes de la intervención de la política en la ciencia: al fin y al cabo es una forma de redistribución de la riqueza, pues a pesar de estar financiada equitativamente con impuestos de todos, puede ser administrada igualitariamente, e incluso en atención a los sectores más desfavorecidos. Se salta con demasiada facilidad del concepto de ciudadano al de contribuyente, típico reduccionismo del liberalismo más clásico: ignorar la desigualdad de partida (medios, conocimientos, oportunidades,…), conduciéndose, en mi opinión, a cierta perspectiva un tanto ingenua y paradójica que en ocasiones coloca el carro delante de los bueyes: “el conocimiento de los fenómenos electromagnéticos ha sido impulsado en buena medida por el furibundo deseo que muchas personas tienen de ver la televisión, de escuchar música por la radio, o de contarse cotilleos a través del teléfono móvil” (p. 74). ¿No es evidente que se conocieron los fenómenos electromagnéticos en cierta profundidad mucho antes de que ni si quiera pudiera pensarse en qué era aquello de la radio, la televisión o el teléfono? ¿Y no ha sido sobre todo el interés por lo rentable del negocio el que ha facilitado la creación de estos dispositivos, más que el interés de muchas personas en satisfacer sus necesidades de comunicación, algunas de ellas que ni conocían, ni existían antes de que se crearan dichos dispositivos?
  3. En definitiva, resulta que “un sistema de investigación financiado básicamente por empresas privadas” en el que se supone que “los científicos tenderán a producir verdades útiles para los consumidores” no deja de ser una entelequia sólo parcialmente verdadera: en realidad, y fundamentalmente, son verdades útiles para las empresas y sólo colateralmente para los consumidores – y por tanto, no necesariamente para los ciudadanos. Así cabe resaltar que:
    1. En esta postura prima para la preocupación científica responder a las necesidades de aquellos que pueden pagarlas. Esto no es necesariamente algo malo, pero no puede ignorarse, porque ¿quién orientará más decisivamente a la ciencia privada, las mujeres pakistaníes – de las que se habla más adelante en el texto – que desde su poder adquisitivo demandan tintes no tóxicos para trabajar con sus telares o el Estado pakistaní y su poderoso presupuesto para su carrera armamentística?
    2. Creo que es necesario reconocer explícitamente que en una ciencia así “es posible que tienda” o tendrá “la tendencia de” fomentar un consumo alienante: la ciencia al servicio únicamente de la empresa privada no sólo se orienta a satisfacer las necesidades sino, interesada en el poder adquisitivo de un primer mundo del bienestar acomodado, a crear nuevas necesidades, compulsivas, y tantas veces ajenas a la mesura y el equilibrio naturales. No parece muy coherente reconocer por un lado, como tipo de empresas, que “los medios de comunicación siguen habitualmente una estrategia basada en la búsqueda de beneficio comercial, y en ese caso es lógico que procuren ofrecer aquello que el público demanda según sus preferencias actuales y no tengan mucho interés en utilizar una estrategia a largo plazo para modificar esas preferencias” (p. 226); y sin embargo, reclamar “un mayor compromiso de los medios de comunicación con el objetivo pedagógico de enseñar a distinguir el grano de la paja, y no sólo ofrecer paja o grano a quien demande cada cosa.” (p. 226). Pues una privatización de la ciencia, ¿sería capaz de responder a una demanda similar a ésta? ¿Y no tendería, más bien al contrario, a intentar “modificar esas preferencias” para crear nuevas oportunidades de negocio? Es necesario desvelar la falacia de la “mano invisible” que regiría heterónomamente la producción científica desde el punto de vista económico y preguntarse “¿qué consecuencias pueden tener sobre la evolución del conocimiento las diferentes estructuras de autoridad y de poder?” (como advierte el mismo autor en Cuestión de protocolo, p. 159). Con ello no pretendo caer en el extremo opuesto del intervencionismo paternalista típico del sesgo socialista, que pretende dictar cuáles son realmente las necesidades moderadas y naturales sin dejar libertad al individuo para descubrirlas. Pero es de recibo evidenciar que sólo en un cierto equilibrio que albergue también una ciencia pública regida por la política, podrá darse, al estilo aristotélico, una efectiva mesocratización de la ciencia al amparo del bien común al que debería supeditarse el particular.

