Arthur Schopenhauer: “La vida es un negocio que no cubre los costes”

Tasia Aránguez

El terrible pesimismo de la filosofía de Schopenhauer contrasta con el placer que produce la belleza de su prosa, que incluso traducida mantiene la viveza procedente de sus metáforas y ejemplos. Como Schopenhauer tiene un estilo brillante que quiero poner de manifiesto, he optado por introducir múltiples citas en esta entrada, organizándolas y enlazándolas. Advierto que las siguientes líneas no deberían ser leídas por personas con problemas depresivos. A continuación presento los pasajes más oscuros de los dos tomos de su gran obra “El mundo como voluntad y representación”. He organizado los pasajes en torno a tres temáticas: “oscilar entre el dolor y el sufrimiento”, “la estabilidad del dolor” y “vivimos en el peor de los mundos posibles”. Esta síntesis permitirá comprender en qué consiste el pesimismo filosófico de Schopenhauer.

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Oscilar entre el dolor y el aburrimiento

El concepto central del pensamiento de Schopenhauer es el de “voluntad”. La voluntad, en el ser humano se manifiesta del siguiente modo: “sus deseos son ilimitados, sus exigencias, inagotables, y cada deseo satisfecho hace nacer otro nuevo. Ninguna satisfacción posible en el mundo podría bastar para acallar sus exigencias”.

No es posible satisfacer los deseos de la voluntad porque “la vida se presenta como un engaño permanente, en lo pequeño como en lo grande. Si ha prometido algo, no lo cumple, a no ser para mostrarnos qué poco deseable era lo que deseábamos: y así, unas veces nos gana la esperanza y otras, lo esperado. Si da, es para quitar. La magia de la lejanía nos presenta paraísos que, como las ilusiones ópticas, desaparecen cuando nos lanzamos hacia ellos”.

Schopenhauer sostiene que “la vida (…) con sus esperanzas decepcionadas y sus desgracias que desbaratan todo cálculo, lleva claramente el sello de algo que nos hace perder las ganas; de modo que es difícil comprender cómo hemos podido engañarnos y dejarnos convencer de que existe para ser disfrutada con agradecimiento, y el hombre, para ser feliz. Antes bien, aquel permanente engaño y desengaño, como también la constante condición de la vida, se presentan como algo previsto y calculado para despertar la convicción de que nada merece nuestro afán, actividad y esfuerzo, de que todos los bienes son nada, de que el mundo es en todos sus resultados una bancarrota, y la vida, un negocio que no cubre los costes; calculado, en suma, para que la voluntad se aparte de ella”.

Y la vida es así de decepcionante por el carácter inherente al placer y a la felicidad. Schopenhauer considera que “la base de todo querer es la necesidad, la carencia, o sea, el dolor, al cual pertenece en origen y por su propia esencia. En cambio, cuando le faltan objetos de querer porque una satisfacción demasiado fácil se los quita enseguida, le invade un terrible vacío y aburrimiento: es decir, su esencia y su existencia mismas se vuelven una carga insoportable. Así pues, su vida, igual que un péndulo, oscila entre el dolor y el aburrimiento, que son de hecho sus componentes últimos”. Explica Schopenhauer, “entre el querer y el alcanzar discurre toda la vida humana. El deseo es por naturaleza dolor: la consecución genera rápidamente saciedad: el fin era solo aparente: la posesión hace desaparecer el estímulo: el deseo, la necesidad, se hace sentir otra vez bajo una forma nueva: y si no, aparece la monotonía, el vacío, el aburrimiento, contra los cuales la lucha es tan penosa como contra la necesidad.

Del aburrimiento dice: “vemos de que casi todos los hombres salvados de la necesidad y la inquietud, después de que se han librado de todas las demás cargas, ahora son una carga para sí mismos y consideran una ganancia cada hora transcurrida, es decir, cada descuento de aquella vida que emplearon todas sus fuerzas en mantener el mayor tiempo posible. Pero el aburrimiento no es para nada un mal que haya que considerar menor: al final pinta una verdadera desesperación en el rostro. Hace que seres que se aman tan poco como los hombres se busquen los unos a los otros, y es así la fuente de la sociabilidad.

