Hermenéutica vs. Deconstrucción. Dos modos de cambiar el mundo ¿diálogo o ruptura?

Tasia Aránguez

El debate entre la deconstrucción y la hermenéutica, dos de las grandes corrientes posmodernas es, sin duda, uno de los grandes debates de la filosofía contemporánea. Este debate continúa abierto. Podemos reflexionar sobre la cuestión recordando el encuentro que hubo en 1981 entre Gadamer, principal representante de la hermenéutica y Derrida, el más insigne representante de la deconstrucción.

Mientras que, en opinión de Gadamer, en cualquier disputa es posible y deseable alcanzar un consenso mediante el diálogo, Derrida consideraba que hay algo irresoluble en las diferencias. Mientras que Gadamer aseguraba, de modo optimista, que siempre hay que intentar comprender al otro para resolver el conflicto, haciendo uso de la tradición histórica y del humanismo compartido, Derrida defendía la necesidad de la ruptura con el pasado.

Rorty ejemplificaría esta tesis de la diferencia radical de Derrida con la afirmación de que “el hombre “normal” ve en el “anormal” un incapacitado – alguien más digno de lástima que de censura – y el “anormal” ve en el “normal” alguien que no ha tenido coraje para salir y que está muerto por dentro aunque su cuerpo siga viviendo, alguien más digno de ayuda que de desprecio”, y ese debate puede continuar indefinidamente, sin moverse ni un ápice hacia el consenso.

Gadamer acepta que la comprensión siempre es finita y que el diálogo es un proceso inacabable. Nunca se llega a la comprensión plena, pero sí se va avanzando, aprendiendo cosas nuevas del otro. La apertura hacia la comprensión, y un lenguaje común, posibilitan un diálogo fecundo.

Gadamer piensa que el mejor modo de superar los conceptos negativos es partir de lo que tenemos, es decir, buscar aquello que haga posible su superación y, más en concreto, superarlos desde dentro de la tradición, sin dejarla de lado. Para Gadamer, el modo es volver a los orígenes de los conceptos y rescatar la parte válida que ha sido olvidada, reconduciendo las figuras conceptuales gastadas a sus experiencias originales de pensamiento. Derrida, sin embargo, lo que quiere hacer es tomar un concepto como si fuese una máquina, desmontar esa máquina y hacer otra cosa con las piezas.

Para Derrida, Nietzsche es un ejemplo de este método, pues su escritura poética mantenía simultáneamente muchas identidades y máscaras, muchas perspectivas, sin renunciar a ninguna. Nietzsche no buscaba la comprensión, ni ningún tipo de verdad dialéctica, a diferencia de la obsesión hermenéutica por llegar a algún tipo de verdad. En Nietzsche toda identidad era ilusoria y ello posibilitaba crear cosas nuevas.

Gadamer, sin embargo, considera que Derrida y Nietzsche también escriben para ser comprendidos y que también ellos usan el lenguaje corriente, los conceptos de occidente heredados de la tradición. El modo de escapar de las verdades absolutas que oprimen y petrifican, según Gadamer, es conversar, practicar el lenguaje vivo que se mantiene abierto. Según Gadamer, el diálogo da cabida a la diferencia tan celebrada por la deconstrucción, y respeta la pluralidad.

Gadamer acusa a Derrida de utilizar un lenguaje oscuro y difícil de entender, y señala que tal vez ello es una huida de cualquier tipo de coherencia o de lógica, para impedir cualquier posibilidad de construcción y cualquier acusación de hablar de viejos conceptos.

Derrida concede que no podemos realizar una crítica completamente libre de postulados implícitos de aquello que se quiere criticar, todo corte radical se inscribe en realidad en el viejo tejido que se teje y desteje.

En conclusión, observamos que ambas grandes corrientes de pensamiento posmoderno se enfrentan a retos en la tarea de ejercer una crítica socio-política. La hermenéutica, en su pretensión de comprender a todos los colectivos marginados y personas excluidas, tiene el peligro de que su mentalidad “comprensiva” termine absorbiendo a otros e imponiendo su propia mentalidad. El peligro de la hermenéutica sería el de la creencia ingenua en la posibilidad de un “nuevo escenario”, que se crea superador de las grandes contradicciones, de los prejuicios opresores, pero que en realidad seguirá siendo para muchos un escenario opresor.

Los hermeneutas pueden idealizar su deseado consenso, aunque admitan que todo consenso es “limitado”. La hermenéutica, como otras corrientes dialécticas contemporáneas, idealiza el diálogo democrático, como si el consenso resultante de un diálogo sincero ofreciese garantías de ser un buen consenso, y como si un diálogo sincero fuese algo posible.

Los partidarios de la deconstrucción, por su parte, pueden caer en el inmovilismo, en el pesimismo de que nada puede ser cambiado. Su intento poético de mantener simultáneamente una cosa y su contraria puede dar lugar en la práctica a una actitud conservadora, a una pose subversiva de eternos insatisfechos que a la hora de la verdad no quieren cambiar nada porque no encuentran horizonte satisfactorio. La deconstrucción puede dar lugar a una huida al gueto más que a una lucha contra lo que oprime.

Puntos de apoyo

Luis Enrique de Santiago Guervós; “Hermenéutica y deconstrucción: divergencias y coincidencias ¿un problema de lenguaje?”.

Rorty: “Consecuencias del pragmatismo

5 pensamientos en “Hermenéutica vs. Deconstrucción. Dos modos de cambiar el mundo ¿diálogo o ruptura?