Habrá quienes consideren que en una época en la que los Estados son más fuertes que nunca – con una presión fiscal y unos presupuestos casi sin precedentes en la historia–, es preciso reivindicar los derechos y, sobre todo, la libertad de los individuos. Por el contrario, habrá quienes consideren que, en una época en la que tantos miles de seres humanos viven en la pobreza conforme a un sistema económico injusto, es preciso poner límites políticos globales a poderes económicos transnacionales cuyos presupuestos son en muchos casos mayores que los de muchos Estados. Ambas encomiables pretensiones chocan aquí en el debate sobre la financiación de la ciencia. Y por ello, sin querer caer en un sesgo de signo contrario, acaso demasiado idealista o impositivo, me parece que es de justicia en un ejercicio filosófico atento criticar y evidenciar lo que a mi juicio son señales un tanto ideológicas en el discurso.

Puntos de apoyo

J. Zamora Bonilla, “Ciencia pública – Ciencia privada”

J. Zamora Bonilla, “Cuestión de protocolo”

8 pensamientos en “Crítica al discurso ideológico de la ciencia privada

  1. Pingback: ¿Puede estar tocando techo la ciencia? | La galería de los perplejos

  2. jajugon

    Gracias por tu comentario, Jesús. Voy por partes.
    1. En primer lugar, no te sorprendas de que asuma acríticamente la teoría de verdad correspondencia que maneja Zamora en este párrafo. Simplemente no me pareció necesario entrar en más matizaciones porque no veía que con ello pudiera extraer mayores consecuencias. Tú tampoco lo has hecho, me parece, así que de momento, tu crítica en este aspecto, aunque acertada, no resulta especialmente relevante. Como bien sabes, la teoría de la verdad correspondencia no se identifica con el inmovilismo de quien cree siempre haber alcanzado ya la verdad definitiva, sino con quien cree que la realidad se corresponde con la verdad que predica su teoría. Y si ésta falla, buscará otra nueva que la mejore para adecuarse más a dicha realidad, creyendo que cada vez esta correspondencia es mejor.
    2. En este sentido, no veo cuál es el impedimento a pensar en verdades inútiles y falsedades útiles como las plantea Zamora. Evidentemente, los pares de verdad/falsedad y utilidad/inutilidad son relativos. Aquí estamos hablando de política científica, es decir, de los criterios que permiten priorizar el destino de los recursos siempre limitados para la actividad científica. En este sentido, por supuesto que puede desarrollarse una ciencia que obtenga falsedades útiles, pues una teoría falsa puede tener toda una serie de consecuencias prácticas inmediatas que sirvan para quien la desarrolle (propaganda, manipulación,…). Y también cabe pensar en una verdad inútil. Porque, como digo, el término de utilidad es relativo de forma que la ciencia puede hallar resultados que provisionalmente pudiéramos dar por verdaderos, pero que no resulten a corto ni a medio plazo útiles. Siguiendo tu símil, si con la gasolina que tengo no es de esperar que mi trayecto me lleve hasta más allá de Barcelona, es una verdad inútil saber que en Vladivostok caeré al Pacífico.
    3. Creo necesario subrayar que desde mi planteamiento no he abogado por ningún tipo de dirección estatalista de la práctica científica, sino que he querido criticar las falacias que se esconden en esta simplificación concreta. Probablemente el consenso más aceptable se encuentre en una suerte de equilibrio en el que el Estado regule un mercado libre, como el propio Zamora parece que aceptaría. Pero en esta simplificación que nos propone, no se hace sino obviar las bondades de esta intervención, ignorando deliberadamente las maldades que podría compensar. Muy pocos, y desde luego yo no, abogarían por una dirección estatalista. Pero eso no nos legitima para edulcorar las bondades de su polo opuesto ocultando sus maldades.
    4. Por otro lado, eso de que “la acción pública no busca la felicidad de ningún ente o institución abstracta, sino que siempre busca la mayor felicidad de algunos a costa de la menor felicidad de otros” es toda una tesis más que discutible. Cuántas veces la acción pública ha contribuido al progreso precisamente científico-técnico que haya logrado mayores cotas de bienestar para muchos sin que haya sido a costa de una menor felicidad de otros. Pero evidentemente, eso probablemente se escapa demasiado del ámbito de esta entrada.
    5. Creo además importante resaltar que, al menos en esta ocasión, no pretendía hacer objeto de debate las muchas imperfecciones de nuestros sistemas democráticos reales, y en los que sin duda la manipulación ideológico-mediática puede ser enormemente distorsionadora (pareciera que al ciudadano le duele menos dar el voto que rascarse el bolsillo, y que por tanto sería “menos malo” un mercado que el mercadeo electoral). Pero la radical diferencia entre el hecho de que todos tengamos voto, y no todos puedan rascarse igual el bolsillo es lo que entra de lleno a cuestionar esta simplificación de Zamora. Y puestos a simplificar, ateniéndonos al funcionamiento de una democracia teórica, la cuestión aquí es que en ella los intereses individuales se acaban identificando con ciertos programas políticos que presentan los partidos y les dan su voto no con la simpleza de pretender ganar, sino de lograr una representación para entrar en la negociación ponderada con las diferentes sensibilidades representadas que sea capaz de priorizar aquellos intereses difícilmente negociables frente a otros menos prioritarios. De forma que el resultado de esa deliberación pueda llegar a catalogarse no quizá de una abstracta “voluntad general”, pero sí como el resultado de dicho proceso de negociación ponderada, de consenso solapante. La evidente ventaja es que los ciudadanos ven aquí representados sus intereses mediante su voto, que es igualmente válido para todos, y no mediante el crédito de su tarjeta bancaria, el que la tenga. “La democracia no consiste en que gobierne la mayoría, imponiendo su interés, en contra de la minoría” dices, y como he expuesto es algo que comparto. Pero al mismo tiempo, la democracia radica en algo más que “en permitir que cada cual busque libremente la forma en que quiere alcanzar la felicidad, sin la tutela ni la opresión del Estado”. Respetando ese ámbito de libertad anterior al propio juego democrático, articula la posibilidad de que las voluntades individuales puedan estar equiparadas independientemente de su rango económico. Y eso es algo que sin duda Zamora Bonilla no ignora ni creo que rechace, pero que en su ejemplo queda relegado, oculto, contribuyendo a ese imaginario ideológicamente sesgado.
    6. Admito, en cualquier caso, que el ejemplo que puse a propósito de las palabras de Zamora entre las mujeres paquistaníes y el estado paquistaní era incongruente, toda vez que en ese estado ideal de democracia el Estado integraría muchos más intereses que los de este grupo en particular. Pero si lo reemplazásemos por una empresa de armamento, bien podríamos recuperar el ejemplo y extraer sus consecuencias, que creo que se han podido entender a pesar de todo.

