La utopía estética de Schiller. La necesidad de la belleza para el logro de una sociedad justa

Tasia Aránguez

Schiller escribió Cartas sobre la educación estética del hombre, una célebre obra sobre la importancia de la educación estética de las personas para la futura consecución de una sociedad justa. Puede considerarse que el trabajo de Schiller es una utopía estética.

Schiller describe a la sociedad de su tiempo como interesada sólo por lo material y por el provecho. Sostiene que todos los talentos y fuerzas se miden por la utilidad que reportan y que, por eso, el arte carece de valor y no sirve más que como mercancía. En ese contexto no queda al filósofo más terreno para la reflexión que la escena política, único objeto que se considera de utilidad práctica.

Entre los seres humanos, expone el autor, existe una dramática división entre aquellos que se entregan al placer y aquellos otros que se apartan del mismo, encerrándose en la cultura. Las clases refinadas y de afectadas costumbres se vanaglorian de la ilustración reprimiendo los reclamos de la naturaleza humana. El egoísmo es la consecuencia de esa naturaleza humana silenciada y de sentimientos reprimidos.

Esas clases ilustradas piensan que con su frialdad se protegen del sentimentalismo F. Schiller y se acercan más a la libertad, pero en realidad se alejan de la misma porque la cultura trae consigo sofisticadas necesidades materiales que oprimen de modo angustioso. El miedo a perder lo que se tiene conduce a esas clases refinadas a abandonar sus impulsos de perfeccionamiento, a obedecer ciegamente y a pensar que esa obediencia ciega es el culmen de la sabiduría.

Los individuos, continua Schiller, sienten que son valorados solo por una muy concreta y desarrollada utilidad que reportan a la sociedad, por ejemplo, uno es valorado por su memoria, otro por su habilidad de cálculo, otro por su habilidad mecánica, otro por su docilidad. Esto conduce a las personas a dedicar todo su esfuerzo a ese único aspecto de su ser que les proporciona consideración y beneficio económico. Resulta muy difícil, en estas circunstancias, reservar tiempo y dedicación para aficiones; el que lo logra, además, despierta recelo, pues la calidad de su trabajo es cuestionada. Poco a poco se desecan la imaginación y el entusiasmo de las personas inmersas en un gran mecanismo de relojería, en el cual no somos más que una pequeña parte sin vida propia.

Schiller reconoce que la especialización de los ciudadanos en múltiples ramas del saber es positiva para la sociedad en su conjunto, pero, sostiene, conduce al individuo aislado al error y al sufrimiento. La fragmentación hace que los individuos sean siervos que realizan un trabajo de esclavos y que no pueden disfrutar ociosos ni desarrollar libremente su humanidad.

Las personas desean librarse de los límites que encuentran en su propia materialidad, desean vivir por siempre y tener un bienestar permanente. Como se dan cuenta de que eso es imposible entregándose a los dictados de su deseo natural, buscan la eternidad en las ideas y confían en que la ley moral les proporcione ese bienestar eterno a cambio de renunciar a satisfacer sus deseos presentes. Sin embargo, continúa Schiller, al renunciar al placer, la moral resulta violenta y sus prohibiciones atentan contra la identidad del individuo. Aquel individuo que quería librarse de la dictadura de la naturaleza, acaba sometido a la dictadura de la razón.

Si hasta ahora la razón se ha mostrado tan débil para el logro de una sociedad más justa, no es porque no tengamos claro lo que deberíamos hacer, sino porque nuestro corazón no se ha implicado y, por tanto, carecemos de impulso para lograrlo. Este es, según Schiller, el error de la ilustración: se ha pasado por alto la educación de los sentimientos.

Para mejorar el mundo debemos convertir a lo ético en el objeto de nuestros impulsos, debemos hacer que el comportamiento ético sea a la vez hermoso y placentero, de modo que no solo el pensamiento se vea satisfecho, sino también los sentidos. Mientras que la seriedad de un discurso moral hace a los demás huir de nosotros para no aburrirse, ese discurso será mucho más poderoso si se combina con el ocio y el juego. De nada sirve criticar el comportamiento moral de los demás, o debatir sobre sus principios; lo efectivo es transformarles influyendo en el modo en que se divierten.

El juego es el impulso en el que se une el disfrute de la razón con el de los sentidos, es lo que ocurre, por ejemplo, cuando amamos a alguien tanto intelectual como físicamente. La belleza no es mero disfrute sensorial, ni tampoco es mera reflexión teórica. La belleza es una armonía entre ambos aspectos, es el impulso del juego. El modo en el que la belleza aúna al sentimiento y al pensamiento no es llevándonos a un punto medio de mesura entre ambas cosas, sino elevándolos a ambos a su mayor intensidad y permitiéndonos experimentarlos a ambos a la vez, manteniendo su especificidad.

Cuando experimentamos a la vez los sentidos y la razón es cuando realmente somos libres. En este estado estético nos sentimos inmortales y fuertes, como si jamás nos hubiera dañado coacción alguna. El estado estético no provoca el estado de pereza que genera el placer vacío, ni tampoco la pérdida de receptividad que provoca el trabajo intelectual sin alicientes. En el estado estético somos capaces de crear cosas maravillosas; dicho estado nos dispone para dar lo mejor de nosotros en cualquier situación.

Tienen razón, dice Schiller, los que opinan que la belleza no sirve para nada concreto. Es verdad que el arte no nos aporta las instrucciones para realizar ningún deber, ni orienta en ningún sentido a nuestro carácter. La cultura estética no aporta ningún contenido ético específico. Sin embargo, matiza Schiller, la cultura estética logra algo fundamental para la ética: devuelve al ser humano la libertad para hacer de sí mismo lo que desee. La auténtica grandeza de la obra de arte no está en su contenido didáctico o moral, señala Schiller, sino en su capacidad de hacernos sentir libres y creativos.

La estética, por tanto, no nos hace personas éticas, pero es una condición para ello, ¿por qué es necesaria la estética?, se pregunta Schiller, y responde: porque el impulso para el comportamiento ético no es algo que pueda recibirse desde fuera, sino que es algo que cada cual debe tener dentro de sí. El impulso del juego y la felicidad que nos reporta nos pone en la disposición adecuada para comportarnos generosamente.

Frente a la postura de los filósofos analíticos de que el sentimiento y la razón son incompatibles y que, por ello, la ética se basa en el deber; Schiller sostiene que la belleza permite la compatibilidad entre el impulso natural y la razón, de modo que la ética se base en la libertad, y no en el deber. Schiller defiende que el ser humano no tiene que reprimir su naturaleza material para comportarse de modo ético. Señala Schiller que para poder disfrutar de la belleza y del arte, y por tanto, para poder ser creativos, necesitamos tiempo de ocio y tranquilidad. Si vivimos en un constante apremio, desafío y ocupación, nuestra exuberante fuerza no podrá volverse hacia el goce.

El placer estético puede unificar a la sociedad porque es mucho más democrático que el bien moral. El bien moral solo hace felices a los abnegados y a las personas de gran corazón, pero la belleza es capaz de hacer feliz a todo el mundo y de hacer que todos olviden sus limitaciones mientras experimentan su mágico poder. En el Estado estético no hay privilegio ni jerarquía; a diferencia del reino de la cultura, que escapa al sentido común. El placer estético debe contar con la aquiescencia, porque nadie puede obligar a otro a sentirlo.

Puntos de apoyo

F. Schiller: “Cartas sobre la educación estética del hombre”

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