Análisis económico para una teoría de la justicia (I)

Jesús M. Morote

Las varias propuestas políticas ofrecidas a una sociedad, especialmente en periodos electorales, compiten presentándose ante el votante como dos visiones de la sociedad completamente diferentes, una pugna irreconciliable entre el bien y el mal, la concordia social o el desastre. ¿Está justificada esa imagen de alternatividad excluyente o es mera estrategia de mercadotecnia electoral cuando se puede construir una teoría unificada de la justicia? Desarrollaré mi interpretación en dos entradas sucesivas.

RAWLS

John Rawls

El filósofo estadounidense John Rawls, en su célebre obra “Teoría de la Justicia”, indaga sobre los puntos fundamentales que deberían sustentar una sociedad que se pretenda justa, tomando como punto de partida una realidad social plural, donde diferentes personas y grupos sociales mantienen creencias distintas sobre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto.

No me voy a ocupar en este momento de los principios que Rawls acaba proponiendo y de su justificación. Me conformaré con algo más modesto: la indagación sobre la posibilidad de encontrar tales principios, antes de empezar a buscarlos. Ciertamente, no hay hecho alguno pasado ni investigación histórica que pueda resolvernos ese problema de forma definitiva. Pero el análisis de los presupuestos filosóficos que permitirían, en su caso, afirmar la posibilidad de un marco, aunque sea mínimo, de principios de justicia social, puede servir de mucha ayuda para conformar la creencia de cada uno acerca de esta cuestión.

Las sociedades desarrolladas contemporáneas se caracterizan por un pluralismo axiológico, es decir, por la diversidad de criterios y valores morales que conviven dentro de ellas. Eso hace inútil intentar fundar la convivencia pacífica en una tabla de valores rígida y cerrada, muestrario de una autocalificada como verdad moral, como ocurría en las sociedades tradicionales, cultural y políticamente homogéneas. Por tanto, la posibilidad de hallar unos principios universales de justicia social no puede radicar en la comparación de tales tablas alternativas, y en muchos aspectos incompatibles entre sí, para adoptar la “mejor”. Por el contrario, debe respetarse, en lo posible, la conciencia individual, el derecho de todo hombre a conformar su vida según sus preferencias y a buscar su felicidad de la forma que estime más adecuada.

El reconocimiento de ese pluralismo moral conlleva el rechazo, de inicio, de cualquier pretensión de fundamentación racional de cualquier tabla de valores éticos. Si hubiera una tabla de valores éticos racionalmente justificada, eso llevaría a desechar, por irracionales, las demás tablas de valores que no coincidieran con la primera. El pluralismo moral tiene como premisa que ninguna tabla de valores morales está racionalmente justificada (o más justificada que las demás). ¿Qué fundamento tienen entonces las creencias morales de los hombres? Simplemente un fundamento emotivo: los hombres se adhieren, por razones puramente emocionales a tales o cuales valores; el fundamento de la moralidad no puede justificarse, es pura emoción, pura intuición; de ahí el nombre que recibe la doctrina filosófica que afirma eso: el intuicionismo.

Pero ¿qué es lo que hace, entonces, que sea posible la convivencia social, si cada cual tiene un concepto distinto de lo bueno y de lo malo, de la acción correcta y de la incorrecta? Rawls nos dice que “el intuicionista espera que (…) los hombres buscarán un equilibrio de forma más o menos parecida, al menos cuando son imparciales y no movidos por una atención excesiva hacia sus propios intereses. O, si no ocurre así, por lo menos pueden llegar a un acuerdo sobre algún esquema mediante el cual sus ponderaciones de valores puedan alcanzar un compromiso“. Pero ¿está justificada esa esperanza? El análisis económico, mediante la herramienta de las llamadas “curvas de utilidad”, puede ayudarnos a entender el problema de la elección social y a que cada uno pueda formarse su propia creencia sobre la cuestión.

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Juan Ramón Rallo

No es difícil encontrar en las sociedades contemporáneas dos adhesiones emotivas aparentemente muy diferentes (ya veremos si esa diferencia es tan grande o tan real) que parecen diseñar dos concepciones de la justicia irreconciliables. Por ejemplo, recientemente el economista Juan Ramón Rallo, distinguido representante en España de la doctrina económica liberal, publicó una entrada en su blog criticando un informe sobre la pobreza de la organización Oxfam.

Nos encontramos aquí ante dos posturas sobre el reparto de la renta y la riqueza que bien pueden corresponder con los dos ejes que Rawls representa en este gráfico:

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Figura 1

Supongamos, para simplificar, como suele ser habitual en el análisis económico, que tenemos dos únicas opciones entre las cuales distribuir nuestros recursos. En el eje de las abscisas (horizontal) se representa el “Bienestar total” y en el eje de las ordenadas (vertical) la “Igualdad”. Cuanto más se aleja del origen el eje horizontal, mayor “Bienestar total”. Por otro lado, cuanto más se aleja el eje vertical del origen, mayor “Igualdad” en la sociedad en el reparto de los bienes y productos de que se dispone. La razón de la incompatibilidad entre igualdad y bienestar total radica en que la igualdad desincentiva la producción, ya que las transferencias de rentas hacia los miembros de la sociedad menos productivos a costa de los más productivos hace disminuir la retribución marginal de éstos y desincentiva su aplicación al proceso productivo. Téngase en cuenta que si estamos hablando de incompatibilidad entre bienestar e igualdad, el bienestar no dependerá sino de la cantidad total de bienes y servicios a disposición de la sociedad (independientemente de su reparto); en suma, podemos considerar que el bienestar total se mediría mediante magnitudes como, por ejemplo, el Producto Interior Bruto (PIB).