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  3. Epicureo

    Si somos precisos con la terminología, debemos distinguir una falsedad de una falacia. Una falacia es un argumento inválido, independientemente de que de lugar a una conclusión verdadera o falsa. JZB habla de falsedades, o sea afirmaciones que son falsas, y está claro que pueden ser útiles al menos para el que engaña.

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  4. jesusmmorote

    No creo haber dicho que toda actividad del Estado sea improductiva. De hecho, he apoyado a Zamora Bonilla en su defensa de la actividad estatal para corregir fallos del mercado en la asignación óptima de recursos.
    Por otro lado, conviene ser preciso con la terminología. No hay “falsedades útiles”. Usted, Epicureo (advierto que la tilde no se la he quitado yo), a lo que se refiere es a “falacias útiles”; útiles para el que engaña en perjuicio de los engañados por la falacia.

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  5. jajugon Autor de la entrada

    Gracias por tu comentario, Hugo.

    Estoy bastante de acuerdo con tu primer párrafo. Sin embargo, en el segundo, observo discrepancias. Fundamentalmente porque la histórica vinculación entre Estado y élite económica es precisamente lo que las democracias de los últimos siglos han tratado de romper o al menos atemperar, con todas sus imperfecciones. Es difícil comparar el nivel de participación política y económica de cada vez mayores capas de la sociedad en estas democracias con respecto al pasado. Por lo tanto, desestimar el papel del Estado democrático en la organización de la ciencia no puede hacerse del mismo modo que en otros tiempos. Por eso a mí no me parece inverosímil aspirar a que el Estado, debidamente democratizado, pueda ejercer un papel que complemente y regule el poder económico. Desde luego, no veo cómo renunciando al “Estado y al Capital” puede democratizarse de verdad a la ciencia.