Pero una vez espantado el aburrimiento “difícilmente será que lo logremos sin volver a insertar el dolor en una de las anteriores formas y así volver a empezar el baile desde el principio; pues toda forma humana es lanzada de acá para allá entre el dolor y el aburrimiento”.

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El problema es que el placer solo es tal por oposición con el dolor. “La satisfacción o el placer solo los podemos conocer de manera mediata, recordando el sufrimiento y la carencia anteriores que cesaron con su aparición. A ello se debe el que no nos demos buena cuenta ni apreciemos los bienes y ventajas que realmente poseemos, pues nos hacen felices de manera simplemente negativa, impidiendo el sufrimiento. Solamente tras haberlos perdido se nos hace perceptible su valor, porque el sufrimiento es lo positivo. Por eso nos alegra el recuerdo de la necesidad vencida, pues ese es el medio de disfrutar los bienes presentes”.

La alegría grande e intensa solo se puede pensar como consecuencia de una gran necesidad previa. De ahí que todos los poetas se han visto obligados a poner a sus héroes en situaciones angustiosas y desgraciadas, a fin de poderlos liberar.

Incluso la percepción del tiempo nos resalta la superioridad del dolor y del aburrimiento, dado que “las horas pasan más deprisa cuanto más agradables son, y más despacio cuanto más penosamente han transcurrido, porque lo positivo no es el placer sino el dolor, y es la presencia de este la que se siente. Igualmente, somos conscientes del tiempo cuando nos aburrimos y cuando no estamos entretenidos. Ambas cosas demuestran que nuestra existencia es más feliz cuando menos la percibimos”.

La felicidad permanente y duradera no existe y por eso el poema épico “a través de mil dificultades y peligros conduce a sus héroes hasta el objetivo: en cuanto se ha alcanzado, deja caer rápidamente el telón. Pues solo le retrasaría mostrar que el brillante fin en el que el héroe suponía encontrar su felicidad le había gastado una broma también a él, y tras haberlo logrado no le iba mejor que antes”.

La voluntad de vivir camina hacia su propia anulación en la muerte. Al final la muerte tiene que vencer “pues en ella hemos recaído ya simplemente por nacer, y no hace más que jugar un rato con su presa antes de devorarla. Mientras tanto, proseguimos nuestra vida todo el tiempo posible con gran interés y con mucho esmero, igual que hinchamos una pompa de jabón tan grande y todo el tiempo como sea posible, aunque tenemos la firme certeza de que estallará.

La vejez y la muerte a las que toda vida conduce necesariamente son la sentencia condenatoria de la voluntad de vivir, salida de las manos de la propia naturaleza. Así pues, la enseñanza que en conjunto le da a cada uno la vida consiste en que los objetos de sus deseos engañan continuamente, flaquean y caen, además producen más tormento que alegría, hasta que al final se derrumba incluso el suelo en que todos ellos se asentaban, ya que su vida misma se destruye”.

La estabilidad del dolor

Schopenhauer sostiene que el dolor es 220px-angelo_bronzino_003esencial a la vida y que lo único que varía según la casualidad es la causa del mismo. Si no tuviéramos el sufrimiento actual, tendríamos otro. Esta idea, sostiene, debería reducir la angustiosa preocupación por el propio bienestar.