Ésa es, en el fondo, la crítica de Rallo al Informe Oxfam: si traspasamos renta o riqueza de los que tienen activos (incluidos los activos humanos) con mayor valor económico a los que tienen activos de menor valor, estamos disminuyendo la capacidad de producir de los activos y, a la larga, su valor mismo, puesto que el valor de éstos depende de su capacidad para producir riqueza.

Una curva de indiferencia representa todos aquellos puntos a los cuales un individuo concreto (aquél cuyas curvas de indiferencia estemos considerando) asigna una valoración equivalente en cuanto a su percepción de satisfacción propia. Cuanto más alejada está una curva del origen de los ejes, donde éstos se cruzan, representa mayor satisfacción, o una posición más deseable, para el sujeto considerado. En la figura 1, la curva II es más deseable que la curva I. El punto A representa una satisfacción para el sujeto que es la misma que obtendría en cualquier otra posición representada en cualquier otro punto de la curva I; y la satisfacción del punto B es la misma que la de cualquier punto de la curva II; por tanto, la posición B es más deseable para este sujeto que la posición A.

El número de curvas de indiferencia es infinito, se puede alejar sin límite alguno del origen de coordenadas hacia posiciones cada vez más satisfactorias. Pero hay que poner en conexión las curvas de indiferencia con la “restricción presupuestaria”. Es decir, los recursos disponibles en un momento dado limitan qué curvas de indiferencia se pueden alcanzar y cuáles no. Evidentemente, las que no podamos alcanzar quedan fuera de nuestro horizonte. Tal vez la curva II sea mejor que la curva I, pero si es inalcanzable con nuestros recursos actuales, no podremos considerarla una opción realista.

Las curvas de indiferencia son convexas respecto del origen de coordenadas. Eso es consecuencia del principio de la utilidad marginal decreciente. Es decir: cuanto más tengamos de uno de los polos de elección, más necesitaremos de dicho polo para compensar disminuciones cada vez más pequeñas del otro. Cuanto más igualitaria sea la distribución, se necesitarán posteriores incrementos enormes de Igualdad para que compensen pequeñísimas disminuciones de Bienestar total; y viceversa, si la desigualdad de distribución es ya elevada, para compensar (manteniendo igual la valoración de la situación) una pequeñísima disminución de equidad necesitaremos un incremento muy grande de Bienestar. Recuérdese este punto porque tiene una gran importancia para el núcleo de nuestra discusión.

Dos curvas de indiferencia del mismo sujeto no pueden cruzarse nunca. Si así fuera el sujeto incurriría en vicio de inconsistencia; efectivamente, si la curva I se cruzara con la curva II en cierto punto, a la izquierda de este punto la curva I sería preferible a la curva II, y, viceversa, a la derecha del punto de cruce, la curva II sería preferible a la curva I. Y teniendo en cuenta que definimos cada curva como la formada por todos los puntos en los cuales la valoración es de indiferencia, resulta inconsistente que una curva fuera preferible a otra en ciertos puntos y no en otros. Puede ilustrarse eso con ayuda de un gráfico (que no es de Rawls):

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Hemos visto en la Figura 1 el mapa de curvas de indiferencia de un sujeto determinado. Lo que el intuicionismo sostiene es que ese mapa no puede ser justificado racionalmente; que hay otros posibles mapas para otros sujetos cuya intuición moral y política sea diferente, tan justificados como aquél. La figura 2 de Rawls recoge ese hecho superponiendo dos mapas distintos de curvas de indiferencia, atribuibles a dos sujetos distintos.

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Figura 2

Lo relevante es que hay diferentes preferencias para diferentes sujetos, que dichas preferencias no pueden ser justificadas racionalmente, sino por vía de adhesión emotiva a ciertos principios personales, y que, en consecuencia, el debate político está abierto y no parece haber muchas posibilidades de alcanzar un consenso, pues las curvas de indiferencia de unos y otros se cruzan.

Un ciudadano igualitarista prefiere, por mera intuición moral, un reparto equitativo de la renta y la riqueza, y sólo a cambio de grandes incrementos de riqueza total estaría dispuesto a sacrificar pequeñas cuotas de igualdad. Por el contrario, nuestro ciudadano liberal prefiere una gran renta y riqueza global, y sólo admitiría pequeños sacrificios de bienestar total a cambio de enormes incrementos de equidad. De hecho un comunista extremo tendría un mapa de curvas de indiferencia totalmente horizontales; y un liberal extremo anarcocapitalista tendría un mapa de curvas de indiferencia totalmente verticales.

Puntos de apoyo

John Rawls: “A Theory of Justice” (Una teoría de la justicia)

En cualquier manual de Teoría Económica general o, más específicamente, de Microeconomía, encontrará el lector mayores detalles y explicaciones sobre las curvas de indiferencia y el equilibrio del consumidor

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