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  2. tasia1987 Autor de la entrada

    Miguel, planteas varias cuestiones de mucho interés.
    La primera es la de que, aunque no sea posible romper con el pasado físicamente, tal vez sea posible psicológicamente. Y es que, es verdad que cuando creemos que nuestro punto de vista es muy nuevo y original, en realidad debe mucho al pasado, a nuestro conocimiento previo; pero sí que es cierto que puede ser psicológicamente provechoso simular que rompemos totalmente con el pasado, que nuestra posición representa una ruptura drástica, un nuevo comienzo en el que todo es posible y no tenemos lastres. Esta ficción puede ser creativa, liberadora y crítica. Esta reflexión nos conduciría hacia los postulados de la deconstrucción.

    También planteas la enorme dificultad de que se produzca una auténtica conversación, debido al conocimiento previo y a la visión del mundo del que cada cual parte. Eso provoca que, incluso aunque tengamos buena intención y apertura a escuchar, muchas veces no captemos lo que el otro realmente quiere decirnos, sino lo que pensamos que nos dice (que puede ser algo muy distinto). Esta reflexión nos conduciría también hacia los postulados de la deconstrucción.

    Por último creo que planteas que no parece posible el acuerdo moral (y la presencia de la razón) en términos de valores, sino que solo es posible una conversación real si trata de hechos. Sin embargo muchos de los asuntos que afectan a las personas no son cuestiones de hechos, sino de valores y creencias. Tu postura nos conduciría a pensar que solo podemos debatir sobre cuestiones en las que quepa realizar demostraciones empíricas, porque en cuestiones de valores solo cabe relativismo y opinión. Creo que en cuestiones valorativas hay un pequeño terreno de lo claramente intolerable, otro de lo claramente encomiable, y un amplio terreno de lo razonable, en donde no caben certezas pero sí racionalidad.

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  3. Miguel

    Me pregunto si realmente es imposible romper con el pasado. Hablo psicológicamente claro, ya que físicamente el presente es resultado del pasado. Sin embargo, psicológicamente podemos, y debemos, desligarnos del pasado, ya que no es más que una ilusión que nuestro pensamiento se repite sin cesar. Cómo hacerlo es harina de otro costal pero, poder hacerse, se puede.
    Ahora, el tema en cuestión es si es posible una comunicación pura entre dos individuos, un entendimiento pleno. Observando las conversaciones que nos rodean, las nuestras propias con nuestro entorno concreto, parece ser prácticamente imposible. La comunicación parece ser básicamente unidireccional, cada uno justificando su forma de pensar al otro. Y, al escuchar el mensaje del otro, ponemos por delante lo que queremos escuchar en lugar de lo que el otro quiere decir. ¿Por qué sucede esto? La respuesta es compleja de ver pero sencilla de exponer. Si sucede esto es porque, a la hora de escuchar, empleamos nuestro pensamiento particular, en lugar de permitir que la atención se expanda; es decir: poner nuestro esfuerzo en comprender qué es lo que el otro trata de comunicarnos. Se pueden usar las palabras equivocadas, los términos menos apropiados, pero si el esfuerzo se centra en el entender, en lugar de “traducir” lo que el otro dice usando como filtro nuestro propio pensamiento, el malentendido está asegurado. Lo vemos a diario. Desde una conversación entre dos personas de bajo nivel cultural a otras dos de ilustrados conocimientos.
    El otro día vi una discusión entre un científico evolucionista y un sacerdote católico. No existió conversación en ningún momento. Cada vez que uno hablaba y el otro aparentaba escuchar, el segundo ya estaba pensando en cómo replicar lo que el primero estaba diciendo con sus propias justificaciones. Esto, de una u otra forma, sucede constantemente.
    Por otro lado, está el problema de tratar los problemas abordando únicamente el campo de las opiniones. De esta forma es evidente que es imposible llegar a un profundo entendimiento. Quiero decir, uno puede llegar a entender la opinión del otro, pero, si no se profundiza hasta el hecho, no se alcanzará una comprensión plena. Aquí es donde radica el problema: estar acostumbrados a movernos en el ámbito de las opiniones, en lugar de el de los hechos. Si en una comunicación entre dos individuos, los dos, juntos, buscan el hecho y los ven como tal, ahí podrá empezar un verdadero entendimiento. Mientras no suceda eso, toda conversación será superficial.

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  4. Anónimo

    Parece que se nos olvide que la palabra es el medio para transformar la materia, cambiar el orden del poder, conseguir, afianzar… Si “el lenguaje nos confunde”, nuestra psicología (mejor no perderlo de vista) nos falla. Y si nos creemos revolucionarios interiormente, construimos una identidad a partir de ahí y emitimos discursos en esa dirección, entonces nuestro rol en el debate tiende a ser (ideológicamente) coherente pero no tiene porque ser genuino.

    Para ello la pureza habría de darse entre lo dicho y lo hecho, sin importar demasiado el método, pues tanto hermeneútica o deconstrucción serían opciones igual de lícitas siempre que la calidad de ese equilibrio no se viese afectada. Claro que esto nos llevaría irrevocablemente a plantearnos cuestiones de carácter más político, moral e incluso de eficiencia. En un baile de máscaras por mucha innovación que exista todo se puede ver reducido a (dejando a un lado lo enriquecedor o no del asunto) meras transacciones y la búsqueda de la verdad depende de muchos más factores que del diálogo democrático, considero.

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  5. Beatriz Basenji

    Desde nuestro punto de vista es imposible romper con el pasado. Muchos de aquellos que con paciencia y dedicación hemos buscado en las diversas civilizaciones del pasado, lo hacemos porque en muchos casos estamos convencidos que en los arcanos del Pasado reposan las grandes líneas del Futuro. Por lo que lo único que nos cabe a los humanos es dialogar, buscar el consenso, o al menos un conocimiento del otro que nos permita admirar sus convicciones.

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