El filósofo considera que la medida del dolor de cada individuo se mantiene bastante estable a lo largo de su vida. “A favor de esta hipótesis no solo habla la conocida experiencia de que los grandes sufrimientos nos hacen totalmente insensibles a los más pequeños y, a la inversa, en ausencia de grandes sufrimientos hasta las más nimias incomodidades nos atormentan y disgustan; también la experiencia enseña que cuando una desgracia cuyo mero pensamiento nos hacia estremecer acaece, nuestro ánimo una vez que hemos superado el primer dolor, se mantiene en conjunto como siempre; y viceversa, que tras la llegada de una dicha largamente anhelada no nos sentimos en conjunto ni de forma continuada mejor ni más cómodos que antes.

Solamente el instante en el que irrumpen aquellos cambios nos conmueve con inusual energía en forma de profundo lamento o intenso júbilo, ero ambos desaparecen pronto porque se basaban en un engaño, pues no surgen por el placer o dolor inmediatamente presentes, sino únicamente por la apertura de un nuevo futuro que ahí se anticipa. Solamente tomando algo prestado del futuro podían el dolor o la alegría incrementarse de forma tan anómala y, por tanto, no duradera”.

Sin la causa externa de sufrimiento que ahora tanto nos afecta, el dolor que en este periodo de tiempo se produciría, estaría repartido en cien puntos diferentes, en cien pequeñas molestias y caprichos. Un mal principal puede concentrar en un punto todo el sufrimiento que de otro modo estaría disperso. Con esto concuerda también la observación de que cuando nuestro pecho se libera de una inquietud grande y agobiante gracias a un feliz desenlace, enseguida es sustituida por otra cuyo tema estaba ya antes presente en su totalidad pero no podía hacerse consciente como preocupación porque a esta no le quedaba capacidad sobrante para ello. Esta nueva preocupación ocupará el trono de la inquietud dominante del día, aunque su materia sea mucho más liviana que la de la preocupación desaparecida”.

La desmesurada alegría y el violento dolor concurren siempre en la misma persona, pues ambos se condicionan mutuamente. (…) La alegría excesiva y el dolor desmesurado se basan siempre en un error que podría evitarse con conocimiento. Todo júbilo desmesurado se basa siempre en la ilusión de haber encontrado en la vida algo que no era de esperar encontrar en ella, en concreto, la satisfacción permanente de los deseos que siempre vuelven a renacer. De cada ilusión de esta clase tenemos que recuperarnos luego inevitablemente, pagando con tantos amargos dolores como alegrías causó su aparición. En este sentido se parece a una altura de la que solo se puede bajar cayendo, por eso se la debería evitar. Y cada dolor repentino y desmesurado no es más que la caída desde una altura tal, la desaparición de semejante ilusión que es así condición suya. La ética estoica trataba principalmente de liberar el ánimo de todas las ilusiones de esa clase y sus consecuencias, ofreciéndole a cambio una inquebrantable impasibilidad”. “Cada satisfacción lograda, por mucho que prometa, no nos satisface, sino que la mayoría de las veces se presenta en seguida como un error vergonzoso”.

Y así seguimos, o bien hasta el infinito, o bien- lo que es más infrecuente y supone cierta fuerza de carácter- hasta que topamos con un deseo que no se puede satisfacer ni abandonar; entonces, por así decirlo, tenemos lo que buscábamos, a saber: algo a lo que a cada momento podemos acusar, en lugar de a nuestra propia esencia, de ser la fuente de nuestros sufrimientos, y debido a lo cual nos enemistamos con nuestro destino pero a cambio nos reconciliamos con nuestra existencia al aceptar que el sufrimiento es esencial a la existencia misma y la verdadera satisfacción es imposible. La consecuencia de esta evolución es un ánimo algo melancólico, el continuo soportar un único y gran dolor, con el consiguiente menosprecio de todos los dolores y alegrías menores; en consecuencia, un fenómeno ya más digno que la persecución continua de espejismos siempre diferentes, lo cual es mucho más vulgar”.