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  6. Epicureo

    Perdonen que me meta, pero he llegado a este artículo y, aunque no tengo acceso al libro de mi muy estimado JZB, es un tema que se presta a algunos comentarios.

    1) Es difícil probar tanto la verdad como la utilidad de los hallazgos científicos. Por lo general, ambas cosas se saben a largo plazo. Si se intenta determinar estas cosas “a priori” a la hora de asignar fondos para investigación, se está limitando tremendamente el campo de los posibles descubrimientos. Históricamente los mayores avances han venido de campos no demasiado prometedores en un primer momento. “¿Para qué sirve la electricidad?” le preguntaban a Faraday. “¿Para qué sirve un niño recién nacido?”, contestaba. Por supuesto, como ya se ha comentado, la utilidad es relativa, hay que preguntar “para qué” y “para quién”. De todos modos, a largo plazo la vida da sorpresas. Los descubrimientos hechos para los Gobiernos, con la finalidad de matar gente, han resultado al final utilísimos para las empresas privadas con la finalidad de ganar dinero, e incluso han beneficiado a la gente normal en cierta medida.

    2) Los liberales suelen pensar que el mercado, si fuera perfecto, garantizaría el máximo de felicidad, y lo mejor que se puede hacer para beneficiar a la gente es compensar esos pequeños fallos que hacen que el mercado no sea del todo perfecto. Se lo concedo, siempre que me concedan a mí que el gobierno, si fuera perfecto, también garantizaría el máximo de felicidad. Ahora apartemos ambas suposiciones absurdas y pensemos en la realidad.

    Y, don Jesús M, otro sesgo liberal, que usted da como hecho cierto, es que la actividad del Estado es necesariamente improductiva, y se limita a transferir bienestar de unos a otros, con suma cero. A la vista está que esto es falso. Hay Estados cuya actividad aumenta mucho el bienestar general sin perjudicar significativamente a nadie, mientras que otros causan desastres que perjudican a casi todos.

    3) Si es posible que haya falsedades útiles, no solo lo serán para los Gobiernos. También podría haber falsedades útiles para las empresas privadas, y con igual empeño (al menos) las fomentarán estas.

    Un cordial saludo.