Vivimos en el peor de los mundos posibles. Crítica al optimismo

Schopenhauer sostiene que la voluntad de vivir, la gran enemiga, se observa incluso en el mundo natural, en la “continua lucha de los seres por la vida”. Señala “vemos como los seres se afanan en vano y se atormentan hasta que perecen, y entonces otros se apoderan ávidamente de su puesto y su materia”. “Lo real, lo auténticamente real, no lo encontramos inmediatamente más que en nuestro interior. Por eso cada cual lo quiere laoscuridadtodo para sí, quiere poseerlo todo o al menos dominarlo, y lo que se resiste quiere negarlo. (…) Cada individuo diminuto y reducido a la nada en el ilimitado mundo, no obstante se convierte en su centro y tiene en cuenta su existencia y bienestar por delante de todos los demás. Esta manera de sentir es el egoísmo esencial a cada cosa de la naturaleza. Esta es la terrible manifestación del conflicto interno de la voluntad consigo misma. La lucha de todos los individuos, la expresión de la contradicción que afecta a la voluntad de vivir en su interior”.

El filósofo sostiene, contra las tesis optimistas, que el mundo no tiene razón ni sentido. No es más que una ciega voluntad de vivir. “Una voluntad que viera habría calculado enseguida que el negocio no cubre los costes, no merece ese afán y esa lucha tan violentos”.

Por eso la explicación del mundo a partir de un nous como el de Anaxágoras, es decir, desde una voluntad guiada por el conocimiento, requiere forzosamente la excusa del optimismo, que se erige y defiende frente al estridente testimonio de todo un mundo plagado de miserias y pesares. Pues la vida se hace pasar por un regalo cuando está a la vista que cualquiera que hubiera podido y examinar el regalo por adelantado se habría guardado de él.

Y a este mundo, esta palestra de seres atormentados y angustiados que solo subsisten a base de devorarse unos a otros, donde cada animal carnicero es la tumba viviente de miles de otros animales y su autoconservación una cadena de martirios (…) a este mundo, digo, se le ha pretendido adaptar el sistema del optimismo y se ha querido demostrar que es el mejor de entre los mundos posibles. El absurdo es patente. Entretanto, el optimista me dice que abra los ojos y contemple qué bello bello es el mundo con sus rayos de sol, sus montes, sus valles, sus ríos, platas, animales, etc”.

Luego viene un teólogo y elogia la sabia disposición que cuida de que los planetas no se den de cabeza unos con otros, que la tierra y el mar no se mezclen formando una masa sino que se mantengan lindamente separados, que las cosas no se queden permanentemente tiesas de frío ni se asen de calor. Pero esto y otras cosas semejantes son meras conditiones sine quibus non”. Shopenhauer sostiene que, de ser peor, el mundo perecería.

Fue Leibniz, en su Teodicea, quien defendió que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Schopenhauer quiere refutar dicha tesis mostrando que vivimos en el peor de los posibles. “Pues posible significa, no algo sobre lo que podamos fantasear, sino lo que puede realmente existir y mantenerse. Y este mundo está construido como tendría que estarlo para poder mantenerse a duras penas: si fuera un poco peor, no podría ni siquiera seguir existiendo (…) Pues el mundo encontraría pronto su fin, no solo si los planetas chocarán entre sí, sino con una pequeña perturbación en su órbita. Además, bajo la dura corteza del planeta moran violentas fuerzas naturales que habrían de destruirla junto con todos los seres vivos que hay en ella, tan pronto como una casualidad les permitiera actuar. Una pequeña alteración de la atmósfera causa el cólera, la fiebre amarilla, la peste negra, que se llevan por delante a millones de hombres; una algo mayor extinguiría toda la vida. Una gran subida de temperatura secaría todos los ríos y fuentes. Los animales están dotados de los órganos y fuerzas justos para producir con el máximo esfuerzo su medio de vida y la alimentación de la prole, por eso un animal que pierde un miembro o el uso del mismo ha de perecer en la mayoría de los casos”.

Por consiguiente, el mundo es todo malo que puede ser, si es que en general ha de seguir existiendo. Los fósiles de las especies animales de otro tipo que una vez poblaron la Tierra nos ofrecen, como prueba de nuestro cálculo, los documentos de unos mundos cuya subsistencia dejó de ser posible, y que, por tanto, eran todavía peores que el peor de los posibles”.

Pero, sostiene Schopenhauer, la mejor cura contra el optimismo radica en la contemplación de la vida humana “si condujéramos al optimista más obstinado por los hospitales, las prisiones, las cámaras de tortura, los chamizos de esclavos, los campos de batalla y las cortes de justicia, si luego se le abrieran todas las tenebrosas moradas de la miseria donde esta se esconde de las miradas de la fría curiosidad y finalmente se le dejara mirar en la torre del hambre, es seguro que al final comprendería de qué clase es el mejor de los mundos posibles”.

En efecto, “por mucho entendimiento y razón, y por muchos instrumentos con los que cuente, las nueve décimas partes del género humano viven en constante lucha contra la necesidad, siempre al borde de la muerte, balanceándose con penalidad y esfuerzo por encima de ella”.

Schopenhauer sentencia: “el optimismo no me parece simplemente una forma de pensar absurda, sino verdaderamente perversa, ya que constituye un amargo sarcasmo sobre los indecibles sufrimientos de la humanidad”.

El optimismo no solo es una teoría falsa, sino también funesta, porque nos presenta la vida como un estado deseable y pone como fin de la misma la felicidad. Partiendo de ahí, cada cual cree estar plenamente justificado para exigir la felicidad y el placer: si no se la dan, como suele ser el caso, cree que se le hace injusticia y se malogra el fin de su existencia”.

No solo Leibniz ha defendido las tesis optimistas; también lo hicieron panteístas como Spinoza, y filósofos como Rousseau que, como explica Schopenhauer “considera que se ha sustituido la originaria corrupción del género humano por una bondad original y una ilimitada perfectibilidad del mismo, que solo se descaminaría debido a la civilización y sus consecuencias, y que fundamentan su optimismo y su humanismo”. Frente a Rousseau, Schopenhauer reivindica a Voltaire, que en su “Cándido” sostuvo la preponderante magnitud del mal y de la miseria de la existencia. Shopenhauer también destaca la obra de Byron “Caín” y la refutación de Hume a la tesis del mejor de los mundos posibles.

Schopenhauer sostiene que el optimismo panteísta como el de Spinoza “es totalmente insostenible frente al lado malo del mundo. Solo cuando se examina el mundo desde fuera y exclusivamente desde el lado físico, y nada más, solo cuando se tiene a la vista el orden perpetuamente renovado y el carácter comparativamente imperecedero del conjunto, es cuando se puede considerar Dios, pero en sentido meramente figurado. Mas cuando penetramos en el interior y añadimos el lado subjetivo y moral, con su predominio de necesidad, sufrimiento y tormento, de discordia, maldad, locura y absurdo, nos damos cuenta con horror de que tenemos delante cualquier cosa menos una teofanía”.

Las visiones optimistas sostienen que el sufrimiento y el mal adquieren sentido si se observa el mundo desde arriba en lugar de mirarlo desde la perspectiva de un individuo concreto. Prometen que el sufrimiento adquirirá sentido si nos liberamos de la limitación visual que generan el espacio y el tiempo. Sin embargo Schopenhauer refuta esta tesis: “El que miles hubieran vivido dichosos y tranquilos no anularía nunca la angustia y el mortal tormento de uno solo: ni tampoco mi bienestar actual deja sin efecto mi anterior sufrimiento”.

Y concluye, “por eso, aunque en el mundo hubiera cien veces menos males de los que hay, su mera existencia bastaría para fundamentar una verdad: que no podemos alegrarnos sino, más bien entristecernos de la existencia del mundo, que sería preferible su inexistencia a su existencia”.

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Arthur Schopenhauer: “El mundo como voluntad y representación

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