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  7. jesusmmorote

    Tengo que discrepar de Javier y ponerme más bien al lado de Zamora Bonilla, aunque también mantengo algunas diferencias con él.
    Pienso que el error fundamental en que incurre Zamora Bonilla, a quien sigue en este error Javier Jurado, se contiene en el párrafo que se cita al inicio del post, en el que se establece una potencial cuádruple vía de desarrollo de la ciencia, basada en la conjunción de dos criterios de clasificación de los resultados de aquélla, la “verdad” y la “utilidad”; así, la ciencia podría potencialmente dar lugar a cuatro tipos de resultados: verdades útiles, verdades inútiles, falsedades útiles y falsedades inútiles.
    A mi entender resulta evidente que esa clasificación está presa de una teoría de la verdad correspondencia, según la cual el conocimiento humano (científico en este caso) es homogéneo con la realidad de las cosas, y el hombre alcanza la verdad cuando la imagen que tiene de las cosas en su cerebro coincide con lo que las cosas son en sí mismas; y en caso contrario, el pensamiento es falso. Me parece sorprendente que tanto Zamora como Jurado asuman esa tesis sin crítica alguna, si bien tanto la exposición de uno como la del otro no extraen mayores consecuencias de ese concepto de la verdad, por lo que podemos dejarlo a un lado.
    Aunque se negase lo anterior y se siguiera sosteniendo una teoría de la verdad correspondencia, de la imagen mental como reflejo en un espejo de la realidad de la cosa, sigue siendo inconsistente e infundado el doble criterio clasificador de los resultados científicos. En efecto, si se sostuviese una teoría tal de la verdad, ¿cabría pensar en una verdad inútil y en una falsedad útil? ¿Cómo va a ser más útil vivir en el error que vivir teniendo un conocimiento verdadero? Puede que a corto o cortísimo plazo sea útil un error, como por ejemplo, si yo ignoro que dentro de medio kilómetro hay un precipicio y conduzco alegre y despreocupadamente a 100 por hora, mientras que si lo supiera, estaría muy preocupado; pero en cuanto estoy al borde del precipicio me doy cuenta de cuánto más útil me hubiera sido conocer la verdad, pues habría tomado medidas para no despeñarme, que desconocerla.
    La verdad, pues, siempre sería más útil que la falsedad. Y, por lo tanto, sólo tendríamos dos clases de ciencia: la que produce resultados útiles (y verdaderos) y la que produce resultados inútiles (y falsos). Por tanto, podemos olvidarnos de la verdad y centrarnos en la utilidad, que es lo único que importa en este asunto.
    Así pues, el debate se centraría en qué ciencia es más útil, si la dirigida por los agentes privados o la dirigida estatalmente. Lo que nos obliga a definir la utilidad, puesto que va a ser el criterio supremo de decisión de nuestro debate. Y la utilidad no es nada en sí misma si no se pone en conexión con los fines que se persiguen. Nada es útil en sí mismo, sino útil para algo.
    Me voy a permitir establecer como premisa que el fin supremo del hombre es alcanzar la felicidad (o ser lo más feliz posible). Bajo esta premisa, es más útil para mí lo que me deja más satisfecho o me hace más feliz y es más inútil lo que me genera molestia o me hace desdichado.
    Esto nos permite ver con claridad lo incongruente de propugnar “fines públicos” como opuestos a “fines privados”. Porque, ¿a la felicidad de quien se refieren los “fines públicos”? Evidentemente a la de nadie. Hay una verdad más inmutable que las leyes de Newton o de la teoría de la relatividad: la acción pública no busca la felicidad de ningún ente o institución abstracta, sino que siempre busca la mayor felicidad de algunos a costa de la menor felicidad de otros. El Estado no es un ente que pueda ser feliz, sólo sus ciudadanos pueden serlo.
    Si esto es así, el meollo del debate de la democratización de la ciencia es el eterno debate político: la legitimación de unos para disminuir la felicidad de otros en beneficio de su propia felicidad.
    El enfocar la cuestión de forma un tanto abstracta, invisibilizando a los ciudadanos que hay detrás o al menos a algunos de ellos, lleva a Javier Jurado a alguna, a mi modo de ver, manifiesta inconsistencia. Por ejemplo, cuando invoca, sesgando el ejemplo del propio Zamora, la bondad de dirigir la ciencia hacia el desarrollo de tintes no tóxicos en los telares paquistaníes, lo que presenta la palmaria inconsistencia de defender la dirección estatal de la ciencia proponiendo a la vez que sean los intereses de las mujeres paquistaníes (es decir, individuos particulares) quienes prevalezcan sobre los intereses del Gobierno paquistaní (“intereses públicos”). ¡Ah claro, pero es que el Gobierno paquistaní no es democrático! ¿Realmente cabe pensar que la prosecución por el político de sus propios intereses es cosa sólo de los gobiernos totalitarios y no de los democráticos? Tal vez haya que dejar de pensar que son posibles las seis formas de Gobierno aristotélico, cuando realmente sólo hay tres, las que el filósofo griego llamó desviadas, y que las no desviadas no existen más que en la mente de Aristóteles. Y que la “oclocracia” sea la menos mala de las tres formas desviadas, no la convierte en una buena forma de Gobierno.
    En mi opinión, el análisis de Zamora Bonilla es acertado en líneas generales. La democracia no consiste en que gobierne la mayoría, imponiendo su interés, en contra de la minoría. La democracia radica en permitir que cada cual busque libremente la forma en que quiere alcanzar la felicidad, sin la tutela ni la opresión del Estado (que, como he dicho, no hace sino traspasar recursos del bolsillo de unos al bolsillo de otros). Pero, naturalmente, reconociendo que el libre mercado aplicado a la ciencia, como todo libre mercado, tiene deficiencias (bastante bien estudiadas, por otra parte, por la ciencia económica) que hay que corregir, como las economías externas de los descubrimientos científicos (que benefician a muchos sin que el mercado les haga pagar coste alguno) o las deseconomías externas (que perjudican a muchos sin incorporarse a la función de costes de la empresa, como el caso de los tintes tóxicos o los vertidos no penalizados por el mercado). Y ése es el papel que Zamora adjudica al Estado en el desarrollo de la ciencia, la complementación del mercado corrigiendo las deficiencias de éste; lo que parece, en mi opinión, una propuesta bastante razonable.

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  8. Hugo

    Enhorabuena por el artículo, Javier.

    En mi opinión, el sesgo liberal (o inclinación, para ser más benignos) en las obras y blogs de Jesús Zamora es considerable, lo sé de buena tinta, je… He tenido la oportunidad de debatir varias veces con él por Internet, aunque no concretamente de esto (¡ay la que tuvimos montada hace unos años con los toros, los derechos animales y demás!), y no creo que sea casualidad que su postura de una ciencia privada o capitalista corra en paralelo a cierto relativismo moral defendido igualmente por él. Al parecer, en los últimos tiempos el liberalismo económico ha encontrado en el relativismo su mejor aliado, dado que si se niega que pueda existir objetividad en la ética, el sistema liberal (que no libertario) pasa casi automáticamente a estar justificado, o mejor aún, invisibilizado y por tanto alejado de la crítica. En otras palabras, se nos invita a que pensemos desde él, pero no sobre él. Un nuevo tipo de negacionismo cultural similar al negacionismo climático, si se me permite la expresión (tampoco por casualidad el liberal tiende a negar o minimizar la importancia del cambio climático). En este sentido, la libre empresa, el consumo, el trabajo asalariado, el crecimiento económico y demás instituciones capitalistas ya no serían tanto elecciones morales que se pretenden mejores que otras sino más bien algo que se da por sentado, como un a priori cultural y etnocéntrico, como un punto ciego. Un a priori, por cierto, que a los occidentales nos ha salido muy a cuenta en los últimos siglos, de ahí que no sea precisamente fácil renunciar a él, ni psicológica ni estructuralmente hablando. ¡El bolsillo es nuestro nuevo becerro de oro!

    Como dice Javier Echeverría (1995) en uno de sus artículos de Isegoría, “no es lo mismo una ciencia que se desarrolla en una economía socializada, en la que el Estado es el principal potenciador de la actividad científica, que una ciencia desarrollada en empresas privadas regidas por una tabla de valores en los que el beneficio y la competitividad suelen ser predominantes”. Ahora bien, la postura contraria, aquella que tiende a vincular la ciencia del Estado con la ciencia del pueblo también tiene algo de coja, por no decir mucho. Si entendemos el Estado como el poli bueno de la sala de interrogatorio, podemos apreciar cómo lo estatal (que no lo público, palabra que prefiero reservar para aquellas actividades en las que las personas decidimos directamente) es claramente dependiente, si no directamente sí al menos indirectamente o a largo plazo, del capital privado, esto es, del crecimiento económico, de los mercados, de que la economía vaya bien, etc. Desde Mesopotamia al menos, la desigualdad económica va pareja a la desigualdad política. Las clases superiores en todas las sociedades son un binomio entre los que más tienen (capitalistas) y lo que más deciden (políticos), y pretender frenar a unos con la ayuda de los otros es algo que se lleva intentando desde hace siglos con inevitable poco éxito (esta idea la desarrollo algo más en mi post “Última llamada, un manifiesto reformista”). Por lo tanto, concluyo: democratizar de verdad la ciencia, para lo cual es condición necesaria renunciar al Estado y al Capital, instituciones inherentemente clasistas y por lo tanto antidemocráticas. ¿Difícil? Prácticamente imposible, je… pero afortunadamente lo correcto no se mide por la probabilidad de éxito.

    Como dice el cosmólogo Martin Rees (2003) en su libro “Nuestra hora final”: “Las decisiones sobre cómo debe aplicarse la ciencia en la medicina, el medioambiente, etc., deberían debatirse en círculos mucho más amplios que la comunidad científica”, debate que, a mi jucio, es estructuralmente incompatible con el modelo social actual, que, de tan complejo, burocrático y jerárquico que es, entiendo que su grado de democracia y participación sea más de posar en la foto que de facto 😉

    Un saludo y a seguir bien!

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